a otra noche anduve por la colonia Irrigación, donde pasé mi juventud y desde entonces tan cambiada. En compañía de mi carnal, avencindado de por vida, le dimos la vuelta literalmente a la nueva embajada de Estados Unidos. Está gruesa. Pocas veces viene más al dedo el adjetivo grueso
, física y simbólicamente. Hagamos una composición del lugar.
Mis primeros 20 años viví en Presa de la Angostura 104, en una de dos sólidas y feas casas construidas por mi padre para nosotros y sus padres retirados. Otros 20 años seguí yendo a visitar a la familia. Todo ese tiempo, a dos cuadras quedaba la fábrica Colgate Palmolive, despidiendo humos químicos y olores desagradables por el detergente Fab, o perfumados a pasta de dientes Colgate y jabón Palmolive. Eran parte de la vida. Mi padre, para colmo, trabajaba con la competencia allá en la Industrial Vallejo, la odiosa Procter & Gamble. El colonialismo jabonero era parte (no la mejor) de nuestros días. Nos rodeaba una zona fabril que incluía la General Motors, la llantera General Popo, la Vidriera México, un inmenso molino de harina y más. El ferrocarril de Cuernavaca pasaba a pocas cuadras. Todo eso ya no existe, salvo el tren ocasional. Nuestras casas desaparecieron, con lo cual sufrí un urbicidio digamos íntimo. También las fábricas. Those were the days, my friend, cantaba la fresita macartniana Mary Hopkins.
A tres cuadras teníamos la muy práctica avenida Legaria. Al oriente ocupan hoy la zona inmensos centros comerciales, los museos Jumex y Soumaya, una red de rascacielos empresariales y habitacionales de lujo. Sobrevive el Sanatorio Español. La Irrigación no me gustaba, pero ahora, entre el progreso de lujo circundante, avenidas monstruosas y masivos edificios, me parece un pequeño barrio vintage, simpático y tranquilo. A ver por cuánto. Lo alcanza ya la gentrificación. Aquello se ha convertido en una zona de excepción que, para como viene el futuro trumpiano, podría alcanzar altas temperaturas políticas y militares.
Veamos: hará una década o más, el gobierno de Estados Unidos adquirió los terrenos de La Colgate (así llamada por los vecinos) para construir su nueva embajada. Que será, ¡chanchanchanchán!, la más grande del planeta Tierra (falta ver la de Marte, cuando llegue Elon Musk). El proyecto echó a andar con Obama. La obra se hizo bajo Trump y Biden. La inauguró ya de salida el ex embajador Ken Salazar, en diciembre pasado. La estrenará el amenazante ex boina verde Ron Johnson, tal vez en 2026.
Un proyecto complejo. Medio siglo de desechos químicos hacía su suelo un verdadero peligro. Se dijo que tomaría 10 años recuperarlo. El gobierno de Washington resolvió el problema de raíz extrayendo toda la tierra del predio, de unos 42 mil metros cuadrados, y llevándola a otra parte. Miles y miles de toneladas de tierra envenenada. Las excavaciones, relata mi bróder Guillermo, eran abismales, como mina a cielo abierto: 20 metros abajo los volteos se veían enanos. Hoy es la parte subterránea del recinto. Un búnker con cinco pisos para arriba y dos bajo tierra. En la amplia azotea, un helipuerto capaz de albergar a la vez varias aeronaves.
La gruesa muralla que la rodea, a diferencia de sus fachadas frontales, alcanza unos 10 metros de altura, armada con fasces de varilla de acero impenetrable bañadas en toneladas de concreto. La recubre un opaco y durísimo mármol de Pakistán. En predios contiguos, otros 7 u 8 mil metros cuadrados se destinarán a estacionamientos. Okey: entre Legaria, Angostura, Presa Las Vírgenes y el tren tenemos un búnker. La fachada, algo retro, muestra junto a las ventanas estructuras que semejan troneras. Los despachos arquitectónicos neoyorquinos Todd Williams-Billie Tsien y Davis Brody Bond se encargaron de la obra de unos mil 200 millones de dólares.
El inquietante techo del vasto vestíbulo a la entrada recuerda los títulos iniciales de Star Wars. Con letras de grandes a chicas, en descenso piramidal aparecen las palabras Galaxy, Earth, USA, State, City, y algo en letra chiquita ilegible desde la calle. Falta lo más revelador: en la contraesquina se erige un gran cuartel de la Guardia Nacional, sobre la misma Legaria. Les separa un ralo camellón. Siete cuadras al sur, la Cruz Roja nacional.
Pero aguarden, como dicen las promociones televisivas. Aún hay más. La Secretaría de la Defensa Nacional, su Campo Militar Número Uno y la Zona Militar se ubican a uno y dos kilómetros al poniente de tan estratégica sede diplomática, que rebasa en solidez y tamaño a su similar en Bagdad. Hacia el oriente y el sur, un enjambre de rascacielos.
Y eso no es todo. Falta el factor chino. Por sus mencionadas virtudes, en años recientes la Irrigación atrajo muchos nuevos residentes de origen chino, o bien coreano. Los tradicionales edificios de la colonia muestran frecuentemente el directorio en chino.
Vaya ingredientes. Tenemos un superbúnker yanqui, rodeado por cuarteles mexicanos y lujosos templos de consumo, en un vecindario poblado en parte por ciudadanos chinos, los rivales comerciales más temidos por el ominoso imperio. ¡Chanchanchanchán!