n el terreno religioso, la sociedad mexicana vive intensas transformaciones, las cuales tienen derivaciones en otras áreas del entramado social. Desde hace un siglo, los cambios en la identidad religiosa de la población, primero imperceptibles y después ya muy evidentes, hacen imposible continuar con inercias analíticas y seguir absolutizando a la religión, todavía, mayoritaria y seguirla presentando como si no existieran otras opciones y creencias que aglutinan a millones de ciudadano(a)s.
En distintos espacios informativos y de opinión todavía hay expresiones como “la Iglesia consideró que…”; “las autoridades de la Iglesia afirman”; o “La Iglesia no está de acuerdo con…”. Los autore(a)s de frases como las anteriores no creen necesario decir que se refieren a la Iglesia católica, porque en su universo semántico nada más hay una y, por lo mismo, hacen a un lado la realidad sociorreligiosa del país, la que no está congelada en una sola identidad, sino en movilidad constante.
En el Censo de 2020 las cifras sobre identidad religiosa reconfirmaron la tendencia sobre que lo(a)s mexicano(a)s ensancharon el abanico de opciones con que han decidido dar cauce a sus inquietudes/necesidades espirituales. Entre 2000 y 2010 el catolicismo mexicano declinó cuatro puntos porcentuales: pasó de 88 a 83. Fue la baja porcentual más pronunciada desde 1930. En 2020 disminuyó el porcentaje de quienes se identificaron como católicos: 77.7 por ciento. En dos décadas el catolicismo decreció poco más de 10 por ciento, ritmo de disminución que no había experimentado antes.
Entre 1930 y 1970, el país rebasaba 90 por ciento de población católica. En el primer año fue de 98.3 y en el segundo 91.2. Un descenso importante ocurrió en la década de 1970, ya que en el Censo de 1980 el porcentaje de católicos disminuyó a 89 por ciento. En 2020 sólo dos estados superaron 90 por ciento de población católica: Zacatecas (92) y Guanajuato (91). En contraparte, Chiapas posee el menor porcentaje de población católica del país (54) y de cerca le sigue Quintana Roo (55). Las comparaciones porcentuales deben ser analizadas para comprender por qué Zacatecas y Guanajuato son las entidades más católicas, mientras Chiapas y Quintana Roo son las menos.
Después del catolicismo como preferencia de la población, en términos porcentuales, está el protestantismo/cristianismo evangélico. En 1930 los protestantes/evangélicos representaron tres cuartas partes de un punto porcentual (.75). En 1980 el porcentaje fue de 3.29; en 2000 alcanzó 5.7 y una década después 8 por ciento. En el Censo de 2020 la población que respondió ser evangélica/protestante ascendió a 11.2 por ciento. Al realizar readscripciones que el diseño del Censo coloca en otras posibilidades de responder sobre preferencia religiosa, es probable que el porcentaje de quienes son integrantes del abanico que caracteriza al mundo protestante y evangélico (mayormente pentecostal) sea de 15 por ciento, tal vez más.
Mientras la media protestante/evangélica en México es de 11.2 por ciento, hay entidades en que el número casi se triplica, como en Chiapas, que reporta tener 32 por ciento. Le siguen Tabasco (27 por ciento), Campeche (24), Quintana Roo (21) y Tamaulipas (17). Desde el Censo de 1980 el quinto lugar de mayor porcentaje protestante/evangélico le había correspondido a Yucatán. Ahora dicho peldaño es ocupado por Tamaulipas. Además, es importante apuntar que en el Censo más reciente 8.1 por ciento respondió no tener religión, en tanto 2.5 dijo ser creyente, pero sin adscripción religiosa.
La Ley de Libertad de Cultos de Benito Juárez (4 de diciembre de 1860) posibilitó la emergencia legal de pequeños núcleos protestantes/evangélicos ya existentes en México. Juárez no fue el causante de la llegada del protestantismo al país, como erróneamente se ha sostenido desde distintos lugares. La presencia organizada del cristianismo evangélico data de hace más de siglo y medio; sin embargo, es frecuente que críticos de derecha o de izquierda a estas alturas sigan señalando su ajenidad a la que denominan idiosincrasia mexicana. Allí quedan las vociferaciones de altos clérigos católicos que han etiquetado a los protestantes/evangélicos de lobos rapaces, moscas a las que es necesario ahuyentar a periodicazos, herejes y otros epítetos.
Las cifras de los censos de población de las últimas cuatro décadas indican la sostenida disminución del catolicismo. Tal realidad ha sido interpretada como aumento de la “descatolización” entre nosotros. Habría que matizar la expresión con investigaciones que muestran la independencia valorativa de la ciudadanía que se asume como católica y, sin embargo, no sigue las directrices éticas/morales de la institución religiosa a la que dice pertenecer. Incluso cuando el porcentaje de católicos rebasaba 90, otros indicadores señalaban que el catolicismo era más nominal que normativo en la vida cotidiana de los creyentes. ¿Se puede hablar de “descatolización” cuando en la práctica la mayoría tiene exigua relación con la Iglesia católica y, por tanto, vínculos muy débiles con las enseñanzas de la misma?
En términos de diversificación religiosa se hace indispensable cambiar los moldes mentales, esto para percibir que nos encontramos muy lejos de los tiempos en que hablar de “la” Iglesia tenía alguna validez.












