Opinión
Ver día anteriorSábado 10 de enero de 2026Ver día siguienteEdiciones anteriores
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El conflicto venezolano
D

ebo asentar que ni el comandante Hugo Chávez ni su discípulo Nicolás Maduro han sido santos de mi mayor devoción como resultado del trato directo, aunque por fortuna muy breve, que tuve con ambos.

De hecho, la última vez que estuve en ese país, por demás entrañable, lo mismo que un par de amigos, tuve que salir casi clandestinamente y, eso sí, de manera precipitada.

Habiendo sido elegido presidente de la Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe (Adhilac) que había tenido en Caracas una reunión general, en virtud de que el presidente saliente era precisamente un importante funcionario cultural, al entonces jefe de estado venezolano se le ocurrió que este servidor debería residir también en Caracas y no quiso entender las razones por las cuales mi residencia en Guadalajara no ameritaba cambios.

Al fallecer el dicho “prócer”, su sucesor me mandó decir, no sé por qué, que se requería mi presencia en Caracas. Mi respuesta por escrito consistió en decirle que ya había renunciado a la dicha presidencia, pero que estaba a sus órdenes en la embajada de su país en México, aunque no podía ir hasta allá. Fue la última comunicación, además de que Adhilac en manos de un cubano fue muriendo por inanición. Ojalá que algún día resucite…

Ahora bien, tal discrepancia con el gobierno venezolano, lo mismo que la política represiva de sus opositores, no implica que apruebe la arbitraria, prepotente y fascista conducta del señor Trump:

Un verdadero “jijo de la trumpada”. De manera tal que ahora me solidarizo cabalmente con Maduro y, sobre todo, manifiesto mi repugnancia por aquellos venezolanos, mexicanos y naturales de otros muchos países, que simpatizan con la política gringa, cuya principal intención es recuperar la potestad que había ejercido antaño, gracias a venezolanos y venezolanas vendepatrias que ahora vuelven a cacarear, sobre el abundante petróleo de ese país hermano.

El hecho de que su gobierno no nos resulte satisfactorio, aunque no desagrade tanto como el argentino, el ecuatoriano y varios más, no quiere decir que sea conducente lo que pretende el neofascismo estadunidense encabezado por esta versión orate y hitleriana del siglo XXI, que puede llegar a cometer barbaridades aún peores.

Viendo algunos periódicos y demás medios de comunicación de otros países que merecen el calificativo de “reaccionarios”, me despierta la preocupación de que la historia nefasta de las relaciones con Estados Unidos no ha sido lo suficiente para repudiar un gobierno de la calaña del señor Trump.

Tal parece que los mexicanos no hemos sufrido bastantes oprobios como para no andar de nalgasprontas con la escoria fascista de los estadunidenses en vez de sumarnos a las múltiples manifestaciones que en su propio país han emergido en contra del señor Trump y rufianes que lo acompañan, entre los que se halla, para vergüenza nuestra, algún mexicano.

Éste puede que saque tajada de su abyecta conducta, pero de los mexicanos, en verdad traidores, como el que es dueño de varios medios informativos, podemos proferir con voz fuerte “que no tienen madre”.

Por suerte, nuestro gobierno, por más que lo maldigan tales mexicanos de esos que nos avergüenzan, enarboló el ideario de la Revolución Mexicana y ha establecido una postura ecuánime y de gran dignidad. Afortunadamente, hoy es hegemónico en el gobierno de nuestro país un contingente que recuerda al PRI de antaño.

No podemos manifestarnos optimistas sobre los resultados de los ires y venires que se avecinan en los próximos tres años, pero sí resulta claro que resistencia habrá gracias a mexicanos que sabrán pasar por encima de controversias y diferencias partidistas, para volver a blandir principios de la política exterior mexicana que tanto lustre le dieron antes a nuestra patria y tanto favoreció el gran desarrollo que tuvo nuestro país.

Lo cierto es que la doctora Sheinbaum recuerda a los gobiernos aquellos que, en el ámbito internacional, dejaron muy bien parado a México, a pesar de que también padecieron lastres reaccionarios como los de ahora que no impidieron el reconocimiento general.