La conforman apenas 12 calles con nombres de oficios
De decenas de talleres dedicados a elaborar calzado hoy sólo sobreviven unos cuantos ante el embate chino
Domingo 4 de enero de 2026, p. 29
La colonia Emilio Carranza, ubicada en la zona centro-oriente de la Ciudad de México, lleva el nombre del sobrino-nieto del presidente Venustiano Carranza, quien en la década de los años 20 del siglo XX fue ascendido a teniente de la Fuerza Aérea Mexicana y reconocido por realizar el primer vuelo de la capital a Washington.
Aunque no existe una fecha precisa de la fundación de esta colonia, llamado el Lindbergh mexicano y Mensajero de la Paz (por Charles Lindbergh, primer aviador en cruzar el Atlántico), los habitantes refieren que su creación data de la primera mitad del siglo pasado.
Los residentes de las calles en la alcaldía Venustiano Carranza, que en su mayoría se dedican al comercio, habitan 24 manzanas formadas por siete calles de sur a norte y cinco de oriente a poniente, que forman un triángulo; está delimitada al norte por la avenida Canal del Norte; al sur, por Circunvalación; al poniente por la avenida del Trabajo y al oriente por la calle Imprenta.
Sus pobladores no cuentan con mercado, escuelas, parques ni clínicas, pero asumen como parte del territorio el centro de abasto y el deportivo que llevan el nombre Emilio Carranza, los cuales se encuentran en la colonia Morelos, con la que colindan hacia el sur.
Asentada en los terrenos baldíos cercanos a la antigua estación de trenes de San Lázaro, tuvo su mayor auge con la apertura de decenas de talleres dedicados a la fabricación, venta de insumos y reparadoras de calzado, talabartería, hojalatería y establecimientos de telas y ropa.
De hecho, las calles llevan los nombres de oficios: Central Talabarteros, Talabarteros, Hojalatería, Central de Plomeros, Plomeros, Central de Pintores, Pintores y Peluqueros, así como Alfarería, Carpintería, Imprenta y Ferrocarril de Cintura; en esta última sobreviven negocios que exhiben en las banquetas tendederos de los que cuelgan pieles de ternera y cabrito, aunque también se encuentran retazos de caimán, así como hormas para confeccionar calzado y cajas de cartón para su empaque.
Al extinguirse la actividad se ha llevado otros locales
Enrique Villa, quien desde hace varias décadas se dedica a la confección de zapatos, relata que la esquina de Peluqueros e Imprenta fue conocida con el nombre de El Redondel, incluso se hallaban decenas de talleres de calzado que desaparecieron con el paso del tiempo.
Algunas viviendas resultaron con daños estructurales tras el sismo de 1985, pero se reconstruyeron; otras se encuentran deshabitadas y a algunas más “les dieron una manita de gato” con la rehabilitación de sus fachadas para ser rentadas.
Las pulquerías Diablo Rojo y Aquí te quiero ver dejaron de existir desde hace varios años y el más reciente censo, que concluyeron hace pocas semanas los propios pobladores, indica que sólo sobreviven 35 talleres de zapatos en la colonia, cuando hace varias décadas contaba con lugares que incluso ocupaban la mayor parte de las calles.
Villa, quien tiene un taller en Talabarteros, menciona con nostalgia que los insumos para elaborar calzado se incrementaron de precio, lo que afectó a los pequeños productores que difícilmente pueden competir con la entrada de zapatos chinos a la capital.
Sin embargo, los negocios de las calles Emilio Carranza, como el que atiende José Arroyo, aún son visitados por clientes procedentes de los estados de México, Hidalgo, Puebla, Morelos y de países como Cuba, que compran suelas antiderrapantes, tacones, tapas y plantillas originarias de León, Guanajuato, para armar calzado.
Por su parte, Arturo Zamora, dedicado a la industria del zapato desde hace cuatro generaciones, menciona que “esta colonia se vuelve zapatera porque de Tepito salieron los talleres para acá y la Emilio Carranza es recuperadora del oficio del calzado con los talleres y la peletería”. Sin embargo, coincidió en que “la entrada del zapato chino a escala fuerte ocasionó la caída económica de los talleres, cuando había 50 o más en una sola calle; muchos zapateros se fueron a municipios del estado de México y a colonias de Iztacalco.
“Estamos más para allá que para acá, nos falta muy poco para que se pierdan los talleres. Lo peor del caso es que se está perdiendo el oficio”; no obstante, menciona: “hago zapato por amor, por cariño, soy zapatero de nacimiento.
“En mis venas tengo clavos, suela, pegamento, tacón, así corre por mis venas; sigo haciendo zapato por que lo quiero, seguimos trabajando, luchando porque nos compren.”
A unos pasos de El Redondel aún trabaja Beto, un adulto mayor conocido entre los habitantes como Picasso, quien “de toda la vida” se dedica a la hojalatería y que afina los detalles de la carrocería en un vehículo.
El residente Gilberto Espiricueta Sánchez cuenta: “tengo 60 años viviendo aquí, la verdad es que tenemos cerca todo, el deportivo, que aunque no es de la colonia sigo yendo a correr; a la hora que salgas encuentras algo qué comer, además tenemos el tianguis que se pone los jueves y domingos.
“A la hora que uno se levante está rodeado de un montón de cosas. Tenemos las avenidas, deportivos, tenemos Tepito; todo lo tenemos alrededor, el mercado de peces, a fin de año en la calle Aluminio venden las cabezas de puerco, el maíz para el pozole, rábanos, cebolla. Hay de todo. Más adelante tenemos la Cámara de Diputados y el mercado de Jamaica. Sí se añora lo que antes había, pero la mayoría de todos los que nacimos aquí nos seguimos viendo.”












