Sábado 29 de noviembre de 2025, p. a12
Mañana domingo se cumplen 50 años de la publicación de uno de los referentes de la melomanía: el Köln Concert, o Concierto en Colonia, de Keith Jarrett, bajo el sello ECM.
Ha transcurrido medio siglo sin que nadie, subrayo nadie, haya podido poner en palabras ese prodigio.
Lo que sí ha ocurrido es que ese disco forma parte de la intimidad de legiones que lo escuchan para repetir una y otra vez el privilegio de disfrutar de acciones sencillas que nos aproximan a la felicidad.
Escuchar a Keith Jarrett entonar poesía en un piano desvencijado luego de que recorrió horas en carretera con dolor de espalda, sin comer ni dormir en muchas horas, equivale a caminar mar adentro, en la playa, para sentir la arena cómo se humedece y nuestros pies se hunden y cada paso es mayor volumen de agua que nos acaricia suavemente con su calidez.
Poner a sonar este disco proporciona un placer parecido a cuando sorbemos una taza de té, observamos un atardecer, percibimos el olor a tierra mojada instantes antes de la lluvia y nos quedamos dormidos mientras esa lluvia cae mansamente allá afuera y nos arrulla.
Han pasado 50 años y el álbum conserva su frescura en cualquiera de sus formatos, el más querido de todos y el que mejor suena es el de dos discos elepé metidos en su funda blanca cuya portada destaca en su centro la fotografía en blanco y negro de Keith Jarrett en concentración zen, frente al teclado, ojos cerrados, mientras nace de sus manos “el sonido más hermoso después del silencio”, como define Manfred Eicher la naturaleza de todos los discos que desde entonces ha producido en su disquera, la mejor del mundo: ECM, que significa Editions in Contemporary Music y que se convirtió en garantía de calidad después de que se vendieron cuatro millones de ejemplares y siguen naciendo melómanos destinados a resultar cautivados por esta música de arcángeles.
El Concierto en Colonia es el disco a piano solo más encantador, hermoso, pleno de intensidad e incandescencia que se haya grabado a la fecha. Piano solo, solito y su alma. La contraportada del disco captura uno de los instantes del concierto, con Keith Jarrett en éxtasis, melena afro, su alma pendida de las galaxias.
La historia de este concierto es de película. De hecho, en la Gala Especial de la Berlinale, uno de los foros máximos del arte del cine, se estrenó la película titulada Köln 75, con John Magaro en el papel de Keith Jarrett, Alexander Scheer como Manfred Eicher y Mala Ende como Vera Brandes, la entonces niña de 17 años que organizó el concierto que pasó a la historia. Esa película fue dirigida por Ido Fulk.
Vera Brandes nació en Köln en 1956, y para cuando hizo posible el casi imposible Köln Concert, ya llevaba camino recorrido en eso de hacer conciertos a partir de la nada, porque ella no era empresaria sino melómana fascinada por la música. Utilizaba el consultorio dental de su padre como su oficina de promotora de conciertos y con su medio inglés se las ingeniaba para conseguir conciertos imposibles, como el de Jarrett.
Luego de la hazaña lograda en la Casa de Opera de Colonia, Alemania, donde Keith Jarrett grabó el concierto de todos tan amado, Vera Brandes continuó una carrera deslumbrante como productora de conciertos con una larga lista de grandes músicos con quienes nunca hizo negocio, sí en cambio relaciones personales profundas y verdaderas, como las que hizo con Astor Piazzolla, Carla Bley y Ralph Towner, entre otros genios de la música.
A los 15 años de edad, Vera Brandes organizó una gira de conciertos con el trío de Ronnie Scott (1927-1996), genial saxofonista británico que fundó uno de los foros de jazz más famosos de la historia, el Ronnie Scott´s Jazz Club, en Londres, punto de partida de la gira que armó Vera Brandes desde Colonia, ingeniándoselas para conseguir dinero de su padre, a quien detestaba por ser despótico pero a quien agradecía en el alma haberle infundido el amor por la música.
