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En tierra de pingüinos
D

espués de dos guerras mundiales, así como de un largo periodo de paz, los europeos pudieron creer que ya no habría otro conflicto bélico en su territorio. Sin embargo, la guerra en Ucrania parece ahora una advertencia y una especie de anuncio de tal posibilidad. Emmanuel Macron, presidente de Francia, no cesa de alertar sobre el peligro que representa Rusia para la integridad de Europa, alegando las ambiciones de extensión territorial de la antigua Unión Soviética que tendría el deseo de volver a la situación geográfica de la guerra fría reconquistando su poder sobre los países del Este. La insistencia de Macron condujo a preguntarse si el mandatario francés no ocultaba sus verdaderos anhelos de una guerra contra Rusia que le permitiera continuar en el poder con el pretexto de un enfrentamiento. Y esto a pesar de los avisos generales sobre la débil situación actual de las fuerzas armadas francesas, situación que no augura nada bueno para Francia en caso de una verdadera guerra y no un palabrerío sin sentido.

Lo que no parecía imaginar Macron, como tampoco otros dirigentes europeos, es que el conflicto pudiera ser con Estados Unidos y no con Rusia.

En efecto, el panorama geopolítico ha dado un giro que ninguno de los comentadores europeos habría podido imaginar. Pero con el encantador Donald Trump y su llamativa corte de acólitos, formada en gran parte de nuevos ricos al estilo Musk, todo puede suceder, incluso lo impensable hasta hace unos días.

Mucho se hablaba de las ambiciones territoriales rusas sin pensar en las pretensiones desmedidas de Estados Unidos, país que no cesa de intervenir aquí y allá para imponer su imperio. Pero, acaso Francia, así como el resto de Europa, estaba convencida de su “amistad” con el poderoso aliado que, después de todo, intervino en su favor para ganar la Segunda Guerra Mundial. Así, la República Francesa había seguido los lineamientos generales de la política estadunidense desde hace más de medio siglo, con algunos breves periodos de distanciamiento como el ocurrido gracias a la estrategia independentista del general Charles de Gaulle. Pero las causas y ambiciones comunes entre Estados Unidos y Europa Occidental eran mayores que las diferencias. Puede así hablarse, por ejemplo, de las aspiraciones colonialistas que los caracterizan.

Puede afirmarse que con un tipo con el carácter invasor de Donald Trump, frío hombre de negocios, las sorpresas no faltan. Decidido a imponer su voluntad, así sea por la fuerza, el mandatario estadunidense no duda en utilizar la violencia, y no sólo verbal. Una virulencia feroz que no conoce dudas y donde sólo prima el afán de vencer y aplastar a sus contrincantes, triunfo que parece provocarle tanto placer como la fortuna que acumula, auténtico depredador. En otras palabras, Donald Trump tiene necesidad de humillar a sus antagonistas para procurarse el gozo de la victoria.

Así, las ambiciones expansionistas de Estados Unidos de Norteamérica, combinadas con los temores paranoides de la megalomanía, condujeron a Trump a tratar de apoderarse de territorios que extendieran su zona de influencia y a plantar su bandera en Groenlandia, comarca de 2 millones de kilómetros cuadrados perteneciente a Dinamarca desde el siglo XIV. Pero Trump ignora la Historia con la desfachatez de un conquistador surgido de viejos siglos que parecían extinguidos. Esta invasión dictatorial no podía quedarse sin una respuesta de Europa. El problema consiste en saber quién tiene el poder para imponer su voluntad. Quedan liquidados derechos y legitimidades. La fuerza vuelve a tomar la supremacía y el viejo continente europeo se ve atenazado entre los dos imperios que son Estados Unidos y Rusia.

Seguir la evolución de este conflicto acaso ayudará al análisis de los resortes que deciden la Historia, y podrá permitir saber hacia qué cumbre o qué abismo nos dirigimos. Así como prever si la vieja Europa tiene futuro.