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¿La fiesta en paz?

Cadena alimenticia, la invencible e ignorada realidad para protectores de animales y antitaurinos

L

a cadena alimenticia es crucial para el equilibrio de los ecosistemas ya que permite la transferencia de energía y nutrientes que sostienen la vida en el planeta. Sin embargo, esta condición milenaria de la sobrevivencia terrestre es soslayada u ocultada por los protectores de animales, enfrascados en los derechos de mascotas y otras especies de compañía, no en los de todos los seres sintientes.

Cierta ocasión escribí: “¿Tiene usted idea de cuántos millares de guajoloticidas o ejecutores impunes de guajolotes hacen de las suyas en esta tierna temporada de villancicos? ¿O de cerdicidas, aves y peces sacrificados con el pretexto de tradiciones más o menos religiosas? Los protectores de animales con espíritu navideño sufren de una oportuna amnesia que les permite olvidarse, explicablemente, de su pasión animalera y su condicionada convicción defensora”. Lo que ven, lo condenan; lo que no quieren ver, lo descartan. Así es su tranquilizante postura.

Por ello, estos compasivos fingen ignorar las condiciones en que todos los días, en todo el planeta, son liquidadas millones de especies utilizadas como alimento para los habitantes urbanos, mientras que la gente del campo no maneja estas sofisticaciones. Así, mataderos, rastros, degolladeros y frigoríficos, autorizados o clandestinos, con estándares internacionales o sin ellos, con suficiente o escaso personal debidamente capacitado, procuran matar animales lo más rápido y eficientemente posible para la producción de los alimentos que demanda un mercado previamente manipulado.

No ha habido encuestas de cómo bovinos, ovinos, porcinos, aves y peces son trasladados de sus corrales, criaderos o hábitat a los rastros, si con comodidad o contra su voluntad, en cuyo caso, sin agua ni comida en el trayecto, ya van “sufriendo” desde antes de morir, generalmente mediante técnicas bárbaras más que crueles, ya que este calificativo, favorito de los antitaurinos, implica “deleite en hacer sufrir o complacencia en los padecimientos ajenos”. Por cierto, los mataderos estresan también a no pocos de sus operadores, no sólo por los sueldos y las condiciones laborales sino por las técnicas empleadas y las reacciones observadas en las víctimas.

Tampoco hay estadísticas, ni en México ni en el resto del mundo, del estado físico en que llegan las especies al lugar y al área donde terminarán sus días, ni cuántos arriban aplastados, acalambrados, fracturados o golpeados, antes de convertirse en rentables productos comerciales. Desde luego los animalistas, lejos de cuestionar el sistema alimentario prefieren abogar por el “sacrificio humanitario de las especies”, recomendando primero la captura sin maltrato, luego la inmovilización, después el aturdimiento previo, sea eléctrico o por conmoción, y por último la muerte del animal.

Este aturdimiento para insensibilizar es provocado mediante pistola de perno oculto o conmoción, si bien en países menos industrializados se utiliza un golpe con mazo, por lo general certero si el operador tiene experiencia en hacerlo; así como acuchillamiento o degollación. Lo increíble es que la Ciudad de México apenas si cuenta con rastros municipales o privados debidamente registrados ante el Servicio Nacional de Sanidad, Inocuidad y Calidad Agroalimentaria (Senasica) para la matanza de animales, por lo que en diversas alcaldías proliferan los mataderos clandestinos. Lo bueno es que, con humor involuntario, las autoridades capitalinas decidieron prohibir el supuesto sufrimiento del toro de lidia en la plaza, desentendiéndose de las demás especies en rastros con dudosas técnicas, por decir lo menos. Lo dicho: mejor prohibir que vigilar.