Con un dejo de ironía, con el paso de los años, Vera, de quien no se sabía su historia y quedaba como heroína anónima luego de convencer a Jarrett de ofrecer ese concierto que resultó histórico, en Colonia, dijo que estaba acostumbrada a tratar con personas narcisistas cuando conoció a Keith Jarrett y en referencia oblicua a su papá.
Ya no es anónima. Pasará a la historia como la persona gracias a quien existe una obra maestra, el disco que mañana cumple medio siglo como un clásico, y también como una gran productora de conciertos que también hicieron historia.
Después de un tiempo, retomó sus estudios y se especializó en neurociencia de la música y tuvo muchos pacientes a quienes curó con generosas sesiones de musicoterapia. De Keith Jarrett sigue hablando maravillas, a pesar de que él la trató con desprecio, aunque lo que queda registrada es la frase decisiva del pianista, dirigida a ella aquella noche del 24 de enero de 1975: “bueno, está bien, tocaré esta noche, pero quiero decirte que solamente lo hago por ti”.
Ella, aquella noche helada, temblaba del stress. Los acontecimientos la pudieron haber rebasado: el piano Bösendorfer 290 Imperial que había solicitado Jarrett quedó atrapado atrás de unas cortinas en algún rincón tras bambalinas y nunca lo encontraron los ujieres de la Casa de Ópera de Colonia, donde ese domingo hubo una función precisamente operística y el concierto de Jarrett lo habían programado, por insistencia de Vera Brandes, cuando terminara la función de ópera y a una hora inusual en extremo: once y media de la noche.
En su lugar, pusieron a disposición del exigente pianista un Bösendorfer de medio pelo y en pésimas condiciones de afinación, un pedal roto e impedimentos mil que hicieron a Jarrett cancelar el concierto.
La hazaña de Vera Brandes es ya legendaria. Echó un discurso a Jarrett sobre el compromiso social de un artista, sobre el amor a la música, sobre el compromiso con el arte y las emociones de las mil 400 personas que estaban esperando el concierto.
Cuando finalmente salió Keith Jarrett a escena, la primera frase que hizo sonar fue también algo insólito: imitó el sonido del timbre con el que en el teatro se hacían primera llamada, segunda llamada, tercera llamada, comenzamos y eso hizo sonreír a quienes entendieron la broma y el propio Jarrett se relajó y soltó el alma en un lance.
En este momento suena en mi mente, como seguramente estará sonando en la mente de usted, hermosa lectora, amable lector, esa frase inicial, esa entrada al paraíso, ese pase mágico hacia los territorios de lo sublime, lo increíblemente intenso, lo suave y acariciante, la música del Concierto en Colonia.
Nunca he llevado la cuenta pero han sido momentos muy importantes en mi vida porque cada vez que uno se sienta a escuchar el Concierto en Colonia, una sensación de felicidad finalmente conseguida nos invade, un estado de asombro, un bienestar absoluto y cada vez descubrimientos que nos llevan a decir: claro, pero si era evidente, cómo no me había dado cuenta, por ejemplo, que el clímax tan intenso de la segunda parte del concierto ¡es una sarabanda! Y es que nunca hay que olvidar que Johann Sebastian Bach, el maestro de las sarabandas, es el mentor espiritual, la guía, el modelo a seguir, la luz que ilumina el alma de Keith Jarrett cada vez que se suena el Köln Concert ya sea en los altavoces, ora en nuestro cerebro, porque saberse de memoria el Concierto en Colonia es lo mismo que conocer el camino de regreso a casa, el lugar donde están las sábanas, la taza de té, el techo que recibe la música de lluvia, la sonrisa que llevamos dentro todos, nuestros libros de poesía favoritos, las fotografías de quienes amamos, saber dónde está todo aquello que nos hace felices y saber que todo está en su sitio.
Saberse de memoria el Köln Concert es lo mismo que sabernos de memoria. Conocernos y querernos.
Mucho.












