l gobierno federal delineó hace algunos días varios planes y ambiciosos propósitos energéticos. Uno de ellos será, de aceptarse, un polémico método de perforación.
Dicha búsqueda de petróleo y gas se llevará a cabo, de ser viable y conveniente, por medios no convencionales. Es decir, se abre la posibilidad de emplear el método de fracturación hidráulica – fracking–.
Hay un motivo de fondo para escoger tal ruta: disminuir la que es una enorme dependencia del gas natural estadunidense. Hoy, ese gas se usa en grandes cantidades para generar electricidad, para mover al resto de la economía y el bienestar ciudadano.
La producción de gas local es hoy por completo insuficiente. Por fortuna, el precio que por ahora se obtiene al importarlo es comparativamente menor que para el resto del mundo.
Una de las ventajas efectivas consiste en su transporte por tubos subterráneos y a ras de tierra, dado que buena parte de lo consumido viaja a través de gasoductos. Antes de la guerra de Ucrania, sólo era semejante al precio del gas ruso enviado a Europa.
Ahora, la casi totalidad de esos países tienen que transportarlo en barcos especiales, lo cual aumenta significativamente su costo.
No se detuvo el oficialismo en esas proyecciones. Añadió el objetivo de instalar energía solar en cantidad importante. Este enorme paquete de proyectos forma parte sustantiva de futuras inversiones proyectadas para el resto del sexenio; sin embargo, hay un asunto prioritario que ha quedado en la penumbra: las finanzas públicas.
Todo lo mostrado exigirá sumas grandes de capital, y los recursos hacendarios son, por ahora, muy estrechos para emprender tan magníficos planes. Aun si se da cabida a los recursos de la iniciativa privada.
Compaginar, además, las energías llamadas renovables con las pretensiones soberanas en hidrocarburos no será tarea sencilla. Para tal propósito se requiere la extracción de gas en similares volúmenes a la energía solar o eólica empleada. Eso, ya bien se sabe, con suficiencia técnica.
Se menosprecia, en cambio, la contribución que la energía atómica puede hacer a la mezcla de ingredientes propulsores. Es una fuente segura, barata y confiable. No usarla recarga innecesariamente la cuenta en el gas.
Habrá necesidad de apreciar con la mayor precisión el aumento en la profundidad fiscal mexicana. Mantenerse en un nivel de 15 o 17 por ciento como proporción del PIB será, por completo, una mediocre aventura.
Se debe aspirar a contar con una hacienda que maneje, capte y use recursos cercanos a 30 por ciento de ese mismo PIB. Tal y como lo hacen y muestran las naciones avanzadas con economías fuertes. Aun en otros países de América Latina se tienen varios ejemplos. Pero, por lo escuchado en repetidas ocasiones, y desde los niveles decisorios respectivos, tales cambios no se harán.
La reforma fiscal conveniente, justa, moderna, progresiva y compensatoria, tendrá que esperar a otros tiempos y urgencias futuras. Mientras la precariedad seguirá siendo la nomenclatura presente y la soberanía energética continuará con severos grados de dependencia.
En variadas ocasiones, la soberanía, se antoja como inquietante e ilusivo propósito. En particular cuando se trata de la energía. Apresar un concepto tan complejo y básico se torna una búsqueda con abarcamientos múltiples. En su concepción básica, se haya la definición de lo que se ha dado en llamar “la matriz energética” de un sistema dado. Ese compuesto que interrelaciona energéticos, tecnologías, estructuras operativas y sus financiamientos.
Abrirse, como lo hizo el gobierno en días pasados, conlleva conjuntar tareas de gran magnitud. Tanto en materia nuclear como en fiscalidad, los retrasos son ya inconvenientes y peligrosos.
La apertura al debate sobre la soberanía y el fracking también obliga hacerlo desde ese otro ángulo tan elusivo como el financiero. La dependencia entre ambos extremos apunta a concebirlos como una dualidad.
La razón es sencilla: el volumen de recursos que la energía exige a cada paso en su suficiencia pone a prueba las finanzas nacionales.
Es preciso empezar diciendo que los componentes de la matriz energética hoy en día se encuentran desbalanceados en sus aportaciones. Las gasolinas, su volumen y calidades, por ejemplo, han alcanzado tamaños que las hacen ver como autosuficientes.
Pero la oferta eléctrica, como fuerza de empuje productiva, adolece del tamaño y la integración para asegurar el desarrollo y crecimiento de la fábrica nacional.
Asimismo, los satisfactores hoy disponibles para una vida plena, actual, con el bienestar ambicionado, padece cortedades y privaciones varias.
Por tanto, un riguroso análisis de todos y cada uno de los componentes que forman la ecuación es indispensable.
La hacienda pública, por su lado, dista mucho de tener la profundidad que es indispensable para captar los recursos suficientes. Además, en su estado actual, induce desequilibrios en la justicia distributiva que es urgente remediar.












