or más caótica que sea, en muchos aspectos, la presidencia de Trump 2.0, el secuestro de Nicolás Maduro el sábado pasado, para el cual el presidente estadunidense invocó explícitamente la Doctrina Monroe (DM) –que a lo largo de la historia mutó de un principio para contrarrestar los afanes de las potencias europeas de recolonizar América Latina (1823-1898) a uno que justificaba las invasiones de los países latinoamericanos por los propios Estados Unidos (EU) por razones imperialistas y colonialistas (1898-1933)−, demostró que el magnate neoyorquino ha sido fiel a sus palabras.
Aunque suene paradójico, una de sus principales características no es que miente −cosa que hace a menudo, pero que es algo que, en sí mismo, no es nada inusual en la política−, sino que de repente y de manera espectacular dice la verdad. Como ahora cuando, para el asombro de muchos, aseguró repetidamente que lo único que le interesa de Venezuela “es su petróleo”, o cuando en enero de 2025 cuando llegaba de nuevo a la Casa Blanca con un programa explícitamente neoimperialista y neocolonial.
A primera vista sus amenazas del año pasado de “convertir a Canadá y a México en nuevos estados de EU”, de “reapropiarse del Canal de Panamá” o de “comprar Groenlandia a Dinamarca”, el afán que después de su golpe en Venezuela, mutó subidamente en amenazas de invadirla militarmente –cosa que, dicho sea de paso, dejó a las élites europeas (siempre en la mira de la DM), que hasta ahora hacían todo lo que les dictaba Trump, en puro estado monsivaiano de “ya no entiendo lo que está pasando, o ya pasó lo que estaba entendiendo”–, parecían unas simples pifias. Y aún queda por ver hacia dónde nos vamos desde acá, pero los afanes de EU de convertir a Venezuela en un controlado por la vía remota protectorado, son ilustrativas.
Lo más llamativo sin embargo es que con su raid caraqueño −para el cual, por cierto, la excursión panameña de Bush padre para capturar a Noriega (1989) es la analogía histórica más cercana– y sus justificaciones, Trump, a diferencia de su mucho más borroso e inerte gobierno 1.0, logró insertarse bien, por fin, en los viejos patrones históricos de EU en la región, apuntando así a sus linajes políticos concretos y sus precursores e incluso codificar, apresuradamente, su propia doctrina al respecto.
Después de haber publicado en diciembre pasado su Estrategia de Seguridad Nacional según la cual, entre otros, “después de años de negligencia” [ sic], EU va a “reafirmar y aplicar la DM para restaurar su preminencia en el hemisferio occidental” –algo que fue bautizado como “Corolario Trump” a la DM−, Trump, famosamente ignorante de la historia, anunció ahora el nacimiento de la “Doctrina Donroe”. Aunque, en sus propias palabras “la nueva doctrina sobrepasa la anterior en todo”, en realidad, lo único que hace es liberar al imperialismo gringo de todo el peso “innecesario” que se le pegó en un contexto internacional post 1945 (legalidad, derechos humanos, democracia).
Todo esto −si uno no se dejaba a atrapar en un cul de sac de querer a explicar al trumpismo como “fascismo”: solamente en el contexto internacional la diferencia crucial era que los regímenes fascistas de entreguerras eran poderes de segundo nivel que trataban “alcanzar” a la principal potencia global (Reino Unido), mientras EU siendo ahora, aún, la máxima potencia, en su senilidad trata desesperadamente a refrescar sus viejas doctrinas imperialistas y “ahuyentar” a los nuevos aspirantes (¡China!)− ya se veía venir.
El propio Trump a finales de 2024 ofreció las pistas concretas para ir entendiendo a su futura presidencia. Comparándose con William McKinley (1897-1901), el presidente que encabezó la expansión global de EU −fue en su presidencia que, tras la guerra con España, Washington se apoderó de las Filipinas, Guam, Puerto Rico y Cuba (protectorado de facto)−, introdujo las políticas de los “aranceles fuertes” y convirtió a la Casa Blanca en la proveedora de los servicios corporativos, se presentó como su continuador empeñado a regresar a los modos de hacer las cosas “como en los viejos, buenos tiempos”.
Lo mismo aplica a sus parecidos −menos explícitos ya que éste era mucho más progresista en varios aspectos que Trump−, con Theodore Roosevelt (1901-1909), el vicepresidente de McKinley que lo sucedió tras el asesinato, ambos representantes de una suerte de “nacionalismo unilateral”. Roosevelt arrancó a Panamá de Colombia, supervisó la construcción del canal allí y frente al intervencionismo de los europeos que –aquí regresamos otra vez a Venezuela– trataban de cobrarle las deudas al dictador venezolano Cipriano Castro, introdujo al “Corolario Roosevelt” (1904) que consumó la transformación de la DM en una herramienta del neocolonialismo (República Dominicana, Cuba, Haití, Nicaragua).
El hecho de que, según la administración estadunidense, después de Venezuela, “la siguiente en la lista” es Cuba, inscribe a Trump inequívocamente en este linaje político-histórico del cual el último representante más sonado era Patrick Buchanan, que en los años 90 buscaba infructíferamente, con el lema “Estados Unidos Primero”, competir por la presidencia y que igual que Trump ha sido a menudo, erróneamente, tildado de “aislacionista”.
Si algo ha demostrado hasta ahora el secuestro de Maduro, es que Trump siempre se entendía mejor en términos de la “continuidad”, no la “ruptura” con los viejos patrones estadunidenses. Una de las principales debilidades de la “tesis del ‘fascismo’” −en su versión mainstream− es que es un esfuerzo de “abnormalizarlo” y tratarlo como un “cuerpo extraño”, mientras lo que representa él es, en realidad, la quintaesencia de los impulsos imperialistas de EU, dentro de sus propios linajes y de acuerdo con sus doctrinas principales.












