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Coalición electoral defeña
L

a izquierda social, en la capital de la República, se ha convertido en una coalición de gobierno y poder. A partir de los tardíos 80, el entonces juvenil y militante PRD fue el recipiente que nutrió a los políticos que ambicionaron cambiar al país. Además de la jefatura y delegaciones de esta ciudad central, pretendieron capturar el Ejecutivo federal y demás posiciones importantes. De lograrlo, podían reunir las fuerzas necesarias para dar contenido y alcance a un nuevo régimen. Y, más allá todavía, a otro proyecto de Estado con mayor justicia distributiva. Para concretar tan larga visión debían comenzar por ser la fuerza dominante en esta gran ciudad. El pueblo capitalino ya esperaba, con ansias manifiestas, a quienes hablaran de sus necesidades, prometieran y honraran sus palabras de bienestar.

Se iniciaron, entonces, distintas maneras de llevar a cabo los trabajos, basados en contacto directo con los ciudadanos de las localidades que integraban el padrón ciudadano. A sabiendas de que tal práctica, de resultar efectiva, podría curar frustraciones anteriores y ser molde para el resto del país.

El triunfo de López Obrador, como jefe de Gobierno dio la oportunidad para iniciar la construcción de dicho proyecto. Pretendía, sin tapujos, trastocar el modelo vigente. Cumplida esta etapa de trabajos, fue, después, el segundo militante al frente de la naciente coalición en convertirse en candidato nacional, salido de esta ciudad. Otros más han tratado de repetir la hazaña, pero sólo la señora Sheinbaum logró hacerlo. Con ella quedó sellada la experiencia de que esta ciudad se considerara oportuna plataforma para aventuras de tal envergadura. Antes, en tiempos idos, la Secretaría de Gobernación obtuvo récord parecido.

El secreto, ahora, aparece como simple camino. Se debe captar la atención de la ciudadanía de esta capital y, a partir de ello, desenvolver un delicado proceso para ensanchar la conciencia ciudadana hasta convertirla en el mando real, efectivo, de un gobierno de ellos y para ellos. La coalición que fue edificando AMLO, junto con los citadinos, tomó tres ocasiones sucesivas para hacerse del Ejecutivo federal. La anterior coalición dominaba, mañosamente, las instituciones decisivas. Ahí se puso de manifiesto cuál era el propósito de un novedoso tipo de gobierno. Se transparentó a quienes eran los que mandarían y cómo lo harían para que les beneficiara. El lema de “Primero los pobres” surgió fincado y con dedicatoria precisa en esa base que se convirtió en sustentación. Fue diseñada para ese enorme conjunto de personas que padecían tan injusto castigo. La pobreza no era, ahora se entiende, un estado de ser inevitable, natural. Lo provocaba un ladino modelo de gobierno que miraba y vivía para complacer las crecientes demandas de una cúpula. Un tinglado que servía para procurar riqueza y privilegios a unos cuantos. Para lo cual se requería subordinar a todas y cada una de las instituciones del Estado. Quedó meridianamente claro que tal pretensión exigía extraviar, corromper, las venas el sistema completo. Sin esa precondición, no se puede cumplir promesa alguna de bienestar colectivo. Usar los resortes públicos para complacer privilegios y acumular riqueza se convirtió, durante décadas, en palanca de complacencia para los que se creyeron dueños del país. Así se vieron a sí mismos. Así desean volver a entronizarse. Y ello forma la continua y dura lucha que se está dando en todo México.

La continuidad del apoyo popular a ese segundo periodo del modelo distributivo depende, no sólo del contacto directo con el pueblo, sino en concitar los debidos mecanismos y recursos para atender demandas, necesidades y aspiraciones. No hay sustitutos y rutas alternas. Los trabajos de gobierno dependen de obedecer esos mandatos. Fijar, en todo momento, la mirada hacia abajo para determinar prioridades. Y no sólo eso, también es imprescindible esparcir la mirada a los demás. Sobre todo, auscultar y alentar a los grupos que retienen poder decisorio en el vasto complejo económico. Imprescindible asegurar una marcha estable de la fábrica nacional para mejores oportunidades y crecimiento continuo.

El contorno externo configura un factor esencial. Sobre todo en estos tiempos de inestabilidades que parecen estructurales. Entender a un poderoso vecino que se siente y asegura ser conductor de Occidente. A lo que agrega, como en el caso venezolano, el uso discrecional de armas, voluntad y ambición desmedida sin reparos en leyes, incluso las propias.

Frente a este desafío cotidiano, la respuesta estriba en preservar la unión nacional y alertar al pueblo en todas y cada una de las acciones y decisiones que lo afectan. El resto recae en la honesta habilidad de los conductores para ir negociando y saltando presiones.