a ofensiva de los poderosos contra los pueblos está creciendo en todos los rincones del planeta. Estados Unidos y sus aliados regionales están detrás de las numerosas agresiones que se vienen produciendo, que amenazan extenderse toda vez que no existen mecanismos capaces de frenarlas. La impunidad es la regla en este periodo, en el que las grandes potencias están dibujando un nuevo mapa global ajustado a sus intereses.
Desde que el genocidio de Gaza quedó en la más completa impunidad, se abrieron las compuertas de represiones y violencias contra los pueblos. Las clases dominantes del mundo creen que pueden revertir la decadencia de sus Estados-nación a través de la fuerza militar. La larga y tremenda historia del colonialismo les enseña el camino.
En las escasas semanas del nuevo año, se están produciendo feroces ofensivas contra los pueblos venezolano, iraní y kurdo, en una escalada tan veloz como demoledora. Incluso dentro de Estados Unidos, el presidente Trump parece dispuesto a enviar mil 500 militares para sofocar la revuelta de la población de Minneapolis contra las deportaciones del servicio de inmigración (ICE) que asesinó a una mujer días atrás.
Sobre Venezuela se sigue aplicando la estrategia de la asfixia que, aunque busca acabar con el régimen, afecta principalmente a la población, a la que condena al hambre con la esperanza de que se levante contra el gobierno. Se trata de una estrategia que ya viene siendo aplicada contra otros países, estando el pueblo cubano en la mira del Pentágono, que es el que diseña estos modos de acorralar poblaciones enteras.
Lo de Irán es una tragedia que compromete a las izquierdas por sus inexplicables silencios. La represión del Estado parece haberse cobrado la vida de más de 10 mil personas, a través de una represión abominable que no puede justificarse porque Estados Unidos, Israel y el Reino Unido estén espoleado la movilización popular que, aunque lo nieguen, tiene sus razones en el deterioro de sus condiciones de vida y en una represión persistente.
El pueblo kurdo está siendo duramente atacado por el régimen yihadista que gobierna Siria, con la colaboración de Turquía. A comienzos de enero atacaron los barrios kurdos en Alepo, forzando una retirada, y ahora la emprenden contra la autonomía de Rojava con la esperanza de erradicar el proceso de autogobierno que desde hace 14 años viene desarrollando la población.
Al parecer, hubo un acuerdo entre Turquía e Israel, con el visto bueno de Washington y la Unión Europea: Ankara acepta que Tel Aviv controle el sur de Siria a cambio de tener las manos libres contra Rojava, que es su objetivo estratégico. Los poderes rechazan todo acuerdo, ponen fin a un “proceso de paz” que nunca levantó vuelo y clausuran una imaginaria crisis turca con el apoyo del Occidente colectivo.
El caso kurdo ilustra cómo las potencias y los Estados-nación consideran a los pueblos como arcilla moldeable por la geopolítica capitalista. En realidad, para los pueblos oprimidos nunca hubo democracia ni buenos gobiernos, sino el rigor de la vigilancia y el control que ahora derivan en sablazos con los que la caballería siempre trató a los pueblos que no se dejaban. Creo que esta coyuntura nos impone reflexiones más amplias.
Los grandes pensadores de la guerra, aunque actuaron en épocas y geografías diferentes y ante enemigos diversos, coinciden en algunos aspectos centrales que no tienen nada que ver con las armas y las tecnologías bélicas. Para Sun Tzu, el primer factor fundamental a tener en cuenta es “la influencia moral”, por la que entiende que “el pueblo esté en armonía con sus dirigentes”.
A pesar de ser un militar prusiano, Carl von Clausewitz sostuvo que no hay en el mundo fuerza más excepcional que el espíritu del pueblo en armas y que, a su lado, no hay medios técnicos ni militares superiores. Llegó incluso a decir que el pueblo es el “dios de la guerra”.
Mao es más concreto y afirma, en sus escritos ante la invasión de Japón a China que “la movilización de todo el pueblo formará un vasto mar para ahogar al enemigo, creará las condiciones que habrán de compensar nuestra inferioridad, y otros elementos, y proporcionará los requisitos previos para superar todas las dificultades en la guerra”.
En todos los casos el pueblo es el centro, no mero instrumento ni medio para conseguir fines. Una centralidad que fue luego opacada por las izquierdas, tanto las electorales como las revolucionarias, en una deriva ética que convierte a los pueblos en espectadores o ejecutores de decisiones que toman otros. Una vez afirmado este principio, podemos considerar otros aspectos de la guerra.
Los grandes estrategas militares coinciden en que la defensiva es superior a la ofensiva, cuestión de actualidad ante las guerras de arriba. Sin embargo, la defensiva no puede ser pasiva sino “resistencia y rebeldía” como enseñan los zapatistas, ya que son las condiciones para cambiar el mundo cuando los vientos soplan en contra de los pueblos.











