¿Qué está pasando aquí?
a forma cada vez más agresiva en la que el presidente Trump ha ocupado varias ciudades de Estados Unidos enviando agentes federales, e incluso al ejército, revela una estrategia (aunque en el caso del presidente esto suene contradictorio) cuyo fin último es declarar un estado de emergencia que le permita militarizar el país. Con la excusa de controlar una supuesta rebelión, envió a Mineápolis, Minesota, a agentes federales cuyo número es cinco veces mayor que la policía regular en esa ciudad. Trump lo hizo una vez más, a pesar de la prohibición de varios jueces federales, por ser violatorio de la Constitución de la nación y de los estados. La pregunta que se hace la sociedad, y con ella varios especialistas, es ¿por qué continua en ese camino? No existen desórdenes graves que ameriten esa ocupación por fuerzas federales.
En opinión de observadores, su pretensión es provocar asonadas inexistentes y protestas masi-vas derivadas de sus arbitrarias decisiones para justificar la milita-rización de ciudades. Durante suprimera etapa de gobierno, Trump intentó utilizar al ejército en Mineápolis cuando miles salieron a las calles en protesta por el alevosoasesinato de George Floyd a manos de la policía. En aquella ocasión el secretario de las fuerzas armadas y el procurador general le hicieron ver la inconveniencia de hacerlo. Casi seis años después, no hay quien se oponga a sus deseos.
En esta etapa de confusiones, nadie sabe cuál será su última pa-labra. Ha sido el caso de su amena-za de enviar al ejército a Irán para respaldar las manifestaciones con-tra el régimen en esa nación, o de invadir Groenlandia para anexarla a Estados Unidos. Cumplió, aunque parcialmente, en torno al secuestro de Nicolás Maduro para acabar con su dictadura y restablecer la democracia en Venezuela. En abierta contradicción a su pretensión supuestamente democrática, la vicepresidenta Rodríguez, heredera de la dictadura de Maduro, sigue gobernando esa nación, lo que aumenta la sospecha que más que la democracia su interés es el petróleo de aquella nación.
De su incierta forma de gober-nar y su retórica, se deduce que sus ocurrencias carecen de estrategia y se han topado con dificultades que no previó. La de dominar al mundo por la fuerza, se estrelló con la sensatez de altos mandos militares, no los civiles, para usar al ejército indiscriminadamente y cristalizar su pasión imperial.
Otra incógnita es el límite de su pasión vindicativa, que comentaremos próximamente.











