a política, como la vida, tiene giros inesperados. Por eso nos gusta. Por ejemplo, ¿quién nos iba a decir que nos íbamos a alegrar de la victoria de un candidato conservador en un país europeo? Tan atrás habíamos ido, que aquí estamos ahora mismo, celebrando la victoria de Péter Magyar en Hungría. Sí, celebrándola. Ya nos han recordado que es muy de derechas, que odia a los migrantes e, ideológicamente, lo separa un suspiro de Viktor Orbán. Ok.
Pero, era Orbán el que había recibido todo el apoyo de la extrema derecha occidental, empezando por Donald Trump y su vicepresidente, JD Vance, que participó directamente en la campaña con un mitin en Budapest. Era Orbán el que llevaba 16 años minando los derechos de la mujer, haciendo la vida imposible a migrantes y refugiados, y poniendo cada pliegue del Estado a su servicio, desde el Poder Judicial al control mediático, pasando por un sistema electoral que diseñó para asegurarse amplias mayorías, pero que ahora se le giró en contra. Con 52 por ciento de los votos, Magyar obtuvo 69 por ciento de los asientos en el nuevo Parlamento. Una mayoría de dos tercios que le permite revertir las reformas constitucionales de Orbán.
Pero identificar a todos los votantes de Magyar con su línea ideológica no parece muy inteligente en un Parlamento en el que no hay ni un sólo representante de partidos de izquierda. ¿No quedan votantes progresistas en Hungría? Quizá sea más ajustado a la realidad pensar que Magyar acaparó un voto útil masivo ante la oportunidad, real por primera vez en 16 años, de dar una patada en el trasero a Orbán. Se estima que 70 por ciento de los jóvenes apostaron por él.
Qué será de Hungría a partir de ahora, no lo sabe nadie. No merece la pena perder demasiado tiempo en cábalas. Bastante tenemos con tratar de situar las cosas e intentar entender las lecciones húngaras.
La derrota de Orbán no es un caso aislado. Hace un mes, Giorgia Meloni vio roto su idilio con el votante italiano que tumbó su primer intento, sigiloso y sutil, de empezar a mover los cimientos del Estado italiano a través de una reforma judicial. El mismo fin de semana, Janesz Janša, ex primer ministro de Eslovenia, amigo de Orbán, volvió a perder las elecciones de su país pese a tener todas las encuestas a favor. A estas derrotas electorales se suma el monumental descrédito acumulado por el señor de todas las bestias, Donald Trump, encallado en el estrecho de Ormuz. La imparable corriente que empujaba para arriba a la extrema derecha ha perdido fuerza en aguas del golfo Pérsico. Tanto que, hasta Meloni, cuya mayor baza en Bruselas era la interlocución directa con la Casa Blanca, acaba de plantar a Estados Unidos e Israel. La batalla abierta con el Papa es el último despropósito de una larga lista. Roma está más cerca del Vaticano que de Washington.
Si es verdad que el freno en el ascenso de la extrema derecha es una tendencia general en diversos países, debe tener rasgos compartidos en todos ellos. Explicaciones comunes. ¿Hungría nos deja alguna lección al respecto?
Las causas de la derrota de Orbán hay que buscarlas sobre todo en la economía. Los numerosos casos de corrupción y el hartazgo ante el sistema clientelar desarrollado por el partido de gobierno, Fidesz, han ido haciendo mella, por supuesto, pero ha sido el paupérrimo desempeño económico de los últimos cuatro años el que ha sentenciado a Orbán. Sentirse más pobres que los vecinos rumanos es humillante para el torturado orgullo nacional húngaro. La inflación galopante, el desmantelamiento progresivo del estado de bienestar y la pérdida de calidad de vida, en resumen, han hecho más en contra de Orbán que su relación con Moscú o la corrupción.
Pero a la causa económica principal, investigadores como Robert Csehi añaden un elemento sugerente. Este politólogo, autor de una extensa monografía sobre los años de Orbán en el gobierno, considera que una de las claves de su éxito ha sido la permanente reconstrucción del “pueblo”, del sujeto de soberanía, frente al cual ha ido redefiniendo también de forma constante la “élite” y otros “enemigos” de ese pueblo. “Cada cuatro años había un nuevo enemigo y una nueva élite que conspiraba contra Hungría y el gobierno”, explica.
Por ese catálogo de adversarios en constante renovación han pasado, entre otros, la antigua clase dirigente húngara, el feminismo, los funcionarios de Bruselas, los refugiados y Volodymir Zelensky. Esta inventiva, según Csehi, se ha secado. El principal tema de campaña de Orbán ha sido la guerra de Ucrania y sus consecuencias, el mismo marco con el que ya concurrió a las elecciones parlamentarias de 2022 y a las europeas de 2024. La capacidad de encontrar nuevos culpables a viejas crisis se ha extinguido, lo que lleva a Csehi a concluir que su discurso “se ha vuelto menos ceativo, ha perdido su novedad”.
Hay, por lo tanto, un discurso agotado que ya no logra tapar una gestión económica deficiente. En ese momento emerge la alternativa. Y como aquí hemos venido a construir esperanza, ¿por qué no pensar en que Trump, Milei y toda la pléyade de autócratas pueden seguir la misma pauta?











