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Ámbar Past
¿D

ónde estás Ámbar Past y por qué no nos das noticias tuyas? ¿Sigue en pie tu maravilloso Taller Leñateros de San Cristóbal, Chiapas, que iniciaste mucho antes del surgimiento del movimiento zapatista? Ámbar Past, la rubia estadunidense que todos veían en el bosque era un hada rubia, una figura mágica y benefactora, un pájaro de alas de oro que enseñó a todos a hacer papel con la corteza de los árboles y los hizo decir en voz alta quiénes eran y cómo eran. Ámbar fue una voz profunda y poética que todos amaron y las mujeres le debemos mucho. Su voz de poesía y generosidad se hizo oír en San Cristóbal y luego en todo Chiapas. Sus bosques también le deben su creatividad y su poesía y su respeto inmenso por la naturaleza. ¿Era una maga venida de cielos lejanos? Ámbar no lo decía, pero muchas veces hablamos en el inglés de Estados Unidos. Era una rubia mágica que se aparecía en las calles de San Cristóbal con sus libros hechos a mano, confeccionados en papel reciclado que resultaban obras de arte que ponía en manos de sus amigos, los poetas Juan Bañuelos, Óscar Oliva y Juan Antonio Ascencio, como milagros de la selva lacandona. Ella misma era una obra de arte, una aparición solar a la sombra de los árboles chiapanecos, un hada que bajaba de las ramas del pino más alto.

Al conocerla, le pregunté: “¿Eres un árbol?” Sonrió y nos entregó sus poemas impresos en cuadernos artesanales. Me deslumbró su belleza y muchos chiapanecos se perdieron por ella y la adoptaron. Ahora le perdí la pista porque desde hace más de 10 años decidió cambiar por completo, vivir fuera del alcance de los terrícolas, salir de nuestra vida o ¿serán viditas? Ya sé que soy muy cursi, pero Ámbar era parte de los bosques de San Cristóbal antes de que los tomara el subcomandante Marcos. ¿Vivirá ahora en el Himalaya? Ámbar, ¿por qué nos dejaste? Tratar con un árbol es igual a hacerlo con St. Exupery, el aviador que aterrizó en su propio planeta. No te atreves. ¿Era Ámbar un venado? ¿Un hada producto de nuestra imaginación? ¿Una mentira que nos hace vivir mejor? ¿Dónde vives ahora, Ámbar?

Ámbar siguió el llamado budista de habitar el vientre mismo de la naturaleza, pero antes, en México, perteneció al bosque de San Cristóbal, en Chiapas. Ahí escribió e imprimió su poesía. En 1974 llegó a San Juan Chamula, a la comunidad de Magdalena, en el municipio de Chenalhó. Se dio a querer. Los hombres y las mujeres la abrazaron. Ámbar también los quiso, recogió sus palabras en cuadernitos de corteza de árbol que muchos atesoramos. El poeta Juan Bañuelos fue su guía lo mismo que Juan Antonio Ascencio. Ámbar siempre se comunicó con las mujeres y fue parte de Chenalhó y escribió que sus muchas amigas eran fuertes, perseverantes, árboles que caminan derechito a la vida. Curiosamente, nunca le interesó el subcomandante Marcos y sus zapatistas, y ella tampoco se acercó a los campesinos vestidos de militantes con fusiles de palo.

Decía Ámbar: “las mujeres tejían, parían a los hijos, hacían la comida y todas las cosas que hacen las indígenas y noté que...

–Ámbar, ¿qué hacen en el bosque?

–Cortan leña, la traen sobre sus hombros, trabajan en su milpa, cuidan sus animales: borregos, gallinas, perros que ladran. Ya mayores, tejen a ratos, atienden a sus hijos y nietos, desgranan maíz y preparan su nixtamal, “tortean” y también tienen mucha vida ceremonial. Con frecuencia llaman a las “concuradoras” para que curen a alguien en la familia y le quiten su enfermedad. Hay “concuradoras” y “concuradores”. Yo empecé a notar que mucha de la vida de las mujeres –como a mí siempre me ha gustado la poesía–, que casi toda la vida de las mujeres es poesía que ellas mismas dicen. Cantan todos los días desde que amanece y se levanta la neblina del bosque. Para pedir prestada una jícara a la vecina, dicen un poema y la vecina contesta con otro. Cuando vienen las “concuradoras” son horas y horas de cantos rituales que son pura poesía. Me fascinó ver gente que vivía de una manera tan elemental rodeada de poesía. Yo estaba aprendiendo tsotsil y empecé a grabar todo lo que decían, y a buscar en la literatura de Chiapas a poetas chiapanecos como Juan Bañuelos y Jaime Sabines, y me di cuenta de que no había nada sobre las mujeres, salvo Rosario Castellanos. De hombres encontré textos en inglés, en alemán, muy poco en español.

