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Los primeros 25 años de la UACM
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a educación reproduce las contradicciones sociales y culturales generadas por el sistema dominante. Se imparte con base en el principio de autoridad para que las personas, desde la edad más temprana, adapten sus opiniones, comportamientos y creencias al pensamiento conformista. Esta reproducción, sin embargo, no es mecánica; siempre hay grietas que dan paso a la acción emancipadora.

Creada hace exactamente un cuarto de siglo, la Universidad Autónoma de la Ciudad de México abrió una de esas grietas. Además de ser un proyecto profundamente humanista, nuestra universidad es una trinchera contra la exclusión, la mercantilización del conocimiento y la normalización disciplinaria. La UACM nació el 26 de abril de 2001 como Universidad de la Ciudad de México, en respuesta a dos movimientos populares: la lucha de los colonos de Iztapalapa por convertir la antigua cárcel de mujeres en una escuela y el movimiento estudiantil de la UNAM en los años 1999-2000. El rector fundador, el ingeniero Manuel Pérez Rocha, uno de los pedagogos más brillantes de México, ya había creado dos instituciones estratégicas: el Colegio de Ciencias y Humanidades de la UNAM, en 1973 y el Instituto de Educación Media Superior del Distrito Federal, en 2000.

Un hito crucial fue la obtención de la autonomía. El 16 de diciembre de 2004, con el voto favorable de todos los partidos, incluso los de derecha, la entonces Asamblea Legislativa del Distrito Federal aprobó la Ley de la UACM que nos otorga personalidad jurídica, patrimonio propio, la plena libertad académica y la capacidad de administrar nuestros recursos (humanos, financieros, materiales), sin la intervención o el control directo de una autoridad superior.

A diferencia de las leyes orgánicas que se han impuesto a otras instituciones de educación superior, la ley de la UACM –redactada por el mismo Pérez Rocha– establece que la comunidad universitaria es la encargada de definir su gobierno interno, con base en los principios de cooperación y apoyo mutuo. El máximo órgano de gobierno es el Consejo Universitario que se elige de manera democrática, por voto directo, y está integrado por un número igual de estudiantes y académicos con voz y voto, además de trabajadores administrativos con voz, pero sin voto.

La UACM es la única institución de educación pública superior en la cual las y los estudiantes son parte activa del gobierno universitario. Otros proyectos de educación pública superior como la Universidad Nacional Rosario Castellanos y las Universidades para el Bienestar Benito Juárez García carecen de esta estructura democrática. Para empezar, no son autónomos, ni lo van a ser. La Rosario Castellanos depende de la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación, mientras que las Benito Juárez dependen de la SEP. Son, por tanto, organismos públicos descentralizados con una estructura vertical, muy distinta a la de la UACM. Tal parece que el partido de gobierno se “arrepintió” de habernos otorgado la autonomía y decidió no repetir el “error”.

Los ataques contra nuestra universidad empezaron desde antes de que naciera. En un principio, se concentraron en la decisión de abolir el examen de admisión, mismo que ha sido sustituido por un sorteo: los que no ingresan entran automáticamente en la siguiente convocatoria. Esta no es una ocurrencia; responde a un planteamiento preciso: el examen de admisión no sirve para medir el conocimiento, mucho menos la capacidad de aprender, sino sencillamente para excluir.

También se dijo que la universidad formaba militantes del PRD, y ahora la prensa amarillista alega que de Morena. Estas acusaciones, por demás falsas, se explican muy fácilmente: el pecado original de la UACM es oponerse al tipo de educación que se conoce como “capitalismo académico”, la cual incluye la lógica de mercado, la evaluación estandarizada, el sistema llamado de estímulos para los académicos y la idea de que los estudiantes son “clientes”.

“Nada humano me es ajeno”, el lema que Pérez Rocha eligió para nuestra universidad, es un programa y, al mismo tiempo, un destino. El autor de la frase, Publio Terencio el Africano, nació en Cartago hacia el año 185 a. C. Llegó a Roma siendo adolescente, no como un ciudadano libre, sino como esclavo y fue comprado por un senador romano llamado Terencio Lucano. Éste le proporcionó una buena educación e, impresionado con los resultados, lo liberó y le dio su nombre. El joven llegó a ser el más clásico de los poetas latinos, después de Virgilio.

La frase “nada humano me es ajeno” es extraída de El enemigo de sí mismo. En el primer acto de la obra, uno de los personajes, el anciano Menedemo, trabaja obsesivamente en su campo, bajo el sol ardiente. Cremes, su vecino, le pregunta por qué se somete a semejante tortura. Menedemo, molesto, le contesta de no preocuparse de cosas ajenas, que no le conciernen. A lo cual Cremes responde:

–Soy humano y pienso que nada de lo humano me es ajeno. Si lo que haces es correcto, yo tendría que someterme a la misma tortura. Pero si no lo es, deberías dejar de hacerlo.

En realidad, Menedemo se impone una vida de privaciones como penitencia por haber sido un padre excesivamente estricto e impedir el noviazgo de su hijo, el cual se enlistó en el ejército arriesgando su vida.

De Terencio y su obra se desprende una serie de cuestiones decisivas. En primer lugar, Terencio es un esclavo que se emancipa gracias a la educación. “Nada humano me es ajeno” es, además, un mensaje de empatía. Más que entrometerse, Cremes se preocupa por la condición de su vecino. Y está también la crítica al principio de autoridad, pues Menedemo reconoce haber cometido un error pedagógico: poner su voluntad por encima de la libertad de su hijo.

¿Qué es lo auténticamente humano? Tal vez esto: defender formas de vivir y de sentir en las que prevalecen el reconocimiento mutuo, la bondad y la confianza. Es lo que los revolucionarios franceses de 1789 llamaban fraternité y los indígenas llaman “comunalidad”: un sentimiento compartido que cruza los tiempos y las civilizaciones permaneciendo tercamente en los intersticios del mundo actual. Ese sentimiento es el que tenemos que cultivar para mantenernos a la altura de nuestro proyecto educativo.

UACM, San Lorenzo Tezonco