Editorial
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Trump: sembrar tragedias
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l miércoles pasado, un hombre disparó contra dos miembros de la Guardia Nacional estadunidense apostados en las cercanías de la Casa Blanca. Ambos resultaron heridos de gravedad y ayer falleció una de ellos, Sarah Backstrom, de 20 años. Después de que el atacante fuera arrestado, se dio a conocer que se trata de Rahmanullah Lakanwal, ciudadano afgano que trabajó en varias entidades del gobierno estadunidense mientras se encontraba en Afganistán, incluida la Agencia Central de Inteligencia (CIA). Lakanwal formó parte de las Unidades Cero del ejército afgano, unidad respaldada por la CIA que cubrió la retirada de las tropas ocupantes durante la caótica evacuación efectuada en agosto de 2021, y llegó a Estados Unidos gracias a un programa de la administración Biden para poner a salvo del talibán a los locales que colaboraron con el régimen colonial.

En respuesta al atentado, el presidente Donald Trump anunció la “pausa permanente” (un oxímoron, ya que una pausa es una interrupción breve) de la migración de todas las personas provenientes del “Tercer Mundo”, así como una embestida xenófoba en la que se contempla desnaturalizar a los migrantes que “socaven la tranquilidad doméstica” y deportar a cualquier ciudadano extranjero “que sea una carga pública, un riesgo para la seguridad o no compatible con la civilización occidental”, definiendo “carga pública” como la recepción de asistencia social. Según Trump, en el país residen 53 millones de extranjeros, de quienes la mayoría representan una carga pública, ambas afirmaciones desmentidas por cifras oficiales: la cantidad de personas nacidas en el exterior se estima en 46 millones (de las cuales alrededor de 45 por ciento ya cuenta con la ciudadanía estadunidense) y las regulaciones migratorias limitan de forma severa su acceso a la asistencia. Por ejemplo, casi nueve de cada 10 beneficiarios de los famosos cupones de alimentos son ciudadanos nacidos en Estados Unidos.

Más allá de las mentiras del magnate y de la paradoja de que su programa de gobierno es una ofensiva frontal contra la “civilización occidental”, si por ella ha de entenderse el sistema de derechos humanos universales y el multilateralismo construido tras la Segunda Guerra Mundial, resulta revelador hasta qué punto él mismo, sus seguidores y las derechas tanto en las naciones ricas como en el mal llamado Tercer Mundo son incapaces de extraer las verdaderas enseñanzas del deplorable ataque ocurrido en la capital de la superpotencia. El hecho de que el agresor haya sido entrenado por la CIA para asistir a Washington en sus dos décadas de ocupación colonial de Afganistán, tal como en la década de 1980 los antecesores del talibán fueron financiados, armados y glorificados por la misma agencia para debilitar a la Unión Soviética, debería enseñar a todos los practicantes del imperialismo que la violencia sólo engendra más violencia y que las violaciones a la soberanía de otros países tarde o temprano se vuelven en su contra.

Lejos de reconocer estas lecciones que se le ofrecen a las puertas de su residencia, Trump porfía en la idea de escalar su cerco naval a una incursión terrestre contra Venezuela, con el pretexto inverosímil del combate al narcotráfico y con el apoyo de mandatarios latinoamericanos y caribeños entreguistas. La farsa de la “guerra contra las drogas” ha sido reseñada de manera exhaustiva en este espacio, y ayer mismo el magnate ratificó lo poco que le importa controlar el flujo de estupefacientes al anunciar un “indulto total y completo” al narcotraficante Juan Orlando Hernández, ex presidente hondureño condenado a 45 años de prisión por una corte de Nueva York. En esa nación centroamericana también aplica la fórmula que ya le dio resultados en Argentina: condicionar ayuda económica y humanitaria al triunfo electoral del candidato afín a su proyecto neofascista. En suma, repite las aventuras neocoloniales que ocasionan el surgimiento de movimientos extremistas, cobija criminales mientras viola leyes internacionales en nombre del combate al crimen, y cierra las puertas a la migración, al mismo tiempo que apoya a políticos oligárquicos que generan las condiciones de pobreza y exclusión que orillan a millones de personas a migrar.