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Brasil y México frente a los aranceles
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l golpe arancelario impuesto por Estados Unidos a Brasil y México abrió un frente comercial que sacudirá a las dos economías más relevantes de América Latina. Sin embargo, las reacciones nacionales son contrastantes: Brasil desplegó con rapidez un paquete de medidas concretas para proteger sus industrias y apoyar a sus exportadores; la respuesta mexicana ha sido lenta, fragmentada y en casos desvinculada de la coyuntura.

Desde el inicio, Lula aclaró que no permitiría que su industria enfrentara sola la embestida. Pronto anunció una estrategia integral con defensa política, apoyo financiero y estímulos fiscales. Abrió una mesa de negociación buscando salvaguardas para acero y aluminio, mientras activaba créditos preferenciales (por medio del Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social) y diseñaba incentivos fiscales temporales para las firmas más expuestas.

Pero fue más allá: consciente de que no se trata sólo de resistir el embate, sino de fortalecer en el largo plazo su aparato productivo, lanzó un paquete de innovación industrial contemplando financiamiento para nuevas tecnologías, sustitución competitiva de insumos importados y diversificación de mercados hacia Asia y África. “La mejor defensa”, comunicó, “es ampliar la autonomía productiva y la capacidad exportadora” ( O Globo, 8/5/25).

México ha reaccionado con mucho más tibieza. El gobierno respondió con declaraciones políticas y reiterando que mantiene el diálogo diplomático. Pero, hasta ahora, no ha presentado un paquete de apoyo explícitamente diseñado para compensar a los sectores afectados.

Su respuesta considera reducir compras desde Asia, impulsando la sustitución de importaciones; aumentar contenido nacional: que 50 por ciento del consumo e insumos sean mexicanos, elevándolo en 15 por ciento en sectores claves como automóviles, aereoespacial, semiconductores, farmaceútica, químico, textil, calzado, muebles y juguetes; atraer inversiones: 277 mil millones de dólares; generar 1.5 millones de empleos anuales; llevar a México a estar entre las 10 economías más grandes del mundo, y promover la integración regional y regionalismo industrial aprovechando el T-MEC.

Además, el 4 de abril de este año se anunciaron 18 medidas claves-acciones concretas para reforzar el aparato productivo: fortalecer el mercado interno mediante el portafolio de inversiones (más de 200 mil millones de dólares y la ventanilla digital para trámites rápidos); publicación para licitación de 15 Polos de Bienestar con beneficios fiscales como deducciones de 100 por ciento sobre activos fijos nuevos y de 25 por ciento por capacitación e innovación, y la eliminación temporal del ISR. Creación de 100 mil puestos desde el Servicio Nacional de Empleo, facilidades para pequeñas y medianas empresas, entre otras.

La diferencia es evidente. Mientras Brasil se adelantó con apoyos financieros, incentivos fiscales y un plan de diversificación, México reconoció el problema reiterando la atracción de inversiones y la sustitución de importaciones. La reciente inversión anunciada en la industria farmaceútica mexicana es un buen ejemplo: se presentó como parte del Plan México para la soberanía sanitaria, aunque en realidad responde más a una iniciativa del sector privado que a un incentivo gubernamental directamente vinculado a los aranceles. No se trata de una política de mitigación, sino de un anuncio que coincidió en el calendario.

La comparación se hace aún más evidente al desglosar las medidas. Brasil ya puso sobre la mesa el financiamiento directo, incentivos fiscales y acompañamiento político en la negociación. En México, en cambio, no hay créditos específicos para los exportadores afectados ni estímulos fiscales temporales, ni un plan gubernamental de diversificación de mercados.

La diferencia de enfoque es de fondo. Brasil postula soberanía económica y defensa de su industria nacional, actuar inmediatamente para evitar pérdidas, blindar sectores sensibles y abrir nuevos caminos. México propone sortearlo con paciencia sin alterar la inercia de su política económica.

La paciencia mexicana corre riesgos. Las industrias más expuestas (automotriz, acerera, agroalimentaria) ya resienten los efectos arancelarios. Sin respaldo público pueden perder competitividad frente a sus pares brasileños. Lula señala: “no están solos”, mientras la parte mexicana es difusa: el gobierno observa, pero no opera con la contundencia que la coyuntura demanda.

No se trata de copiar. Son situaciones distintas. Pero el contraste muestra la ausencia de una política pública mexicana diseñada con metodología, visión y mecanismos de apoyo explícitos. No basta confiar en la atracción de inversiones o con proyectos privados que compensen las pérdidas. Se debe articular investigación, financiamiento, política comercial. Improvisar y delegar a la inercia del mercado es insuficiente. El tiempo no resuelve por sí solo lo que exige acción inmediata. ¿Cuánto costará la demora?

* UAM-X