Política
Ver día anteriorMartes 6 de enero de 2026Ver día siguienteEdiciones anteriores
Servicio Sindicado RSS
Dixio
El apoyo humanitario está bajo fuego y cada vez con menor financiamiento

Michelle Ravell, enfermera mexicana que colabora con Médicos Sin Fronteras, narra las vicisitudes de su labor como voluntaria en Sudán y la franja de Gaza

 
Periódico La Jornada
Martes 6 de enero de 2026, p. 12

En el mundo hay en estos momentos 59 focos de conflictos bélicos activos, según el Índice Global de Paz 2025. Cada uno genera crisis humanitarias. En distintos territorios hay más de 250 millones de personas desplazadas y refugiadas. Es un escenario que no se vivía desde que terminó la Segunda Guerra Mundial. Es un mundo en llamas frente a un sistema de cooperación humanitaria que ha colapsado.

Lo que detonó la caída del financiamiento para acciones humanitarias fue la orden ejecutiva de cerrar la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (Usaid) que dio Donald Trump apenas llegó a la Casa Blanca. Esto repercutió en los recortes a todas las agencias asistenciales del sistema de la Organización de Naciones Unidas, algunas de estas claves, como la Organización Mundial de la Salud, el Alto Comisionado para Refugiados (Acnur) y el Fondo para la Infancia (Unicef), que este año apenas lograron un financiamiento de 20 por ciento de sus presupuestos requeridos.

Ante ese panorama de cataclismos y desastres, al que se suma también el efecto del cambio climático, destaca la crisis humanitaria que enfrenta Sudán, donde se cuentan ya 300 mil muertos, 12 millones de desplazados (entre ellos, 4 millones que han cruzado fronteras, principalmente hacia Chad), 9 millones de personas en condiciones de malnutrición y constantes oleadas de epidemias, entre ellas de viruela y cólera, además de la violencia sexual que ejercen los grupos beligerantes contra niñas y mujeres. Más de la mitad de la población está atrapada en el fuego cruzado entre fuerzas militares y opositoras.

La gravedad de la crisis humanitaria en Sudán y Sudán del Sur (que se independizó en 2021 después de una prolongada guerra civil) es, se calcula, 10 veces más aguda que la de Gaza, con masacres indiscriminadas y ciudades arrasadas.

Michelle Ravell, enfermera mexicana, llegó a Sudán poco después de haber sido evacuada de Gaza. Fue una de los 180 trabajadores de la salud de Médicos Sin Fronteras (MSF) dispersos en los 20 hospitales y centros de salud que aún siguen funcionales en medio del conflicto armado en esta nación desértica.

Como en Gaza, los grupos armados también consideran los hospitales, las clínicas, las farmacias y las ambulancias de Sudán como blancos militares y son atacados sistemáticamente. Quince trabajadores de MSF han muerto asesinados por los bandos armados en pugna, y en Gaza suman 18 los médicos y enfermeras de la organización que han muerto bajo los ataques israelíes.

Oleada de cólera

En marzo de este año, Michelle fue asignada por Médicos Sin Fronteras a una región remota en Sudán. “Apenas estábamos terminando de instalar el hospital y ya estábamos saturados, acomodando hasta cinco niños heridos de bala en una sola cama. ¡Cinco! La mayoría venía caminando por el desierto desde muy lejos. Un día llegó una familia con tres niñas, las tres heridas de bala. Fue necesario trasladarlas a otro centro porque nuestro quirófano era muy improvisado.

“De pronto empezaron a llegar casos de cólera. Primero pequeños grupos. Pero de la noche a la mañana el número creció. A los pocos días había ya una fila de más de 800 personas enfermas”. El cólera es fácil de curar, pero si no se trata a tiempo, la gente se muere muy rápido. Explica que la epidemia estalló porque uno de los grupos armados destruyó la estación hidroeléctrica y el poblado se quedó sin agua. La tomaron del río. Estaba contaminada. Ahí empezó.

“Ese día las enfermeras nos organizamos. Fuimos a vaciar la farmacia de antibióticos y suero. Y a darle, una vía de suero tras otra, desde temprano en la mañana hasta casi la medianoche, sin tomar ni un vasito de agua, ni ir al baño. De pronto oías llorar a alguien a un lado, o más allá. Se les había muerto alguien. Pero no nos podíamos distraer. Atendí a una niña que ya tenía los ojos en blanco. Decidí ponerle dos dosis. Al rato la volví a ver. Se había salvado. Nunca olvidaré ese día”.

