Ser, placer y deber
upuestamente con la finalidad de contribuir al desarrollo humano, religiones y corrientes de pensamiento, de todas las latitudes, en todas las épocas y con profetas de todos los prestigios, lo que han logrado es empoderar a jerarcas e instituciones, enriquecidas con los aportes de millonarios y menesterosos, financiar guerras y, otro sabotaje del demonio a los planes divinos, amedrentar y embrutecer a los sencillos, como nos llaman los autores de libros sagrados a la gente común y corriente.
Amedrentar y embrutecer con un claro propósito: dominar, en vez de estimular el crecimiento de la conciencia individual y social de las personas, entorpecida o relegada a lo largo de los siglos en beneficio de los poderes material y espiritual con el pretexto de salvarnos de comportamientos instintivos, pecaminosos o insubordinados, pues la fe no sólo mueve montañas –sobre todo de dinero–, sino que contribuye eficazmente a tranquilizar o reprimir a quienes logran darse cuenta de que la realidad no se agota en las versiones piadosas o civiles acerca de ésta.
Tanto las religiones como la educación laica enseñan a temer y a obedecer, amenazando con castigos eternos o temporales, según los aliados y ejecutores con que cuenten, a quienes no estén dispuestos a entrar al aro o se resistan a ser elementos útiles a sí mismos y a la sociedad según lo establecido, otra vez, por los poderes terrenales y espirituales, que desde siempre han tenido una provechosa empatía para ocuparse de los sencillos, irredimibles en su milenaria enajenación.
Tantos siglos de mentir, ocultar, tergiversar, manipular y explotar para beneficio de algunos tuvo que desembocar en el aturdimiento generalizado de las personas que, sin sacudirse miedos, culpas ni amenazas, continúan apostando por la credulidad obediente y el dolorismo como sentido de vida, lo que se traduce en una deficiente forma de amar, producir y morir, saturados como nunca de información y datos más o menos inútiles o incluso contraproducentes, gracias a esa añeja falta de herramientas mentales para encarar la realidad.
La mente deformada, carente de conciencia suficiente y de desafiante autoestima hace que amor, dolor, responsabilidad y muerte se vuelvan cargas demasiado pesadas. El aumento de nacimientos y divorcios, de enfermedades y depresión, lo confirma, mientras otros siguen beneficiándose de los miedos que provocan.











