Sábado 10 de enero de 2026, p. a12
El nuevo libro de Patti Smith es pan de ángeles, un banquete de epifanías.
Asistimos al asombro, a la magia, las revelaciones. Sus páginas son un deslumbramiento:
Nos muestra cómo nace de la nieve y de la tierra una muñeca abandonada por una niña mientras va a recoger moras silvestres en la hierba en Dolina Charlotty, en un valle en el norte de Polonia.
No la abandona mucho rato, pero sí lo suficiente para olvidarla y, a través del paso del tiempo, la muñeca abandonada se convierte en Charlotty bajo la lluvia, Charlotty en medio de la nieve, Charlotty destrozada por un perro juguetón.
Y así nace Charlotty: “primero un brazo luego un torso luego una cabecita orgullosa cuya fija mirada azul ha sido testigo del destierro del serafín y de la combustión de las estrellas que reverberan”.
Pan de ángeles se titula el nuevo libro de Patti Smith y nos convida ese alimento. Cada página que avanzamos es una nueva aventura en medio de la desventura. Es el relato de sus experiencias en los 79 años que acaba de cumplir el 30 de diciembre.
Es el relato de una vida llena de pérdidas y duelos y de cómo superarlos y seguir adelante.
Reina del bosque y de la magia, nos revela cada recoveco, cada pliegue, cada intersticio de su primera infancia en medio de la pobreza y de una enfermedad tras otra (tuberculosis, sarampión, bronquitis crónica…) y el cómo ha superado todas y cada una de sus experiencias peligrosas y episodios dolorosos, como la pérdida de su marido, Fred Smith, y de su hermano y de sus padres y de su primera pareja, Robert Maplethorpe.
Pan de ángeles es un hermoso, estremecedor libro de memorias, una autobiografía que completa libros anteriores, en primer lugar Just Kids; luego, M Train, y libros de poemas como Woolgathering (traducido como Tejiendo sueños) y todos aquellos escritos suyos en los que narra su vida.
Encontramos muchos episodios que ya nos había convidado, entre ellos su vida con Robert Maplethorpe, pero en esta ocasión profundiza en los veneros existenciales siempre a partir de los recuerdos de su infancia, y narra ahora episodios que se había reservado, como los 10 años de vida familiar con Fred Smith y sus dos hijos, alejada de la fama y la gloria, y también nos cuenta de su rencuentro con la hija que dio en adopción cuando tenía 20 años y había anunciado, un año antes, a su familia su embarazo y su decisión de dejar el hogar para irse a Nueva York.
Las primeras páginas del libro son una maravilla de literatura. Es notable el trabajo de traducción al español de Ana Mata Buil, aunque recomiendo la lectura del original. Por ejemplo, el primer capítulo está traducido como “Prólogo”, cuando en el original se llama “Preludio”, porque además tiene un sentido musical intrínseco.
Preludio es un término musical que en su origen consistía en la improvisación que hacían los músicos con sus instrumentos para comprobar la afinación, relajar los dedos e introducir la tonalidad al público. Un preludio cumple las veces de obertura.
Ambos, preludio y obertura, son la preparación para cosas mayores, como una ópera, por ejemplo. Y este es el caso del primer capítulo de Pan de Ángeles, donde Patti Smith nos prepara para narrar su vida entera.
Hay hallazgos literarios de gran calado, en frases cortas y sencillas: “God whispers through a crease in the wallpaper”: Dios susurra a través de un pliegue del tapiz en la pared, aunque la traducción en editorial Lumen dice: “Dios suspira a través de una arruga en el papel pintado”.
En el primer capítulo, Prelude, Patti Smith nos anuncia con toda su potencia los relámpagos que están por sacudirnos en los siguientes capítulos.
Se pregunta Patti Smith en su Preludio: “De dónde sale esta afición por aludir a cosas que nunca tuve?”, y suelta la primera de muchas metáforas: “un traje para disfrazar al Quasimodo en miniatura atrapado dentro de un cuerpo infantil raro. Mi joroba rebelde, mi repulsiva, pero absolutamente necesaria joroba rebelde”.
