Escribir, hablar
ice Joan Didion: “… incluso de niña, mucho antes de que empezara a publicar lo que escribía, siempre tuve la sensación de que el significado radicaba en el ritmo de las palabras, las frases, los párrafos; una técnica para contener lo que pensaba o creía tras un refinamiento cada vez más impenetrable. Soy o he llegado a ser la forma en la que escribo…”.
Dice Murakami: “Sólo logro poner en orden lo que pienso cuando escribo. Después de usar las manos para escribir, para leer y releer varias veces, para rescribir con cuidado, al fin soy capaz de ordenar y comprender lo que hay en mi cabeza, que no es mucho más que lo que hay en la cabeza de otras personas”.
Dice Marguerite Duras: “La escritura es lo desconocido. Antes de escribir no sabemos nada de lo que vamos a escribir… Si se supiera algo de lo que se va a escribir, antes de hacerlo, antes de escribir, nunca se escribiría. No valdría la pena”.
Diremos nosotros: Resulta indispensable hacer silencio en uno antes de hablar. Un silencio pacífico, de preferencia; pacífico, pero curioso –curioso contemplativo–, si se puede decir así. Desde esa contemplación, intentar hablar.
Al principio no dan ganas (se está a gusto como se está). Luego uno cede, o ceden las palabras. Vienen como en silencio, de puntitas, pero de puntitas de ballet. Vienen como iniciando una danza, su danza (dicen lo que quieren decir, no lo que quien habla decir quiere). Dicen lo que, si calla, el que habla oirá.
Como se habla por inercia, puede callarse por inercia. Así no vale. La decisión, la voluntad de callar debe imperar en el que calla. Guardar silencio debe hasta que el silencio emita silencio –y hasta que ese silencio emitido empiece a hablar–.
El habla entonces es claramente entonación, ritmo, melodía y con suerte armonía, voz que resuena en un todo armónico (en principio el cuerpo mismo de quien habla, pero no menos el espacio –el cuerpo del espacio– que se habita). Hácese así, con suerte, una digamos suerte de universo, caja de resonancia por suerte de la voz.
Si el canto, esa suerte de canto que es entonces el habla, no es mejor que el silencio, y que el mejor silencio, ¿de qué servirá entonces entonar palabras, sonidos articulados que parece que por suerte significan?
Significan, sí, y como que convocan, ya se acerca, ya llega, otro silencio, uno a la vez que pleno herido, herido del lenguaje, resonando lenguaje en el silencio.