Opinión
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Y… ¿es música?
G

racias a mi buen amigo Oscar Sarquiz, melómano conocedor y contestatario, llegó a mis manos (en fin, a mi pantalla) un video proveniente del canal de YouTube de Adrián Lusardi en el que se hace una disección crítica fulminante y devastadora de lo que hoy pasa por “música” en el ámbito popular. En escasos 15 minutos, el autor pone en evidencia flagrante las mil y una lacras de nuestro entorno sonoro actual, al que define de manera alternativa y contundente como producto neuroquímico, residuo acústico, glucosa digital, ultraprocesado auditivo, monotonía de la involución, fondo de pantalla sonoro, cultura de la línea de montaje, analfabetismo musical, hipnosis del estribillo eterno, domesticación masiva, cirugía estética del AutoTune, gratificación instantánea, algoritmo de la impaciencia crónica, música del ascensor global, ruido pobre y simple que anestesia, basura sonora y varias definiciones puntuales más.

A lo largo de la exposición, se menciona o se cita tanto a expertos de la Universidad de Viena como a relevantes personajes del pensamiento filosófico como Theodor W. Adorno, George Orwell, Byung-Chul Han, Friedrich Schiller, Gilles Deleuze, Martin Heidegger, a través de reflexiones sobre diversos temas que son directamente aplicables al paupérrimo estado de una proporción mayoritaria de la música popular actual. Esas referencias tienen tangentes con conceptos destacados, como la simplificación progresiva de la música hacia estados primitivos, su duración estándar de tres minutos que es a la vez un dictado de la industria y un impedimento para la concentración y la reflexión, la música sin misterio de la que se alimenta masivamente el oyente pasivo, la ausencia total del pensamiento crítico en la masa consumidora. También se glosa el hecho de que están surgiendo generaciones técnicamente competentes, pero emocionalmente planas y estéticamente ciegas, lo cual conduce a una de las afirmaciones más inquietantes que se hacen en el video: acostumbrarse a aceptar pasivamente la canción-basura puede llevar a aceptar acríticamente un discurso político totalitario. Todo ello, cimentado en buena medida en el éxito de tantas y tantos artistas ignorantes que escudan su incompetencia tras la máscara de la tecnología.

Un aspecto fundamental de esta feroz y plenamente justificada diatriba contra la seudo-música del momento es el hecho de que ahí se proponen algunas posturas de resistencia que, en mi opinión, adquieren el carácter de urgente: recuperar la soberanía del oído, exigir que un músico sepa música, dejar de consumir toda esa papilla sonora, rechazar lo mediocre para exigir lo excelente, dejar de ser rehenes del marketing, reinstaurar la enseñanza de la música en las escuelas, recuperar el silencio y la escucha activa. En suma: ¡despertar! El problema es que para intentar todos estos modos de resistencia se requiere una mínima preparación que no existe, una mínima voluntad que no está ahí. Diríase que hay una especie de cártel de la anti-música en el que participan los mercaderes de la industria, los distintos niveles de los gobiernos, los medios de comunicación (los públicos los estatales, los privados, todos), los sistemas educativos paupérrimos y en constante deterioro y, de manera importante, las audiencias que prefieren consumir lo que la industria dicta sin la menor reflexión, lo que da como resultado las obscenas y malhabidas ganancias de esa misma industria, que reinvierte buena parte de sus utilidades en mantener a sus rehenes en ese estado de apatía musical y consumo zombie. Y los músicos, que corren el peligro de ser sustituidos por El Gran Algoritmo, ¿cuándo van a empuñar masivamente las armas de la buena música y difundirla de la manera más estentórea posible?

Un concepto realmente importante que se manifiesta en este video es el que afirma que recuperar el arte musical no es elitismo, sino supervivencia, lo que viene particularmente bien en estos tiempos del victimismo miserabilista y abyecto de tantos “músicos” mediocres a los que se ha vuelto imposible cuestionar o criticar, porque si son de origen popular, es clasismo, y si son latinos, es racismo. Y un largo etcétera de cortinas de humo sonoro.

No he hecho aquí más que glosar algunos de los muchos puntos de interés y conceptos originales de este video; quienes quieran profundizar en él (creo que vale la pena como alarma, advertencia y llamada de atención) lo encontrarán aquí: https://www.youtube.com/watch?v=cg9ECtsHfSc