l secuestro del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y de su esposa Cilia Flores, es un hecho extremadamente grave en la política internacional y el inicio de una estrategia puesta en marcha por el gobierno de Donald Trump, que tiene incalculables consecuencias para el mundo y en particular para Latinoamérica. Se trata, en primer lugar, de un secuestro de Estado que viola, entre otros, el artículo 2, sección 4, de la Carta de las Naciones Unidas, que a la letra dice: “Los miembros de la organización, en sus relaciones internacionales, se abstendrán de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado, o en cualquier otra forma incompatible con los propósitos de las Naciones Unidas”.
Este texto prohíbe que un Estado miembro de la ONU viole la soberanía de otro empleando la fuerza, la coacción o el estrangulamiento, como lo expresó Jeffrey Sachs en su alocución ante el Consejo de Seguridad. La lista de las agresiones del gobierno estadunidense es conocida: Irak, Libia, Siria, Honduras, Panamá, Venezuela, Irán, Cuba y ahora otra vez Venezuela. En todos estos casos, se han aducido pretextos, como el de que Sadam Hussein tenía armas de destrucción masiva, que nunca se encontraron; que en Irán estaban preparándose para la fabricación de bombas atómicas, lo que no se demostró, y ahora, que Venezuela estaba enviando drogas a Estados Unidos. Pero el presidente Trump declaró además que el petróleo de Venezuela “era de Estados Unidos” y que en México, a pesar de que tenía una buena presidenta, quienes gobernaban efectivamente a nuestro país eran los cárteles de la droga. De nuevo, el uso del doble discurso: combate al narcotráfico como parte del interés de apropiarse de los cuantiosos yacimientos de petróleo de Venezuela, pero también control de la llave para abrir o cerrar a quien se le antoje y especialmente China, que constituye el enemigo a contener debido al enorme desarrollo tecnológico y comercial que ha logrado en unión con los BRICS.
México, inserto en una relación profundamente asimétrica con Estados Unidos y sujeto al T-MEC, corre el riesgo de que el discurso sobre “combate al narcotráfico” se convierta en herramienta de presión política, económica o incluso militar. La historia de la región muestra que la retórica de seguridad ha sido usada repetidamente para justificar injerencias. Frente a esta posibilidad, podría sobrevenir la narrativa de los medios masivos de comunicación afirmando que se trataría de una “acción benéfica y protectora” que la ultraderecha aprobaría en forma entusiasta. Esto ocurre actualmente con Venezuela, en que el tema de la irregularidad de las elecciones presidenciales se utiliza para justificar el secuestro de Maduro y su esposa. En México no debemos descartar, por parte de la derecha, que busquen justificar y apoyar la injerencia extranjera. Ante la posibilidad de que esto ocurra, se requiere informar ampliamente a los ciudadanos; reivindicar las grandes luchas que se han tenido por nuestra independencia; hacer uso de una gran capacidad negociadora y promover una amplia, radical y enérgica defensa de la soberanía de nuestro país. Se tiene, además, que desarmar ideológicamente a la derecha, explicando las causas de que millones de estadunidenses hayan caído en la drogadicción; la libertad criminal que tienen para comprar armas de todo calibre; la tolerancia para la circulación de dinero; la difusión masiva de la violencia digital entre la juventud, etc. Pero tampoco soslayar la connivencia de ciertas autoridades gubernamentales o de la empresa privada con los narcotraficantes y apoyar plenamente su combate.
Pero las acciones criminales de Trump, aparte de Venezuela y México, tienen otro objetivo, que es el de acabar finalmente con el régimen cubano. Como sabemos, entre Cuba y México ha habido una larga relación de fraternidad no sólo porque estuvo en nuestro suelo el prócer José Martí, sino también que aquí se prepararon los insurgentes que, comandados por Fidel Castro, lograron derrotar al corrupto dictador Fulgencio Batista, respaldado, para variar, por Estados Unidos. El hecho de que Cuba declarara su independencia llevó al gobierno estadunidense a declarar un infame bloqueo mercantil y financiero que ha durado ya seis décadas y ha sido condenado por la ONU 33 veces, siendo la última la de octubre de 2025, cuando la abrumadora mayoría de países (165 a favor, siete en contra y 12 abstenciones) reclamó el levantamiento de las sanciones. Este bloqueo ha sometido a ese pueblo a inmensos sacrificios.
Y para completar el cuadro, recordemos que Trump ha expresado su interés de apropiarse de Groenlandia, aunque allí no tiene el pretexto del narcotráfico, pero que, de efectuarse, sería una nueva violación a la soberanía de un país, ahora europeo. Frente a esta situación, las preguntas que surgen son: ¿hasta cuándo los ciudadanos estadunidenses permitirán que se les lleve de nuevo al abismo de la guerra?, ¿los pueblos latinoamericanos permanecerán impasibles ante estas acciones que nos vuelven otra vez a la barbarie?, ¿los países europeos y sus ciudadanos permanecerán impasibles ante la violación de la soberanía de las naciones?, ¿cuál será la reacción de China, India, Rusia o Brasil ante todos estos hechos?
*Profesor-investigador de filosofía moral y política, UAM-I












