Opinión
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Malestar en Italia
U

n referéndum que pone en crisis a Giorgia Meloni y a su gobierno. Una manifestación, No Kings, que la semana siguiente muestra que hay vida contra la guerra y contra las prácticas de gobierno despóticas, violentas, racistas, fascistas que se despliegan simultáneamente en distintas ciudades de Estados Unidos, pero también por las calles de Roma. La guerra en Irán, que evidencia la fragilidad de Estados Unidos, aumenta las dificultades de Meloni y de los posfascistas italianos que habían intentado acreditarse como los mejores aliados del presidente estadunidense, Donald Trump, y que ahora titubean frente al encarecimiento de la gasolina y del costo de la vida.

En medio, muchas otras cosas que configuran un momento de transición nada menor en la política italiana. Por un lado, la disputa dentro de la derecha entre las derechas: si Meloni ha jugado la carta de alinearse con Israel y Estados Unidos, Salvini y la Lega intentan ocupar el espacio que Fratelli d’Italia deja libre.

Sin embargo, la fractura entre Salvini y el ex militar Vannacci ha complicado el panorama dentro de la propia Lega. Sería falso decir que hoy la derecha es minoría en Italia.

Podría parecerlo desde un punto de vista electoral, porque, como suele suceder, gobernar desgasta las mayorías, pero no es así en el plano cultural, donde, sobre todo en los sectores más adultos de la población, prevalecen sentimientos securitarios, proteccionistas, racistas y conservadores. No en todos los casos, claro.

A esto se suma la debilidad de la propuesta política del centroizquierda, incapaz de emanciparse del capitalismo e incluso de asumirse como anticapitalista. Incluso su sector más cercano al diálogo con los movimientos sociales carece de valentía y, cuando puede, jala el freno de mano.

En este contexto hay un elemento poco contado: las nuevas generaciones. Cada vez más críticas del mundo que las gobierna, enojadas –más aún en las periferias–, muchas veces difíciles de organizar porque no reconocen las estructuras tradicionales, como los centros sociales, como espacios propios. Pero cuando se movilizan se convierten en ese excedente que marca la diferencia.

La importancia de No Kings no está en la crónica de una jornada, sino en lo que dejó ver. No fue sólo una gran movilización contra Meloni. Fue la prueba de que la relación entre la derecha de gobierno, y sectores amplios de la sociedad italiana, ya no es sólida como parecía. El dato político no es únicamente la cantidad de gente en la calle, sino la recomposición que allí se hizo visible.

Pero hay un punto que conviene no equivocarse. Quienes intentaron leer la marcha No Kings como una antesala electoral, y quienes interpretaron el voto del referéndum como un respaldo directo a las oposiciones, no han entendido lo que está pasando.

No hay hoy una transferencia automática hacia partidos o liderazgos. No hay delega ni consenso consolidado. Es, más bien, el tiempo del “no”.

Un “no” que se expresa contra la guerra, contra el encarecimiento de la vida, contra el racismo institucional, contra una forma de gobernar que combina autoritarismo y fragilidad.

Un “no” que no se traduce todavía en proyecto político, pero que abre una grieta real.

Por eso, el problema no es simplemente quién capitaliza electoralmente este momento, sino quién logra volverse creíble para una parte de la sociedad que se siente ajena a la política organizada, pero que percibe con claridad que algo no funciona.

Ahí está el desafío. Para quien quiera hacer política –a cualquier nivel– ya no alcanza con administrar lo existente: se trata de entender ese malestar y construir formas nuevas sin perder la dirección.

Y es ahí donde vuelve a aparecer la dimensión cultural. Lo diría así: la generación del trap primero rompió las reglas de la música, luego fue rápidamente capturada por la industria, y ahora se desborda en las calles a su manera. También ahí hay política. No siempre organizada, no siempre reconocible para las formas clásicas, pero real.

El rap italiano empieza otra vez a hablar: Marracash, Ghali, Gemitaiz, Assalti Frontali y Murubutu, entre otros, vuelven a nombrar la guerra, el racismo, Gaza, el vacío de este presente. No son la solución, pero sí un síntoma.

Algo se está moviendo también en ese terreno. Critican el sistema y a Meloni, pero al mismo tiempo, también, las opposicciones.

Italia no está girando automáticamente a la izquierda. Pero tampoco está quieta. Y si algo muestran estas semanas es que hay una sociedad menos domesticada de lo que el poder pensaba. Cambiar es necesario. Sin perder la dirección.

*Periodista italiano