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Trump es lo de menos
C

onforme se acumulan sus disparates, sus canalladas y sus patanerías, la figura del presidente de Estados Unidos centraliza el debate en el ámbito de lo personal. Se han gastado ríos de tinta, miles de horas aire en televisión y radio y muchos terabytes de publicaciones en redes para tratar de escudriñar su ideología, su percepción del mundo y sus verdaderos propósitos. No hay acuerdo sobre el asunto de si Trump se ciñe por norma a un método regular, si alterna con la improvisación o si gobierna a punta de ocurrencias malsanas. Son tan tan transgresoras sus órdenes criminales y tan espectaculares sus insolencias que no parece estar claro si es plenamente consciente de lo que está haciendo, y a últimas fechas la opinión pública ha empezado a fascinarse con el tema de los desarreglos que podrían estar teniendo lugar en el lóbulo frontal de su cerebro.

Por otra parte, se discute el calado y la durabilidad que tendrán las acciones del trumpismo, tanto dentro de Estados Unidos como en el mundo y región por región. Hay ya elaboraciones teóricas sobre la esencia y la significación de una nueva fase del capitalismo, de un reordenamiento planetario y de la proyección del poder imperial estadunidense en el planeta, basadas en los obscenos manifiestos de la Casa Blanca sobre su capacidad –que no su derecho– de apoderarse de recursos naturales y territorios ajenos y el uso descarado de las relaciones económicas para conseguir claudicaciones políticas, no necesariamente de los gobiernos a los que considera rivales sino, sobre todo, de aquellos a los que cataloga como aliados. Se elaboran teorías acerca de un nuevo reparto tripartito del mundo en áreas de influencia y se especula en torno a supuestos acuerdos secretos o tácitos entre Washington, Moscú y Pekín para distribuirse tierras de conquista y anexión: Venezuela y/o Groenlandia, Ucrania y Taiwán, respectivamente.

Ya sea que esté perdiendo facultades cognitivas, que se trate de un sociópata o que sea un simple narcisista carente de empatía, para Trump debe resultar muy gratificante el que su persona se encuentre en el centro del debate público mundial y que su capacidad de causar sorpresa, horror y repulsión haya logrado atraer hasta tal punto la atención planetaria. Al menos en este ámbito es indudable que ha ganado la partida: pasará a la historia, sin duda, y tal vez para él sea lo de menos que el mundo lo recuerde como una mezcla entre una versión obesa del Capitán América, Mussolini (una figura que le es más semejante que Hitler) y Calígula.

En el otro sentido, el de los impactos locales e internacionales de la actual administración estadunidense, está por verse si están fabricando un nuevo orden mundial o si, representan más bien el inicio de un desorden monumental, tanto en lo político como en lo económico.

Me inclino por lo segundo y tiendo a pensar que los disparates del trumpismo gobernante resultan económica, política y socialmente contraproducentes para Estados Unidos y hasta para la élite empresarial que acompaña al magnate en sus aventuras. Por ejemplo, el empecinamiento de Trump en abandonar el Acuerdo de París, su negación terraplanista del cambio climático y su afán por reinstaurar los combustibles fósiles como la fuente principal de energía no sólo destruyen las perspectivas de rentabilidad de las cuantiosas inversiones realizadas en fuentes alternativas realizadas en las últimas dos décadas por las transnacionales energéticas, sino que dan un puntapié al negocio primigenio de uno de sus más importantes aliados de inicio, Elon Musk, así sea que compense el perjuicio con multimillonarios contratos de la NASA para SpaceX, otro de los grandes negocios del sudafricano. En ese mismo sentido, cabe preguntarse si no resulta decepcionante para la industria armamentista estadunidense que Trump parezca empeñado en romper la alianza estratégica con Europa, que es el principal mercado de dicha industria. Y si se amplía la mirada sobre el conjunto, no puede ser saludable para la economía de la superpotencia el atentar contra un volumen de intercambios que ronda el billón de dólares, como lo es el que Estados Unidos mantiene con el Viejo Continente, o el que buena parte de su industria corra el riesgo de ver descuartizadas sus líneas de producción y suspendido su abasto de insumos por la hostilidad contra los socios estadunidenses en el T-MEC. Por lo pronto, Canadá ya se fue a firmar un acuerdo de asociación estratégica con China, una jugada que constituye, se mire como se mire, un efecto contraproducente para la permanente campaña sinofóbica de Trump. Y así, muchos otros ejemplos.

Desde esas perspectivas, acaso la mejor manera de definir a Trump no pase por escudriñar su ideología, sus “verdaderos propósitos” o sus posibles quebrantos mentales, sino verlo como síntoma de la decadencia –tal vez terminal– del pacto social, las instituciones y el poderío mundial de Estados Unidos. En ese sentido, el millonario patán y berrinchudo es lo de menos.