urante más de un siglo, Estados Unidos ha violentado a América Latina y a otros muchos espacios de la geografía del mundo: el atraco brutal contra Venezuela no es una novedad, aunque ha vuelto el lenguaje desquiciado imperialista en grado extremo. Nadie ha sido más nítido que Stephen Miller, consejero superior de Donald Trump durante 2017-2021, ahora subdirector del gabinete de políticas de la Casa Blanca, vuelto principal ideólogo del actual gobierno. Este individuo es atrozmente hostil al multiculturalismo, es así, por tanto, favorable a una idea etnocultural de Estados Unidos, y asume y presume una crítica frontal del liberalismo. Dijo el pasado lunes 5 en entrevista con CNN: “Vivimos en un mundo en el que puedes hablar todo lo que quieras sobre sutilezas internacionales y todo lo demás, pero vivimos en un mundo, en el mundo real…, que se rige por la fortaleza, que se rige por la fuerza, que se rige por el poder”.
Miller, que estudió filosofía, argumenta que la fuerza domina y ha dominado en el mundo en cualquier época. Entre los humanos ocurre lo que en el reino animal en general: el más fuerte domina y el pez grande se come al chico. Está en la naturaleza de los seres vivos sobrevivir a expensas de la vida de los otros. No hay más. Este gorila ignora que vive inmerso en las relaciones sociales del capital; como otros ideólogos, naturaliza las relaciones sociales que han organizado a los humanos, y proclama una visión bárbara sobre qué es la sociedad humana.
Donald Trump sigue esas ideas. “No necesito el derecho internacional”, justificó el pasado 8 de enero en una entrevista sobre el uso de su fuerza incontrastable en Venezuela y sobre lo que puede venir para Groenlandia. No hay nada que lo detenga, sólo “mi propia moralidad. Mi propia mente. Es lo único que puede detenerme”: así habla de su fuerza (militar y policial). Esa vileza es el sostén de su chulería criminal jactanciosa.
Trump tampoco “necesita” el derecho interno de Estados Unidos y, por tanto, persigue como un cafre kukluxklanesco a los migrantes, que son encarcelados, echados con humillación de Estados Unidos, o asesinados, como fue asesinada la ciudadana Renee Nicole Good por agentes del ICE, debido a su gesto de desacuerdo con la política trumpista. Hay ahora un antes de Trump y un después insólitamente incierto. Trump quiere ser el peor de todos los tiempos.
Trump secuestró al “dictador” Maduro, pero no para restablecer la democracia, tema que le es ajeno. Tampoco es claro que el petróleo sea el móvil primordial de su barbarie. En 2023, Estados Unidos ya era el tercer exportador de petróleo del mundo, sólo después de Arabia Saudita y Rusia. No necesita ese petróleo. Y, al precio medio actual de 56 dólares por barril, no resulta rentable para las empresas gringas extraer el petróleo bituminoso de Venezuela. Esas empresas no se tropezarán por llegar con sus inversiones al país atracado. Además, una oferta mayor de crudo en el mercado internacional abatiría aún más los precios, y no hace sentido económico guardarlo. Al mismo tiempo, el avance del mercado de los autos eléctricos agregará su propio efecto adverso a la refinación del crudo. Apropiárselo para que nadie más pueda disponer de él, sí tiene sentido trumpiano.
Trump entiende que Estados Unidos no puede ser la fuerza que domine todo el planeta. Es él quien ha estado delimitando los espacios, dejando a China y Rusia los suyos. Quiere ser dictador absoluto en Occidente. Ese objetivo es coherente con su atraco de Venezuela. Lo es asimismo su propósito de arrebatar para sí a Groenlandia. Trump también quiere eliminar del mapa a las izquierdas de América Latina: sólo derechas como parte de la creación de su dictadura. La amenaza pende sobre Cuba y Nicaragua. El amago a México no cesa. Le disgusta el gobierno de Colombia. Y respalda a Javier Milei y a Nayib Bukele, a Noboa en Ecuador, a Nasry Asfura en Honduras, “ganó” en Chile. Con Brasil la tiene más difícil.
El afán del imperialismo gringo está llevando al mundo a un riesgo creciente: Trump quiere un presupuesto militar para 2027 de 1.5 billones (en español ) de dólares, un aumento de 50 por ciento respecto a 2026: ¿tercera guerra mundial? Un tercio de los electores gringos es la base política supremacista de Trump: ¿qué harán los demás?
Pero Trump no podrá gobernar a las sociedades de América Latina, que ha definido como su dominio. Mucho menos si lo que aquí emprenda no puede ser sino más agresión, más insultos, más discriminación, más robo. ¿Puede Venezuela ser gobernada por Estados Unidos? Ya sabe Trump que no puede: el secuestro del presidente Nicolás Maduro no equivale, ni mucho menos, al aniquilamiento del régimen político creado por Hugo Chávez y el movimiento chavista. Venezuela, con su democracia popular compuesta por 49 mil consejos comunales, urbanos y rurales, constituidos por elección popular, conforman una sociedad organizada frente a la cual el mayor imperialismo de la historia poco puede hacer. Habrá millones de latinoamericanos maltratados, pero fuera del alcance de la dictadura trumpista de Occidente en términos de gobierno.











