lo largo de mi infancia, durante la escuela primaria, recibíamos las calificaciones semanales el viernes. Las buenas notas daban derecho a un premio que mi padre se apresuraba a otorgarnos sin siquiera echar un vistazo al carnet de calificaciones. Aparte de un Dairy Queen, el cual consistía en un helado con fresas en almíbar, nuestro progenitor me regalaba cuentos de monitos comprados por mi madre “para que tuviéramos qué leer los fines de semana”. En realidad, la lectura de los cuatro cómics no me tomaba más de media hora, pero podría releerlos con más calma una vez que mi hermana hubiera terminado de leerlos. Los cuentos eran La pequeña Lulú, cuya protagonista era una niña que siempre ganaba a los niños del club de Tobi “prohibido a las niñas”, según podía leerse en grandes letras sobre una de las paredes de la cabaña que servía de alojo al club ; El pato Donald, un pato pobre, sobrino del millonario Rico Mac Pato y padrino de tres patitos llamados Hugo, Paco y Luis; Archi, cuyas aventuras de adolescente comparten sus amigas Betty y Verónica; y Superman, héroe con superpoderes venido de Kriptón, un planeta que hizo explosión.
Hace unos días, cambiando al azar las cadenas de televisión, caí en Las aventuras de Superman. El héroe extraterrestre es casi el mismo de los cuentos leídos durante mi infancia, pero el mundo en que vive se ha modernizado y pueden verse las computadoras en la sede del diario El Planeta, donde trabajan Clark Kent (identidad secreta de Superman) y Luisa Lane bajo las órdenes del director Pedro White. Luisa viste a la moda de hoy día y hace el amor con Clark-Superman pues, al fin, aunque quién sabe cuándo, han contraído matrimonio.
Mientras me distraje mirando uno de los episodios de la serie, volvió a cruzar por mi mente la misma pregunta que me hacía en la infancia: ¿por qué Superman no utiliza sus maravillosos poderes superhumanos para la ciencia? Un hombre con vista microscópica, telescópica y de rayos X, capaz de volar, invencible, poseedor de los más diversos poderes, ¿cómo puede malbaratar sus dones haciéndola de simple policía? Cierto, un policía con superpoderes, pero a fin de cuentas un policía ocupado en perseguir y meter a la cárcel a delincuentes como su enemigo Luthor, un tipo con capacidades científicas de las que carece el superhéroe. Podría pensarse que el o los autores de Superman no consideran una virtud el talento científico y que, para él o ellos, la fuerza tiene la razón.
Pero, ¿quién leería las aventuras de Superman si éste fuera un científico encerrado en su laboratorio? ¿Qué niño se apasionaría con los descubrimientos químicos o celulares de Superman? Aunque debe de haber algunos menores capaces de admirar los trabajos de un físico nuclear, sin duda el cuento no se vendería en millones de ejemplares en las más distintas lenguas y a lo largo y ancho del planeta si no se siguiera el clásico esquema de la batalla entre los buenos y los malos, policías y ladrones, detectives y asesinos.
El Superman del cuento, con todo y sus casi mágicos poderes, no puede ejercer una profesión distinta a la de un policía encargado de perseguir y encarcelar delincuentes. Después de todo, las series televisivas más vistas son las policiacas, tomen la forma y el estilo que sea, con protagonistas tan distintos como Sherlock Holmes en Gran Bretaña o el comisario Maigret en Francia.
En la Antigüedad había dioses y héroes de dimensión mortal. Divinidades y semidioses podían enfrentarse en combates donde la muerte volvía inmortal.
Cierto, los cantares celebraban la bravura de los seres humanos elevados por su osadía a la divinidad. En ese entonces, hoy tan remoto como el principio de la eternidad, el hombre podía transformarse en dios. Los tiempos han decaído y los héroes se han esfumado de guerras y vidas. La poesía ya no celebra proezas.
Por fortuna, aún se canta al amor. Acaso, único sentimiento inmortal.