e qué sirve hacer sentido cuando ya nada parece tenerlo. Acontecimientos que algún día no lejano serán historia de gravedad inolvidable y, por acumulación, más trágicos de lo que conocíamos, arrojarán tal vez un sentido del que carecen ahora. Se ha generalizado un comportamiento autodestructivo de la especie humana, liderada por lunáticos, presa en una espiral de mercado y consumo rebosante de huecas expectativas en el corto plazo y necesidades innecesarias sin futuro. Para satisfacerlas, permitimos que se sacrifique lo que sea: bosques, selvas, costas, cenotes, desiertos, cerros. Que se envenene la salud de los que pueblan lo que se va a destruir, quienes sudan la depredación en minas y fábricas. Toleramos que se mantengan al alza las emisiones de carbón pese a las advertencias que se han estado cumpliendo con una exactitud aterradora; que matar y hacer guerras determine las conductas cotidianas de los que violentan porque pueden; que el genocidio sea aceptable, deseable y conveniente para colonos, inversionistas y ejércitos con alarmante capacidad de destrucción masiva.
Al paso de los años, los medios masivos de entretenimiento, particularmente la “fábrica de sueños” del imperialismo, genéricamente llamada Hollywood, han pervertido el venerable género literario y cinematográfico de la ciencia ficción con un mood apocalíptico de futuros malditos, en ocasiones de buena factura, aunque se dé lugar a la ramplonería de la hiperviolencia (esa nueva cursilería que emociona a las audiencias). ¿Nos están aclimatando (o te aclimatas o te aclichingas) a virus, desastres telúricos, cataclismos climáticos, glaciaciones, sequías, deshielos masivos? ¿A guerras inmarcesibles y tiranías? ¿Nos educan para la rebelión en la granja de las máquinas inteligentes y las invasiones alienígenas (forma suprema de culpar a otros)?
Casi el ciento por ciento de estas producciones millonarias suceden en territorio estadunidense o son protagonizadas por ex marines o superhéroes nacidos en Indiana o Iowa. A Orson Wells, si viviera, le bastarían un pódcast o un TikTok para paralizar de pánico a sus paisanos. Dado que las redes sociales y los capilares invisibles de la automatización algorítmica de la inteligencia (no del pensamiento) rigen el contacto entre humanos, la fantasía armagedónica es muy maleable y funcional para el control de masas, ya rehenes de los dispositivos y los incisivos mordiscos a base de bites que adormecen su consciencia y, literalmente, las distraen. En el fondo, Dios es La Máquina y nos quiere muertos.
Nunca hubo un contrapunto tan absurdo y a tal escala entre los estupefacientes ilegales y la permisividad hipócrita de los poderes (“la ley”) para que se extienda el uso de esos heraldos químicos de destrucción personal, que a la vez proporcionan ilimitados pretextos para la violencia, la tortura y el asesinato. Un círculo vicioso de autodestrucción. No se persigue a traficantes, se disputan los mercados que controlan y las millonadas que generan. De tal manera se perpetúa y agudiza el daño.
No se trata de “drogas” que estimulen la conciencia, o al menos hagan sentir bien a sus usuarios. Se trata de subproductos químicos de mala calidad, adictivos como nunca nada en la historia de la farmacología, accesibles como golosinas. No sustancias “recreativas” tipo alcohol o cannabis. Las nuevas drogas “duras” son corrientes, sucias, deteriorantes e irresistibles.
La guerra es la droga más irresistible de todas. Jugamos a ella todo el tiempo. La llevamos en los bolsillos, la imaginamos en la vía pública. Combatimos a distancia con perfectos desconocidos mientras la noticias reales exhiben ciudades arrasadas por las bombas o las lluvias, y dan cifras inmanejables, una borrachera de números que termina por anestesiarnos.
Capitalismo rima hoy con fatalismo. No-hay-de-otra. Las potencias de Occidente son tan capitalistas como las del Oriente que sólo los bobos consideran no capitalistas. Y el capitalismo depreda los cinco continentes sin cesar: la Amazonia, la selva Maya y los rincones más inaccesibles de África y los Mares del Sur. Si no hay madera o agua, hay rutas y tierras raras, así que agárrense Groenlandia y Antártica. Que ardan a propósito las junglas y la Patagonia para ampliar las agroindustrias y la propiedad de los amos.
Debía avergonzarnos un hecho cardinal: la mayor parte de las formidables nuevas tecnologías que dominan nuestros días y lo colman de información, entretenimiento y regocijo son apenas subproductos del verdadero negocio: las armas y el control absoluto de la población. Porque la destrucción es lo más rentable. ¿Muertos? Los que hagan falta. Y la reconstrucción es un plus nada despreciable para los inversionistas.
Extraer de la Tierra hasta extenuarla. Fantasear con un plan B en colonias espaciales, o lugares VIP en algún rincón de la galaxia. Escupir para arriba. Nerón viendo arder Roma, Calígula regalando el Premio Nobel de la Paz a su caballo, Hitler demandando que arda París. Todo, desde la creencia de que la destrucción no alcanzará a los amos del mundo.