–¿Y el Instituto Indigenista no había dejado su huella con Juan Pérez Jolote?

–Sí, pero eran de antropólogos y traducidos de una manera muy escueta que no hacían justicia a la belleza de los cantos originales en tsotsil. Empecé a grabar los cantos y, después de varios años de vivir en el bosque, logré que mis amigas tsotsiles me dictaran otros conjuros. Me hablaron de personajes femeninos: la madre del viento, la madre de la lluvia, la madre de la escritura, la madre de la noche y, ya en confianza, me respondían que no sabían nada de amores o que nunca habían escuchado hablar de amor porque la vida entre los hombres y las mujeres tsotsiles es bastante separada, unos salen al trabajo y las mujeres se quedan entre ellas, dedicadas a su casa. Me interesó mucho toda esa mitología alrededor de las mujeres, me fascinó ser mujer yo misma y por ellas me hice más mujer. En una ocasión, una de las curanderas, la “conjuradora” en Magdalena, me confió cómo había aprendido a conjurar, a curar, y me invitó a su casa, me pidió que trajera mi grabadora. Cuando llegué, le dio mucha risa mi entusiasmo y me contó cómo habían aprendido los conjuros: muy chiquitita. Soñó que un ángel le dijo que ella iba a curar y que llevara un libro grande –son mujeres ágrafas que no han aprendido a leer–, de pastas rojas con letras de oro donde estaban escritos todos los conjuros y me confesó que, de niñita, a los cuatro o cinco años, había hecho sus altarcitos en la tierrita del patio. Me pidió que rebobinara la cinta porque quería escucharse a sí misma, pero la grabadora no había grabado nada.

–¿Por qué?

–Nunca lo supe, pero le pedí perdón y le cambié pilas y casetes y grabé de nuevo y todavía me contó más cosas. Recitó cantos y rezos que yo no entendí porque casi no hablaba tsotsil en ese tiempo (ahora sí hablo) y cantó cantos que nunca he vuelto a escuchar, historias de personajes como “la mujer mariposa” y “la mujer huracán”, y de nuevo la grabadora no grabó. Ni la tercera vez tampoco y a ella le dio más risa. Al salir de su casa, la grabadora funcionó, entonces supe que era una mujer muy poderosa. Recogí todas las voces de la selva lacandona e hice los cuadernos que tu conoces. Juan Bañuelos fue testigo porque me pidió una copia. “¿Qué pasó, que hiciste? Cambió todos los nombres masculinos a femeninos”. Decía “la hombre florida” en vez de “el hombre florido”. Llamamos al técnico, no encontró ningún virus, llamamos a una de las conjuradoras e hizo un conjuro y la computadora funcionó.

–¿Cuántos años estuviste recogiendo los cantos?

–Veinticuatro años. Grabamos cientos y cientos de horas de casetes; hice una selección y hay conjuros para sembrar la tierra, para que llueva, para atraer a un hombre, para que el perro no ladre al novio cuando visita a su novia, para matar al hombre infiel. Algunos de los conjuros son muy, muy antiguos, sus lenguajes arcaicos, como si fuera Cervantes, es un tsotsil histórico, pero aun con este idioma, tan fuera de época, trata de cosas actuales. Hay un rezo para no tener que ir a trabajar a Los Ángeles o a la Florida que resultan sorprendentes. Con ellos escribí, pero siempre sentí que otra gente debería hacerlo, alguna mujer tsotsil de la comunidad, pero pasaron los años y eso no sucedía y he hecho lo que he podido. Ahora las jóvenes ya no conocen los cantos y sólo las ancianas que todavía vivían en 1974 los saben. Pensé: “bueno, aunque sea una inspiración para que otros lo hagan más tarde, y recogí todo ese material que es muy valioso. Tal vez se debería de buscar la manera de publicarlo. Por fin, logramos que el primer ejemplar saliera el 23 de marzo de 1988, todo hecho a mano: la portada, las máscaras de la portada, que representa a una conjuradora, están hechas a mano. La máscara madre fue el trabajo de Gitte Daelin, una escultora noruega con una mezcla de cartón reciclado, cepa de plátano, pelos de elote y cola de carpintero en el Taller Leñateros.

–Qué bonito.