Domingo 4 de enero de 2026, p. a12
Arturo Ortiz Struck presenta una cartografía digital en la que reconoce a los mapas como un sistema de representación que siempre es posible poner en crisis; mapas que abarcan hasta los más mínimos detalles de la vida cotidiana, pero que al mismo tiempo son incapaces de registrar las texturas de la vida. Con autorización del autor y de la Universidad Iberoamericana ofrecemos a los lectores un fragmento del libro El mapa de mi neurosis
Hacer cartografía tiene finalidades inimaginables y conforma mundos virtuales paralelos al real, que además generan una simbiosis, una sola sustancia formada por el espacio físico, las relaciones que operan sobre él y su emplazamiento virtual.
Me empeñé en explicarle al Gangster y a sus socios que absolutamente todo lo que podamos imaginar es susceptible de quedar registrado en un mapa digital, y la forma en que habitamos a diario la virtualidad es mucho más profunda y poderosa de lo que nos gustaría imaginar. Por lo general las personas se refieren a estos mapas virtuales cuando ven Google Earth, la imagen de alguien viendo el techo de su casa, o de la casa de los abuelos paternos en Tamaulipas y lo divertido que es hacer Street View frente al trabajo o la casa de la ex novia o incluso recorrer urbes desconocidas para, callejeando en las pantallas, encontrar la Plaza de España en Roma, la Plaza Central de Bogotá o la Torre Eiffel en París. Pero de las funciones de los mapas, aunque estas son visibles y divertidas, son de las menos relevantes y cotidianas.
Otro aspecto en la imaginación social de los mapas digitales es pedir un Uber o utilizar Waze. Una maravilla que nos lleva por las ciudades de un destino a otro, parece magia cómo un sistema satelital selecciona calles, caminos, avenidas y atajos para no tardarnos tanto, para hacer recortes estratégicos callejeando por barrios, sin la posibilidad de elegir el camino más bonito. Funciona como “supervisor de maquila” que cuida la relación entre tiempo y productividad en los obreros. De la misma forma estas aplicaciones demandan que te tardes lo menos posible, como si las hubieran programado para evitar tu presencia en las calles en la medida de lo posible. Podemos imaginar cómo Tinder ayuda a localizar las pulsiones sexuales propias y ajenas, al siguiente sujeto de intercambio de fluidos en tu barrio con el mismo horario de calentura. Más allá del potencial registro de la totalidad de personas circulando o cogiendo en tiempo real y la identificación de quién lo hace con quién, si el traslado es en Uber o un coche propio, o en sistemas de transporte público, está la vulnerabilidad de los individuos, quienes dejan los rastros precisos de sus movimientos, lo que permite a los sistemas de cartografía localizar a cualquiera de nosotros a través de un teléfono celular, localizar a quien sea en el momento deseado por alguien más, a menos, claro, que desactivemos funciones de localización en el teléfono, de otra forma es tan sencillo ser ubicado y ubicar a alguien, como cuando firmamos una tarjeta de crédito en cualquier tienda.
El registro cartográfico se acumula en miles de capas digitales que permitirían escribir la vida de una persona, narrar cada uno de sus movimientos y compras, supervisar los encuentros sexuales y el de todas sus parejas sexuales para descubrir los millones de seres humanos portadores de enfermedades venéreas, por ejemplo. Hay programas gratuitos de localización y otros que con diez dólares permiten establecer coordenadas geográficas precisas de cualquier teléfono, usuario de Twitter, Facebook o Google en tiempo real. Son programas que atienden la neurosis de maridos engañados, de parejas de mentirosos empedernidos, que ponen en riesgo a los amantes y a los trabajadores que distraen su labor para desayunar en un puesto en la calle, que habilitan la verdad de los acontecimientos o demuestran la mentira de alguien en su actuar cotidiano y que ponen a establecimientos como cantinas, puteros y hoteles de paso, o bien oficinas fuera de horario como cómplices de lo normal, como evidencia de la automatización descontrolada y multidireccionada de los orgasmos. Afortunadamente a las sociedades no les gusta tanto localizar a los otros, como permitir ser localizados en las diferentes plataformas digitales y redes sociales.
