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Tumbando caña

Apuntes sobre el son cubano, a propósito de su nombramiento como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad

E

l nombramiento del son cubano como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por parte de la Organización de Naciones Unidas para la Educación la Ciencia y la Cultura (Unesco) es mucho más que un reconocimiento cultural: es la confirmación mundial de que este género, nacido de la mezcla mágica entre África y España, es uno de los tesoros musicales más valiosos de Cuba.

Para los cubanos, el son no es sólo música: es una manera de vivir, de sentir, de contar historias, de caminar por la vida. En su cadencia se esconde la alegría, la nostalgia, la resistencia y el orgullo de un pueblo que siempre canta, incluso en medio de las dificultades.

Su impacto en la música del mundo es inmenso. Del son nacieron la salsa, el latin jazz, la timba y tantas fusiones que han marcado generaciones. Gracias al son, Cuba quedó inscrita para siempre en el mapa sonoro del planeta.

Este logro no sería posible sin quienes lo han defendido por más de un siglo: los músicos, los promotores, los estudiosos, las familias que lo transmitieron de voz en voz y de cuerda en cuerda.

Hagamos un poco de historia: casi nadie es ajeno a que el vocablo “son” abarca un concepto genérico que en México, Puerto Rico, Colombia, Venezuela y Centroamérica sirve para designar una gama muy variada de bailes populares.

Pero en Cuba el término ha tenido varias acepciones a través del tiempo. Durante el siglo XIX, por ejemplo, se conocía por son, en la región oriental de Santiago de Cuba, lo mismo a la danza y a la contradanza que a toda una serie ilimitada de géneros musicales ejecutados por rudimentarios instrumentos.

Durante el siglo XX, con la palabra “son” se designaba en La Habana, además del ritmo, a pequeñas agrupaciones orquestales integradas por cinco, seis o más músicos que ejecutaban sones, danzones o cualquier otro género bailable. En otras regiones de la isla el concepto “son” equivalía a fiesta. Pero el son, como género de la música cubana, se puede decir, como anoté arriba, que es el representante más genuino de la integración de elementos españoles y africanos, consecuencia de un proceso de propagación popular.

Por mucho tiempo, al son se le atribuyó un origen remoto, afirmándose que el primero que se compuso corresponde al siglo XVI, pero acuciosas investigaciones sitúan el origen del auténtico son a finales del siglo XIX.

Es importante destacar que el son cubano se originó en las zonas rurales del oriente cubano y se transmitió de manera oral, por lo que hay poca documentación sobre los primeros intérpretes. En algunos textos de importantes investigadores se menciona a un tal Nené Manfugás como uno de los primeros intérpretes del tres y el son cubano.

El historiador y musicólogo Alberto Muguercia Muguercia describe en un largo artículo sobre el son, publicado en la revista Revolución y Cultura, a Ma’ Teodora Ginés, mulata originaria de Haití, quien con un rudimentario instrumento de cuerdas entonaba sones, como el muy popular Son de la Ma’ Teodora, del cual se ha afirmado que es el primer son compuesto como tal y cuyo estribillo dice: “¿Dónde está la Ma’ Teodora? / Rajando la leña está. / Con su palo y su bandola, / rajando la leña está...” Aunque tiempo después, el mismo Muguercia comentaba que la tal Ma’ Teodora nunca existió, que el mito fue creado “por la fabulosa imaginación literaria del músico-compositor santiaguero Laureano Fuentes Matons”.

Los más antiguos soneros, cuyos nombres se perdieron en el tiempo, vivieron y murieron en las zonas urbanas, suburbanas y rurales de las ciudades del oriente cubano, todos son posteriores a los “treceros de fundamento” que aparecieron, según datos de Muguercia Muguercia, en Guantánamo, poco después del histórico Nené Manfugás: Juan Logás, Pedro Masó, un tal “Mosqueda”, otro de apellido Núñez y el gran Marcelino Latamblé. Posteriormente se destacaron Raúl Carpe, Luis Odio y Herminio Wilson ( El Diablo Wilson).

En la zona de Guantánamo vivió también, en 1914, un trecero que tiene una extraordinaria importancia para el son cubano: Benjamin Castellanos, originario de Tiarriba, término municipal de Alto Songo, quien murió en Santiago de Cuba a fines de los años 40.

Otro notable trecero lo fue Augusto Puente Guillot, nacido en El Cobre. Curioso personaje que estudió música y enseñó a Miguel Matamoros a tocar el tres. Ingresó en el Ejército Permanente, desertó y volvió a ingresar para volver más tarde y convertirse en bandolero. Murió en el poblado de Cuabitas en un enfrentamiento con la guardia rural a principios de los años 20.