El anhelo, la necesidad de libertad y una capacidad de imaginación irrefrenable pueblan las páginas de este libro abrasador. Gracias a esa capacidad ha podido ella, la escritora Patti Smith, librar la sucesión de calamidades que ha vivido, y esa es una de las muchas enseñanzas que vierte con su pluma.
Nos enteramos cómo conoció el budismo y luego se hizo budista: cuando vio el filme Horizontes perdidos, a partir del libro de James Hilton, “me sentí cautivada por el reino de Shangri-La, donde nadie envejecía nunca. Encontré el libro en una biblioteca; dentro había un recorte de periódico ajado con una entrevista al autor que explicaba que se había inspirado en las antiguas escrituras tibetanas, extática al pensar en civilizaciones ocultas. Me imaginaba monjes que guardaban el conocimiento secreto y practicaban el misterio de volar. Me daba esperanza saber que los ángeles no morían al sellarse las Escrituras, sino que se limitaban a recolocarse en el techo del mundo, donde los monjes rezaban por la tierra sin cesar, incluso mientras otras personas la destruían”.
Nos deleitamos con sus aprendizajes de sus amigos-mentores budistas William Burroughs y Allen Ginsberg. Sus complicidades con Gregory Corso, su romance con Sam Shepard y su convivencia con su mentor, ídolo y maestro y amigo Bob Dylan. Todos ellos la ayudaron a salir del hoyo negro en el que se sumergió cuando murió su esposo Fred Smith.
Bob Dylan le pidió fuera su telonera en su gira Lost Tour: “El tercer día me mandó un cancionero y me pidió que eligiera una canción para interpretarla con él. Me quedé la mitad de la noche dividida entre la belleza y la confrontación, y al final elegí Dark Eyes, una canción de estilo blakeano que transmitía compasión y tranquila dignidad, perfecta para cantar mano a mano.
“Michael Stipe me trajo un vestido suelto y vaporoso y me trenzó el pelo . Estaba un poco nerviosa cuando Bob me llamó para que saliera al escenario. Yo empecé la estrofa y cantamos el estribillo juntos en el mismo micrófono, con las caras casi pegadas. Vi las perlitas de sudor en su frente y me miré los pies descalzos, y sentí que en ese momento no era más que una viuda, y el rabioso joven poeta que antaño había dominado mis sentidos adolescentes, sólo un hombre.”
Además de Bob Dylan y los poetas beatniks, Patti Smith sostuvo una relación íntima con Susan Sontag y Annie Leibovitz. Cuando Sontag murió, Patti voló a París para el funeral, “y me quedé en el departamento que había compartido con Annie Leibovitz, en la habitación que había sido el estudio de Susan. Incapaz de dormir, leí su ejemplar de Diarios íntimos de Baudelaire. Pensé en Susan a lo largo de los años, bailando durante mis conciertos, reprendiéndome porque mi biblioteca estaba desordenada y aconsejándome que leyera a más escritores alemanes, lo que me llevó a Hermann Broch y Thomas Bernhard. Pensé en la pasión de Susan por la belleza, en su sufrimiento, su mente elástica y su deseo de experiencias intensificadas”.
Y así transitamos las páginas donde paso a paso Patti Smith nos conduce por los senderos de su existencia, su pasión por el arte, su anhelo de “algún día lograr escribir algo que valga la pena”, los procesos de creación de su música, la génesis de su arte que anida en un lugar físico que existió y que seguirá existiendo como metáfora y destino: el jardín de la infancia.
El libro Pan de ángeles está escrito para el futuro, “por el bien del cordero marginado, barrido como ceniza en un ático en llamas”.
Pan de ángeles es un libro sobre la esperanza, el amor, la escritura, la memoria, las epifanías.
Es un noble libro de poesía:
“God whispers through a crease in the wallpaper, a drop of water bursting as an equation. Light in the forest falls”…












