anto en El Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes Saavedra, como a lo largo de los escritos de Sigmund Freud, aparece la representación de que en ninguna cosa escrita la tarea de estar viviendo es quieta sustancia. Por tanto, no cabe en el marco del pensamiento aristotélico escolástico.
Las palabras no son objetos asibles con pinzas conceptuales. Al logofonocentrismo, al pretender reducirlas a una categoría única, se le escapan de entre las manos.
El Quijote, cuyas huellas en Freud encuentran cabida a lo largo de su obra, pero en especial en el Proyecto de una sicología para neurólogos, Carta 52 a Fliess y La interpretación de los sueños, se funda en el supuesto de que el objeto de los propósitos y actividades del hombre poseen una realidad cambiante y sin seguro asidero. El observador y lo observado no coinciden, por lo común, en un vértice válido para nosotros observadores.
Freud, como Cervantes, no habla de la imposibilidad de liberarse del duende interior, de ese del que habló Federico García Lorca y borró Donald Trump al tratar, omnipotentemente, de ser un gobernador del mundo a través del terror.
Una fisura en la mente, una tacha, una mancha indeleble, como afirma Jacques Derrida, que nos acosa. Necesidad de expresar el vivir humano en su proceso interior como interrogante ansiedad. La vida que depende del juego imprevisible entre las inquietudes y las incitaciones, como vivencia de lo que acontece, no como acontecimiento.
Freud, como Cervantes, no ha perdido su vigencia a pesar de que vivimos tiempos de electrónica mecanizada y deshumanizada, y de desvalorización de la persona. Ambos toman el lenguaje como instrumento para inventarse otro lenguaje, con nuevos significados que nos liberan de este mundo acartonado.
Después de cuatro centurias, El Quijote tiene por sí mismo vida propia. “El ingenioso hidalgo de la Mancha” cabalga con más donaire que nunca y sigue cautivando las mentes de millones de lectores que encuentran en él algo más que un buen texto; de hecho, con justicia podría hablarse de un “fenómeno” con múltiples manifestaciones que constituyen una lectura siempre renovada, una filosofía de vida. Un misterio que simultáneamente, como las dos caras de una moneda, devela y a la vez encierra un enigma.