En junio, tres meses después, Michelle volvió a ser trasladada. Pero a pesar de lo vivido en el país del Sahel, asegura sin asomo de duda: “Sudán es un país muy bello”.

Ahora trabaja en otro proyecto de MSF en Colombia, con víctimas de violencia. Y se ríe: “A veces pienso que a pesar de mi edad, tengo más experiencias que una señora de 80 años”.

Antes de su paso por el África Subsahariana, Michelle estuvo en Gaza.

“Estoy vivo, estoy viva”

“Antes del 7 de octubre de 2023, en la ciudad de Gaza había calles, autos, electricidad y agua. Se podía salir a tomar un café, comprar un sándwich”. Michelle Ravell tenía tres meses de haber llegado con MSF. Es enfermera titulada y cuenta con una maestría en administración de hospitales. Y un doctorado en filosofía. Trabajaba en el hospital Al-Shifa, el más grande de la región, hoy reducido a escombros. Tiene 31 años.

El 7 de octubre amanecieron con la noticia del ataque de Hamas en la frontera israelí. Pasó muy poco tiempo antes de que empezaran a escuchar el ruido de drones, de bombazos fuertísimos. “Con los estallidos y la onda expansiva, sentía que se me salía el aire de los pulmones, que se me reventaban los oídos. Frente a nosotros se desplomó una mezquita”.

A los tres días pudieron trasladarse a un edificio que tenía sótano. “Llegaban trabajadores internacionales, pero también vecinos, con sus gatos, sus loros, sus perritos. Éramos demasiados. A los cinco días pudimos movernos más al sur, a Jan Yunis. Impactante la vista y el olor al salir del refugio: destrucción total, cuerpos en descomposición”.

Michelle, que tiene una hija pequeña, de siete años en ese momento, se impresionaba al ver cómo los niños se anotaban sus nombres en los brazos y en las piernas. Los mensajes que la gente compartía por Whatsapp eran un simple “Estoy vivo, estoy viva”.

Habla de su asombro de haber vivido la enorme generosidad de sus colegas palestinos. “Nunca nos soltaron. Hicieron todo para protegernos. Me sorprende la bondad de esas personas”.

Finalmente, lograron un tercer traslado cerca de Rafah, en la frontera sur, a un refugio de la Agencia de la ONU para los Refugiados de Palestina en Oriente Medio (Unrwa). Pasaron otras dos semanas antes de poder ser evacuados. Sus colegas se despedían con cariño, pidiendo perdón por lo que había sucedido. “Le mandaban a mi hija un beso en cada mejilla de su parte”.

Con el tiempo se fue enterando del destino de sus compañeros y amigos palestinos. Le llegó un video de un colega sacando de los escombros a toda su familia. Su amiga, la doctora Lina, ha tenido que salir desplazada siete veces para llegar siempre a un refugio más precario que el anterior. Tenía un conductor asignado, Nasser. Sólo hablaba árabe y así se entendían; se hicieron amigos. Su esposa estaba esperando un hijo. “Él murió”.

Reflexiona: “Los que hemos estado ahí creo que hemos podido entender la verdadera resiliencia y la humanidad en su máxima expresión. Los palestinos son únicos”.

Un mundo en llamas

Un estudio reciente de Médicos Sin Fronteras y el Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria detalla que en estos tiempos “se atraviesa un periodo de inestabilidad donde los conflictos armados se multiplican, con pocos escenarios de resolución”. Y mientras la ONU y otras instituciones multilaterales pierden eficacia y legitimidad, “el gasto militar alcanza récords, al tiempo que los fondos humanitarios sufren drásticos recortes”. Es decir, en un mundo en llamas, los países más poderosos olvidan el sentido de solidaridad más elemental.

Agrega la investigación: “En paralelo, grandes actores refuerzan sus políticas exteriores agresivas actuando con impunidad o muestran escasa capacidad de reacción frente a flagrantes violaciones de derechos humanos. Queda así un contexto global turbulento, en el que los mecanismos disponibles resultan cada vez menos eficaces para garantizar seguridad y estabilidad”.