l frente de un Estado militar que no acata la Constitución de Estados Unidos y donde todo se decide por decreto ejecutivo, hacia la medianoche del 2 de enero, sin una declaración de guerra previa ni contar con autorización del Congreso, Donald Trump ordenó ejecutar una agresión bélica típica del terrorismo de Estado contra un Estado soberano y secuestrar al presidente legítimo de Venezuela, Nicolás Maduro, como un primer paso de la agenda de reconquista hemisférica del corolario Trump a la Doctrina Monroe, plasmado en la Estrategia de Seguridad Nacional 2025. Esa doctrina exhibe a Estados Unidos como un supra-Estado gangsteril/mafioso, de corte neofascista, investido con la facultad de coaccionar mediante la fuerza bruta el comportamiento del resto de los países en “su” Lebensraum (espacio vital), que deberán devenir en subordinadas regencias neocoloniales. Una reinterpretación que busca estructurar un orden vertical de corte feudal neoextractivista en su zona de influencia, en el que el derecho a existir de cada Estado vasallo estará mediado por su grado de lealtad y sumisión al hegemón. Toda tentativa de autonomía será recodificada como una amenaza que habilita mecanismos de presión, disciplinamiento punitivo y/o intervención directa o indirecta, como en el caso de Venezuela. La lealtad hemisférica deberá demostrarse aislándose de China, Rusia, Irán ( et al).
Ante un cambio de época civilizatorio debido al agotamiento del modelo de dominación occidental y el declive de la hegemonía de Estados Unidos (E. Todd), el orbe ha entrado en una peligrosa fase de requilibrio forzado del poder. Asistimos a un conflicto híbrido y asimétrico entre potencias, donde Estados Unidos intenta conservar su supremacía recurriendo cada vez más a la coerción y la guerra abierta o encubierta, lo que pone a la humanidad al borde de un apocalipsis nuclear.
País con enormes recursos petroleros y de minerales estratégicos, y con un proyecto político que desafía la subordinación histórica en la subregión, Venezuela es en la coyuntura un nodo geopolítico donde se cruzan intereses energéticos, militares y simbólicos. El ataque a Venezuela no es una anomalía, es una respuesta desesperada al paulatino pero pertinaz desplazamiento del eje del po- der mundial en uno de los momentos más volátiles del sistema internacional, y cuando las cadenas de valor global están dando paso a una división del trabajo regionalizada geopolíticamente. En el nuevo orden salvaje al que asistimos, la nueva regla es que no hay reglas. Impera la ley del más fuerte. La única barrera que se imponen entre sí las potencias es la que emerge de los límites de sus recursos y poder (económico y militar). En función de eso miden realistamente sus esferas de control e influencia. El que esta inflexión del orden preexistente tome formas violentas y depredadoras carentes de narrativas legitimadoras, puede ser visto como el síntoma del crepúsculo de un régimen de dominación. Pero también, esa brutalidad simple y pura es un síntoma del tormentoso nacimiento del orden nuevo; la violencia como recurrente “partera” de la historia.
El “método Venezuela” está en consonancia con el enfoque “los negocios primero” de Trump. El magnate abandonó toda simulación: Estados Unidos está encrisis de deuda y desea apoderarse del petróleo venezolano. Además, el gobier-no de Maduro iba a fijar el precio de su reserva petrolera, la más grande del mundo, no en dólares, sino en una cesta de monedas liderada por el yuan y respaldada por oro, e integrar su sector energético en el Sistema de Pago Interbancario Transfronterizo (CIPS) de China, para eludir al SWIFT, monitoreado por la Agencia de Seguridad Nacional estadunidense. Desde 1974, el sistema financiero de Estados Unidos se apoya en el petrodólar. Cuando Saddam Hussein decidió vender el petróleo de Irak en euros, su país fue invadido en 2003 y él terminó ahorcado; en 2009, Gadafi propuso comerciar el crudo libio en una moneda africana respaldada en oro (el dinar de oro), y Libia fue bombardeada y él sodomizado y asesinado. Ahora, la medida de Maduro aceleraría de manera exponencial la desdolarización en curso −impulsada por China, Rusia, Arabia Saudita, Irán y otras naciones del BRICS− y Caracas fue bombardeada y él secuestrado y encarcelado.
Trump obtuvo una victoria táctica. Pero no hubo cambio de régimen ni pudo ins-talar un gobierno títere en Venezuela. No se registró un colapso institucional, vacío de poder político ni quiebre en la cadena de mando militar. La unidad político-partidista-militar-comunal-popular no se fracturó. Por eso la guerra de espectro completo continúa con eje en las operaciones sicológicas encubiertas, la propaganda y el chantaje militar. Para su régimen necropolítico, cleptocrático y nihilista la única variable que importa es la sumisión. De allí que amenace directamente a Delcy Rodríguez y otros dirigentes del proceso bolivariano. La presidenta encargada sabe que la soberanía no se delega y en este momento crítico ha dicho que gobernará con “prudencia y paciencia estratégica” frente a la extorsión y la coerción permanentes del imperio. Ha repetido que en este momento de resistencia, sus prioridades son rescatar a los rehenes Nicolás Maduro y Cilia Flores, y preservar el poder político y la cohesión y la unidad del proceso popular chavista. Dijo que la gran victoria del enemigo sería la división.
En el contexto histórico actual, ante el aventurerismo de Trump y su equipo de fanáticos supremacistas, la defensa de la soberanía venezolana se transforma en una defensa del derecho de los pueblos a existir fuera del mandato imperial.











