l poeta palestino Marwan Makhoul condensó en cuatro versos la ilusión de neutralidad: Para que yo pueda escribir poesía que no sea política, / debo escuchar a los pájaros. / Y para escuchar a los pájaros, / los aviones de guerra deben guardar silencio. Allí donde el cielo está ocupado por la guerra, no existe un afuera de la política.
Eso vale para Palestina, pero también para cualquier pueblo que haya aprendido a convivir con la amenaza como paisaje de lo cotidiano. Cuba, que no ha estado bajo el estruendo permanente de los bombardeos, entiende de otras formas de asedio sostenido que también invaden la vida cotidiana. La guerra toma forma de presión y cerco, de hostilidad organizada y la sensación de que la vida cotidiana transcurre bajo una sombra permanente. En la isla, como en la Franja, escribir nunca es un acto inocente.
El escritor Alejo Carpentier, quien fue también un musicólogo extraordinario, afirmó que la historia de Cuba estaba trazada en sus canciones políticas. Después de 1959, una parte esencial de esa tradición quedó también inscrita en su poesía. Reconocía que, en sociedades sometidas a grandes tensiones, el poema es quizás la forma más lúcida de la conciencia.
En Nicolás Guillén, el poeta nacional cubano, esa conciencia entra con ritmo popular, con música de calle, con el pulso de un país que no separa el canto de la pelea. En Son del bloqueo, la agresión se nombra sin digresiones: Kennedy con su bloqueo / Nos quiere cerrar el mar / Quenedí, quenedá, / Afeitar a los barbudos, / Volvernos a esclavizar. / Quenedí, quenedá, ¡qué bruto que es el Tío Sam! / Quenedá. / Ni un paso atrás, compañeros, / Amigos, ni un paso atrás. Guillén convierte la coyuntura en forma poética y demuestra que la defensa también puede cantarse sin perder densidad ni belleza.
Ángel Augier, desde una dicción más clásica, formula la misma voluntad de afirmación cuando denuncia al imperio que pretende “robarle a Cuba el aire que respira”. Luis Suardíaz desplaza la mirada hacia la ética de quienes asumen la responsabilidad en tiempos difíciles. Y Luis Rogelio Nogueras, Wichy, deja una de las frases más directas de esa tradición, “No hay sitio neutral en la tierra”. En sociedades marcadas por el peligro, incluso el silencio tiene consecuencias.
Para Miguel Barnet la respuesta ad-quiere un registro comunitario. En Patria, la defensa del país es una fuerza viva, material y amorosa, arraigada en la gente común: Y yo sé que a mi lado, en los pueblos, lejos, en el campo / hay una fuerza como el viento / que está dispuesta a defender la vida.
Roberto Fernández Retamar, en Le preguntaron por los persas, habla de “la decisión profunda de quedar siempre en esta tierra en que nacimos: / O para contar con nuestra propia boca, de aquí a muchos años, cómo el frágil hombre que venció al león y a la serpiente, y construyó ciudades y cantos, pudo vencer también las fuerzas de criaturas codiciosas y torpes, / O para que otros cuenten, sobre nuestra huesa convertida en cimiento, cómo aquellos antecesores que gustaban de la risa y el baile, hicieron buenas sus palabras y preservaron con su pecho la flor de la vida”.
También la canción cubana, ha sabi-do contar tales experiencias. El poeta Silvio Rodríguez lo hizo con una intensidad singular al escribir “Quedamos los que puedan sonreír / en medio de la muerte, en plena luz”. Bajo presión, incluso bajo amenaza, la vida no renuncia del todo a su derecho a la belleza. Cintio Vitier lo expresó de otra manera, al hablar de lo difícil que es construir un Parlamento en una trinchera.
Hay una línea común entre Makhoul y estos poetas cubanos. La poesía de los pueblos amenazados nombra, desde registros distintos, una humanidad que se protege de la crueldad, se resiste al olvido y comprende que la cuestión de fondo es qué mundo tendríamos que construir para que ya no fuese indispensable que la poesía tenga como apellido la política.
Mientras haya pueblos obligados a mirar el cielo con miedo, mientras el ruido de las bombas y los misiles siga imponiéndose sobre el canto de los pájaros, la poesía tendrá que recordar, denunciar, acompañar y defender. Antes que pedir a los poetas que no hagan política, habría que exigir otra cosa, mucho más urgente y mucho más justa. Que callen, de una vez, los aviones de la guerra.











