a fotografía en blanco y negro da cuenta de uno de los mítines convocados por el sindicato del estudio Toei Doga a mediados de los años 60.
Se distingue con claridad a un joven sindicalista informando, con un megáfono portátil, de los avances en las negociaciones con la empresa a un grupo de huelguistas en una calle de tierra. El representante sindical que usa unos lentes Ray-Ban Clubmaster, esos de aros metálicos y ceja de plástico negro, se llama Hayao Miyazaki. Es bueno para el dibujo y cree en la justicia.
Esta empresa, fundada en 1948, producía entonces la serie Astroboy, la misma que posteriormente lanzó al mercado Dragon Ball y Sailor Moon. Su éxito contrastaba con las pésimas condiciones de trabajo de sus empleados, que producían cientos de dibujos en plazos demasiado cortos. La presión sobre ellos era tanta, que un dibujante falleció lápiz en mano frente al restirador.
Los dos delegados sindicales más populares de Tokei en esos años eran el propio Miyazaki e Isao Takahata, quienes 20 años después fundarían Studio Ghibli.
Nos recuerda Miri Mura Saki que M1yasaki entró a trabajar en 1963 a Toi Doga, luego de estudiar ciencias políticas y económicas en Tokio, y allí conoció a su esposa, Akemi Ota.
Aunque nunca fue militante de ningún partido, Miyazaki siempre ha tenido una posición de izquierda.
En 2003 no viajó a Estados Unidos para obtener un Óscar por El viaje de Chihiro para protestar por la guerra en Irak; en 2013 criticó el intento de su gobierno de modificar el artículo 9 de la Constitución pacifista japonesa para que la población pudiera defenderse y, ese mismo año, declaró que Japón debería ofrecer disculpas “apropiadamente y proporcionar una compensación adecuada” a las mujeres que fueron esclavas sexuales del ejército imperial durante la Segunda Guerra Mundial.
Pero más allá de sus declaraciones políticas, sus cintas y Studio Ghibli reflejan la visión progresista de Miyazaki. Según él, El castillo ambulante reflejaba la guerra con Irak, y Allison Stalber afirma en este sentido que Mi vecino Totoro, La princesa Mononoke y El viaje de Chihiro transmiten sentimientos antibélicos y ambientalistas, y comparten sus reflexiones sobre la industrialización frenética, el valor del trabajo y la modernización.
Yubaba, en El viaje de Chihiro, es, para Stalberg y otros, el símbolo visual del capitalismo. Una mujer blanca deformada por la ambición que vive en la opulencia mientras sus trabajadores esclavizados duermen en sencillos sacos a la manera japonesa. La sostiene en el poder el miedo provocado por ella y sus monstruos.
El viaje de Chihiro, por cierto, ganó el Óscar a la mejor película de animación en 2001, y el Oso de Plata en el Festival de Cine de Berlín. No sólo eso: se convirtió en la película japonesa de mejor taquilla con más de 250 millones de dólares recaudados.
El antibelicismo, la naturaleza, la tecnología, el individualismo, la responsabilidad, la tolerancia, la importancia de la memoria, la certeza de que el pasado no es intocable y puede servirnos para narrar nuestro presente, y la consideración crítica sobre nuestro papel en el mundo son algunas de las constantes en la filmografía de este creador japonés.
Un elemento sorprendente de su trabajo es que sus películas no parten de un guion.
“No tengo la historia terminada ni lista cuando empezamos a trabajar en una película. Normalmente, no tengo tiempo. Así que la historia se desarrolla cuando empiezo a dibujar los guiones gráficos. La producción comienza poco después, mientras los guiones gráficos aún están en desarrollo. Nunca sabemos hacia dónde irá la historia, pero seguimos trabajando en la cinta a medida que avanza.”
Enemigo público de la inteligencia artificial, la considera un insulto a la vida misma. Tampoco es muy proclive a la lógica al hacer sus filmes. Sería limitarlos. “Mi método es no usar la lógica. Intento excavar en lo profundo de mi subconsciente. En cierto momento de ese proceso se abre la tapa y se liberan ideas y visiones muy diferentes”.
Hayao Miyazaki prefiere alimentarse de la vida: “si no gastas parte de tu tiempo en ver a gente real, no podrás hacer esto porque nunca lo habrás visto”.
Para celebrar el 85 aniversario de este creador que renovó la cultura pop tal vez convendría volver a ver algunas de sus películas para escuchar de nuevo que nada de lo que sucede se olvida jamás, incluso si ya no lo recuerdas.











