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A sus 77 años, Luis de Tavira cumple su cita con Shakespeare al interpretar al rey Lear
 
Periódico La Jornada
Jueves 9 de abril de 2026, p. 2

La vida siempre nos tiene citas o deudas pendientes. Para Luis de Tavira, una de las principales era con William Shakespeare. Durante más de medio siglo de trayectoria, en su haber no había un solo montaje ni una sola interpretación del bardo inglés. Y, por supuesto, tiene sus razones.

Ese vacío termina ahora al protagonizar la puesta de Rey Lear, en la versión adaptada y dirigida por Angélica Rogel que se presentará del 7 de mayo al 7 de junio en el Teatro Helénico.

El dramaturgo, director escénico, actor, pedagogo teatral y creador de instituciones acepta el reto a sus 77 años, con cierto “temor y temblor”, guiado por una de sus convicciones centrales: “el teatro es siempre el que elige, no uno; él me llamó a hacer esto ahora”.

En términos personales, quien es considerado una de las máximas figuras de la escena mexicana encara esta aventura con enorme complejidad interior. “Primero, con el entusiasmo y la gracia que supone hacer teatro y mantenerme en la construcción de la vida a estos años que tengo”, dice a La Jornada.

“Aceptar el desafío, la invitación de la vida y del teatro para seguir en escena me da una profunda alegría y esperanza. Pero esto es un atrevimiento: no lo habría hecho si no me invitan. Tengo una enorme fe en quienes acudieron a mí.”

También fue decisivo “conocer muy bien y admirar” a Angélica Rogel, así como a los integrantes del “maravilloso elenco”: Mayra Batalla, David Calderón, Mariana Gajá, Mauricio García Lozano, Mariana Giménez, Alejandro Morales, Diana Sedano y Raúl Villegas.

“El teatro es un arte comunitario. Aquí hay un equipo admirable, enormemente querible y capaz. Me siento muy privilegiado”, agrega el maestro, quien confiesa su extrañeza porque ahora lo requieren más como actor cuando gran parte de su trayectoria ha sido de director.

“Comencé siendo actor. Héctor Mendoza, mi maestro decisivo, me decía que si no entraba en el enigma de la actuación nunca entendería el teatro. De ahí pasé a ser pedagogo de la actuación y, después, en el desarrollo de una visión estética, a la dirección. Esa ha sido la línea continua de mi trabajo. También he generado instituciones para que el teatro cumpla su razón de ser”, explica.

“Es curioso que en los últimos años me hayan llamado para actuar. Yo no lo he propuesto, no me considero actor. Pero José Caballero me invitó después de casi 30 años de no hacerlo. Me atreví y el teatro me recibió.”

Desde entonces, dice, lo han seguido llamando. “Siempre he pensado que el teatro nos elige y nos pone en nuestro lugar. Cuando digo que el teatro elige, lo que a uno le queda es decir ‘sí o no’, y, en cuyo caso, obedecer”.

Actuar es para De Tavira (Ciudad de México, 1948) una vía de adquirir destrezas: “Aprendo de manera constante. Hay una pasión de conocimiento sobre el enigma de lo humano que sólo se encuentra en la experiencia del teatro y se comparte. El espectador es también un maestro. La obra, la ficción y al personaje mismo lo entiende uno en los oídos y en el corazón de los espectadores de cada función. Esa es una gracia inmensa”.

Infierno en el corazón

En su opinión, Rey Lear representa un trabajo actoral y escénico de “una escala mayor”. Es una de las más grandes ficciones y el personaje tiene una complejidad ante la que “uno siente temor y temblor”.

Lo importante, asume, “es ponerse ahí, obedecer y dejar que suceda. Es una obra terrible, un personaje capaz de llegar a extremos pasionales y trágicos. Mantiene una relación desde lo íntimo de los sentimientos hasta las leyes cósmicas. El gran interlocutor de ese personaje es el cosmos y el caos”.

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▲ El actor, dramaturgo, director escénico y pedagogo Luis de Tavira nunca había hecho a Shakesperare por una lealtad a los grandes autores de obras teatrales en lengua española. “Ahora me toca aceptar la invitación”, asegura en entrevista con La Jornada.Foto Alberto Hidalgo

En ese sentido, el creador escénico encuentra un eco en el poeta inglés John Milton, contemporáneo de Shakespeare: “En El paraíso perdido dice que somos capaces de crear un infierno en el corazón del paraíso o un paraíso en el extremo del infierno. Es la capacidad del espíritu de hacer interrelación con las fuerzas que nos superan: la naturaleza, el cosmos, los cuerpos celestes, el sol.

“Algo que en la época del positivismo hemos perdido. La violencia con que despierta hoy la conciencia ecológica o el riesgo de destrucción atómica confirma una visión que antes creíamos primitiva. Ahí está el diálogo entre nuestro tiempo y el de Shakespaere.”

Sobre la fuerza trágica de Lear, De Tavira considera que radica en el enigma extremo de la pasión llevada a ese punto máximo conocido como furia. “No es sólo la cólera o la ira, sino la capacidad de ir al extremo. Es un hombre que se enfrenta a la furia. Ésta se vuelve huracán, tempestad, tormenta, vientos que son los maestros del personaje. Al ponerse delante de ellos va a entender su grave error: el de un hombre poderoso, pero también el de un padre que va a enfrentar la ingratitud”.

A su parecer, la ingratitud es uno de los grandes problemas humanos. “Somos ingratos. No reconocemos lo que hemos recibido como gracia. Shakespeare va a los extremos: no puede haber ingratitud mayor que la que se da entre padres e hijos. Lear vive esa experiencia y va comprendiendo la ceguera en que vivía. Entonces, la locura se convierte en sabiduría”.

Para el creador escénico, la obra también habla de la estructura del poder: un rey que decide soltar la responsabilidad pública, pero conservar la autoridad. “Quiere eternizarse en el poder, la gran tentación de todo poderoso. Luego pone a sus hijos a competir por el amor y sucumbe a la adulación. Se equivoca y la tragedia le va abriendo los ojos hasta que llega a la tempestad”.

Lealtad con los nuestros

Una de las principales razones por las que De Tavira nunca había hecho a Shakespeare tiene que ver con una lealtad a los grandes dramaturgos en lengua española.

“Ahora, en este momento final de la vida, me toca aceptar la invitación. Shakespeare es del tamaño de Esquilo, Calderón, Molière. Es el autor más universal. Sin él no hay Inglaterra, como no hay Francia sin Molière ni Alemania sin Schiller”, precisa.

“Nosotros tenemos a Lope de Vega, a Cervantes, a Calderón, y no los montamos. Casi hice el propósito de no montar a Shakespeare si antes no montaba a los nuestros. Sentía que el diálogo con él es vasto, pero el de nuestros grandes creadores de identidad no lo hemos ejercitado. Sin embargo, el teatro elige y ahora me llamó a hacer esto”.

Sobre cómo se prepara para una obra que pasa constantemente de la crueldad a la ternura, responde: “no sé; es intentar ponerme ahí, que pase y suceda, tratar de no oponer resistencia y confiar.

“Hay que adivinar. La actuación es mántica. Aprendimos a hablar porque confiamos y porque adivinamos. No me siento dotado de grandes recursos técnicos. Me pongo en la dimensión de la sencillez, la humildad, la obediencia. Dejo que la propia ficción me lleve.”