Hay usos más necesarios, cotidianos e invisibles de la cartografía digital en los que se registran elementos prioritarios de la infraestructura, los mapas de las tuberías subterráneas de agua potable y drenaje, los mapas de catastro que permiten determinar el pago de impuestos, o bien la cartografía de las cámaras de vigilancia vinculadas a programas que nos permiten observar cualquier parte de la Tierra desde un teléfono y manipular las cámaras a placer. Desde Juchitán, Oaxaca, uno puede controlar las cámaras de vigilancia de la Universidad de Nebraska con un teléfono celular, pero todas las visualizaciones en video de millones de cámaras en el mundo están localizadas en el mapa, así que basta tener Internet y un dispositivo electrónico para observar cientos de lugares en cualquier parte, en tiempo real: ¡Sonrían a la cámara desde donde estén! Que algún psicótico en Pakistán los ve, o más bien miles de personas sin valoración psiquiátrica están vigilando de manera obsesiva.
Cada producto que compramos en un supermercado está vinculado a un código de barras que lo identifica, vale decir en el caso de una Coca-Cola en lata: la fábrica donde fue embotellada, el centro de distribución al que la llevaron primero, qué día y a qué hora salió de la embotelladora, en qué camión fue trasladada hasta ese punto y cuál fue el recorrido, a qué hora registraron la entrada al centro de distribución, el momento preciso en que fue registrada su salida de ese lugar y entró en la camioneta repartidora que recorrió una ruta identificada por satélite, y cuando fue entregada en el supermercado donde la compras y quedó el registro de la hora en que la pagaste. El inevitable registro y la historia de esa Coca-Cola queda en el mapa, como todos los productos del mismo supermercado, del mismo modo que en todos los establecimientos de supermercados y tiendas de conveniencia de todas las cadenas comerciales de todas las ciudades de todos los países.
Las preferencias de la sociedad, lo que compra la gente en estos sitios queda asentado en los mapas digitales, lo cual permite ajustar la información de los gustos de la sociedad en cada barrio de cada ciudad de la Tierra, dirigir productos y estrategias de mercadotecnia. Así, cuando voy a un supermercado del sur de la ciudad y luego visito otro de la misma cadena en el norte de la misma ciudad, encontraré productos diferentes que se ajustan a los diversos modos de vida de las personas, en algunos hay comida kosher, en otros cortes de carne, en unos es más grande la salchichonería o bien los productos orgánicos de una tienda ocupan un estante mientras que en otra están en un pasillo. A fin de cuentas, lo que se ve en los supermercados y tiendas de conveniencia del mundo es que nuestra forma de vida, por mucha diversidad que haya y nos enorgullezca, son muy similares. Consumimos refrescos, pañales, cervezas, pilas, papas fritas y condones. Lo demás también se asemeja mucho pero no es tan preciso. En los supermercados del planeta se vende básicamente lo mismo, es el dibujo de una sociedad tan controlada en sus modos de vida que su libertad consiste en escoger la marca del producto.
La mercadotecnia es dios, las campañas publicitarias son su representación en la Tierra, aparecen de forma casual donde con certeza funcionan. En el supermercado que vende más productos orgánicos se manifiesta en campañas de publicidad orientadas a la salud alimenticia, con cereales 100 por ciento naturales llenos de conservadores de libre pastoreo, colorantes de producción local, saborizantes orgánicos emanados de campos de maíz plagados de insecticidas químicos que abonan a que la glucosa sea clasificada como de producción responsable. En otros donde lo que importa es que alcance el gasto de las familias, la publicidad se enfoca al precio más bajo del mercado, el miércoles de plaza, al dos por uno y otras estrategias acompañadas por tropezones de pretensión que terminan por hacer gastar lo que sobraba en un vinito tinto, unas papas fritas o medio litro de helado. Nada que las estadísticas y los mapas de la diabetes no sepan.
En la Ciudad de México, pero creo que es igual en medio mundo, según el estrato en el que te desenvuelvas te toca utilizar cierto tipo de productos, pero no me refiero a clases sociales, sino estratos que imagino tridimensionales en forma de maraña informe de señas y señales identificables sutilmente y que ayudan a representarte en sociedad de la mejor manera posible, el que no entiende los mensajes soterrados de la negociación entre insuficiencias ontológicas es por lo menos admirable.












