Opinión
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Isocronías

Un poeta

M

e gusta oír lo que dicen las palabras y lo que las palabras unas a otras se dicen. Todo texto es un diálogo entre ellas y de ahí que los textos cambien tanto según el lector como con el tiempo. La voz cantante (cada texto una asamblea) se desplaza: de pronto una palabra –una frase, un pasaje– toma la palabra, de pronto otra palabra… etcétera. Y el escenario del texto cambia de iluminación, de significado.

Toda relectura (ay, Heráclito) implica un nuevo enfoque, una reinterpretación, un reacomodo del texto al relector o del relector al texto (nadie lee dos, tres, cuatro veces el mismo texto). Con sus asegunes: no es lo mismo releer un memorándum que releer (Carlos Fuentes, año con año) El Quijote.

Nunca leemos del todo un texto, por elemental que sea. Siempre hay subtextos, siempre silencios que nombran. Todas las palabras están habitadas por silencios tales. La escritura (Hemingway, Piglia, expandidos) si no dice lo que no dice a la vez que dice lo que evidentemente dice no está diciendo nada.

Estas entre vanas y vagas consideraciones vienen a cuento por el filme colombiano Un poeta, que a sugerencia de Guillermo Vega Zaragoza miré en youtu.be/Zgc3DvT4DEQ?si=m964ZN ZWYJQDoK1A y que aunque me gustó (no aburre) deja la impresión de que no, o no mucho o no lo suficiente, permite que “los sonidos del silencio” (de las palabras, de ahora las imágenes) en él hablen. Y no obstante como de refilón toca, sin en ellos ahondar demasiado, ciertos puntos entre que nodales y neurálgicos de lo que llamamos “vida literaria”.

A manera de ejemplo de ese alcance dejo acá, con la autorización debida, la anónima opinión de uno de mis ex talleristas: “No pude evitar sentirme identificado con el protagonista: el exceso de alcohol, su desencanto, la constante angustia que trae consigo, pero también me anda cerca el poeta fracasado, su nobleza y solidaridad.

”No podría decir que es una gran película; por momentos sentí que el ritmo se vuelve lento, moroso, con algunas escenas que pretenden hacer reír al espectador, sin lograrlo. Sin embargo, conmueve: muestra que la poesía, como el teatro, amigo Eugene O’Neill, es un largo viaje hacia la noche.”

Guion y dirección claramente trazados (de Simón Mesa Soto), debilidades, concesiones (innecesarios subrayados), buenas actuaciones (algo excedida la principal), Un poeta, juguemos, consigue la redondez a costa de la esfericidad.