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Inhumano
E

l pueblo Kalam de Nueva Guinea considera a los casuarios como humanos. A pesar de que son parecidos a los avestruces, para los papúes esas aves son sus iguales. Matar a un casuario equivale a cometer un homicidio, y el asesino se convierte para la comunidad en impuro y peligroso. Pienso en los casuarios cada vez que algún fascista viene con su perorata de las razas, las naciones superiores e inferiores, los “migrantes subhumanos”, los “zurdos de mierda” que merecen morir a manos de la policía, y todas las formas de deshumanizar comparando a los seres humanos con animales u objetos. Existen culturas que no sólo consideran a los humanos iguales, sino que incluyen hasta algunos animales, a los bosques y las plantas que los alimentan. Esto quiere decir que nuestra actual ruta de colisión contra lo humano no es común, sino que tiene una historia. Lo humano no es un hecho factual sino una forma de legitimar la dominación y, del lado excluído del “inhumano”, es una exigencia, un reclamo por la dignidad.

Occidente es la historia de varios grupos de personas que se piensan esenciales dentro del resto que es desechable. Fundan la idea de que lo humano es un rasgo restrictivo y exclusivo de su grupo. Los griegos consideraban bárbaros a los que no hablaban su idioma y sostenían que eran pueblos balbuceantes destinados a la esclavitud. Es una idea que legitima toda forma de dominación, primero en Europa y luego en Estados Unidos. Los demás son un contagio. Puede ser de criminalidad, de culturas distintas, y hasta de lo que se considera “feo”, como dijo hace poco el presidente de los Estados Unidos a un grupo de venezolanos deportados.

Son parásitos que le chupan la sangre al hombre común, decente, trabajador y que, además, reclaman un lugar que no se han ganado, se reproducen a velocidades de terror, y su subhumanidad se va pasando de generación en generación. Como lo son “los pobres” para la ultraderecha en el México actual. Racializada la pobreza, los señalados llevan en el color de piel su desventaja natural que justifica que se les trate como cosas. Al revés de los Kalam, los soberbios “occidentales” le han dicho impuro, no al que asesina a un igual, sino al que consideran su inferior y que merece morir o ser esclavizado.

Pero veamos qué ha sido “Occidente” con el que se llenan la boca lo mismo los trumpistas, que los de Vox en España, la OTAN, y hasta una ralea latinoamericana que espera que el “primer mundo” le llegue, aunque sea a bombazos. Un reciente libro de Georgios Varouxakis, llamado simplemente West, hace la historia del concepto racista desde su inicio griego. Primero, incluyó todo lo que estaba al norte de Europa, con todo y la Rusia de Pedro El Grande. Pero, tras la victoria de los rusos sobre Napoleón, Occidente, aterrorizado, se convirtió en algo que excluyó para siempre a Rusia.

Lo que pasaba del oeste de Alemania y del sur de Italia era “oriental”, “musulmán”, “cosaco”. “otomano”, “turco” o “bárbaro”. Pero he ahí que el racismo se fue haciendo exclusivista: los del sur de Europa, España e Italia incluidas, no eran ya realmente Occidente, por ser católicos. Luego, en la propia Gran Bretaña, los irlandeses no eran tampoco “occidentales”. No era la Europa cristiana, porque estaban fuera los ortodoxos del “Oriente”, incluyendo a los mismísimos griegos. No eran tampoco franceses y alemanes porque, entre ellos, se disputaron ser el centro de la humanidad. Pero fueron los positivistas de Francia, Augusto Comte en específico, que colocó a su patria en el centro desde donde emergía la universalidad, con un guiño al imperio de Carlomagno, sucesor supuesto de la Roma de los césares. Alemania se quedó con su profunda “kultur”, resistiendo ese universalismo que despreció por ser tan sólo “una civilización”, es decir, superficial. Los Estados Unidos entran ahí, no sólo porque se digan herederos de los migrantes europeos, sino porque son muy cristianos, blancos, y “superiores”, es decir, porque llevan consigo el racismo al que le suman su supuesta supremacía tecnológica. Desprecian a los europeos católicos, y se ponen al frente de ese imaginario del racismo fluctuante y voluble que se llama “Occidente”.

Así, los esclavistas del sur de Estados Unidos están convencidos de que fueron puestos por Dios en esta tierra para explotar a los inferiores y apropiarse de sus recursos. Al “negro” flojo e ignorante, lo sustituyen con el afroamericano criminal, drogadicto, y naturalmente violento después de la emancipación. A los latinoamericanos nos consideran subhumanos con poderes sobrehumanos para “minar su modo de vida”, engendrar el caos, y las sobredosis. No merecemos los recursos naturales porque hacemos mal uso de ellos. Somos, a la vez, autoritarios e indolentes. Contagiosos y desechables.

Lo humano que surgió después de las bombas de Hiroshima y Nagasaki habló de nuestra vulnerabilidad ante nuestra propia tecnología. Ahora los mega millonarios hablan de prescindir de lo humano con la inteligencia artificial. Después de Hiroshima y Nagasaki, se expandió el imaginario de que todos teníamos un irreductible: nuestra propia dignidad. Vivíamos en naciones que, al menos en el papel, tenían todas por igual derecho a la autodeterminación. Todo eso se está rompiendo en estos días. El presidente de Estados Unidos dice que el límite de su poder global es “su propia moralidad”. Como un esclavista lleva a cabo linchamientos para regocijo de sus seguidores digitales. Esos rituales de degradación, como exhibir a un presidente constitucional con esposas y vendado de los ojos, son los viejos espectáculos callejeros de llevar a la horca a un afroamericano, no por haber violado a una mujer, sino por tener una “naturaleza violadora”. Lo mismo puede decirse del lenguaje de la ultraderecha, sus insultos, apodos, amenazas diarias. Son linchadores confederados. En estos días parece que hemos llegado a la hora de la crueldad. Y, para no pensar más, imagino a un magnífico casuario azul, con su cresta, agazapado.