Opinión
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Una piedra en el zapato
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aúl Herrera (Ciudad de México, 1941) llegó a un mundo que parecía no esperarlo. No fue exactamente hijo único, pero creció entre huecos: hermanos mayores ya convertidos en distancia y una casa donde el silencio decía más que las palabras. Antes de él, sus padres habían perdido a un bebé, una ausencia que nunca se fue y que, de algún modo, ocupaba un lugar invisible en cada habitación.

Con los años, comprendió que sus padres habitaban el mismo espacio como se alojan los recuerdos: sin tocarse. Vivían juntos como dos líneas paralelas que comparten techo, aunque no destino. Raúl aprendió a leer lo que no se decía en medio de esas líneas, a crecer entre lo que falta y lo que, sin nombrarse, permanece.

Su infancia transcurrió en una casa amplia sobre Calzada de Tlalpan, frente a los Estudios Churubusco, en ese límite difuso entre la ciudad y el último rastro de campo. Había ahí algo luminoso: el ritmo del restaurante que sus padres abrieron –una de las primeras rosticerías de la zona–, el olor constante de la comida, la energía incansable de su madre, que cocinaba como si en cada plato se jugara la supervivencia.

Esa niñez fue una cadena de interrupciones. Primero, la neumonía apartó a su madre del restaurante; su hermano mayor ocupó su lugar cuando Raúl tenía 8 años. Luego, ese mismo hermano recibió un disparo en la garganta durante una pelea y quedó paralizado. No murió, sin embargo, quedó suspendido en una vida distinta. A esa edad, Raúl no entendía la muerte: apenas empezaba a reconocer su sombra.

Así fue su infancia: un territorio marcado por pérdidas, por silencios densos, por la intuición temprana de que todo puede romperse en un instante. Y, aun así, bajo ese paisaje había otra herencia, más sutil: la de su madre, que dibujaba, cantaba y enseñaba; la de un abuelo periodista y rebelde; la de un padre que había atravesado la Revolución. Entre la fragilidad y la memoria, algo empezó a germinar.

Tal vez pintar –años después– no fue una elección, sino una forma de ordenar ese mundo roto. Como si cada trazo intentara responder una pregunta que había empezado mucho antes, en aquella casa de Tlalpan, cuando un niño intuía, sin saberlo, que la vida siempre deja algo inconcluso.

Su madre, Alma Rodríguez de la Vega, maestra de artes, dibujante y cantante, sembró sin imponerse una semilla silenciosa. No le enseñó a pintar en sentido estricto: le mostró, más bien, que las manos también piensan. Dibujar se volvió una forma de sostener lo que se había roto, de fijar en el papel aquello que la vida desordenaba. Más tarde vendrían las academias, las resistencias familiares, los estudios casi clandestinos en San Carlos y París. Pero el origen estaba ahí: en un niño solo y en la intuición –todavía sin nombre– de que trazar una línea era un modo de no perderse.

El tai chi chuan llegó como un nuevo aliento en 1973, después de un viaje a los Ángeles, Estados Unidos, donde conoció a su maestro James Wing Woo. Transformó su cuerpo y, sin anunciarlo, también su pintura. Cada gesto comenzó a moverse como energía contenida: lento, preciso, inevitable. Aprendió que todo es tránsito entre dos fuerzas: tensión y entrega. El pincel, como el cuerpo, busca equilibrio: un punto en que la energía cambia de forma y, por un instante, adquiere sentido.

El trazo se volvió respiración; el cuerpo, memoria. Amar–como pintar– ese breve acuerdo entre dos energías que se encuentran y, sin decirlo, se modifican mutuamente.

Raúl se piensa a sí mismo como una piedra en el zapato: algo que incomoda lo suficiente como para obligar al movimiento. No pertenece del todo a ninguna generación; habita el intermedio, como su pintura entre forma y ruptura, como el tai chi entre tensión y fluidez. Libre cuando pinta, cuando respira en el gesto, pero en la vida, a veces, esa libertad también se vuelve un lazo que conoce y debe apretar.