veces, los intereses y los temores políticos de los miembros de los congresos son excesivos. El qué dirán los pone a pensar; ¿pensar?, si es así partamos de los datos: el proyecto de reforma constitucional para la ley trasciende, que con tanta paciencia ha impulsado Samara Martínez, ha estado congelada por un tiempo sin fin y continúa sin aprobarse. Ciento 40 mil firmas apoyamos la iniciativa y las encuestas registran el acuerdo con la iniciativa de 70 por ciento de los mexicanos. No obstante, los poderes fácticos retrógrados continúan ganando la batalla contra “humanizar la muerte”, como lo refiere Samara.
Las señoras de la Vela Perpetua, o los señores Provida, como el fallecido, visceral y corrupto Jorge Serrano Limón, o el PAN, o las iglesias de fe cristiana, no se apartarán nunca de sus posturas tiránicas en los temas de la eutanasia y la muerte asistida. Tiránicas porque aspiran a que todos nos rijamos por sus creencias. A pesar de que la iniciativa de ley no propone obligaciones (de los que sufren), sino derechos: los ejercerían quienes deseen hacerlo, no es para todos. Una vez aprobada, los contrarios pueden hacerla a un lado. Un día, bajo condiciones bien establecidas, debiera hacerse extensivo ese derecho a quienes viven sufrimiento síquico permanente, sin que haya necesariamente dolor físico. Es miserable vivir la vida humana para quien no desea vivir.
¿Por qué los grupos referidos se oponen a dignificar el paso natural del fin de la vida de los humanos? Porque persiste la creencia en un dios todopoderoso que es el único que puede disponer de la vida y del alma de los humanos. Creyentes, ateos, agnósticos, saben que ese es el motivo.
Cada ser humano tiene un principio y un fin, del mismo modo que lo tiene todo ser vivo, sea una planta o un animal. Tener cualquier ente particular un inicio y un fin, es el modo de ser o existir de todos los procesos de transformación en que consiste el mundo, el universo. Tiene un principio y un final una frágil mariposa o la estrella más masiva. Los seres humanos somos seres limitados: no tenemos acceso a la comprensión profunda de los procesos del universo, aunque cada día sabemos un poco más, gracias a nuestra memoria y nuestro hábito de transferir a las generaciones siguientes nuestros conocimientos. Y no sólo somos conocimiento, también somos sentimientos y pasiones extremas. No es nada raro que las pasiones dominen a la razón. Y podemos sentir dolor físico y síquico, y también alegría y euforia. Y con ese bagaje resultó insoportable a los humanos no saber todo de la existencia, así que suplieron ignorancia por fe en un “creador”. Unos, aprendimos a decir “no sé”; otros, dicen Dios.
El creyente no ve procesos naturales. Ve seres animados. Es decir, ve seres que han sido dotados de un ánima, o alma, por un dios todopoderoso, único ser absoluto que dispone cuándo un humano morirá. ¡Qué problemáticas para la razón son esas afirmaciones! Lo son porque impregnaron el lenguaje hasta su raíz y su estructura, desde su origen. Esas creencias están en el lenguaje y no podemos expresarnos sino con ellas. Cuando decimos: “mi cuerpo”, está implicado ahí que no es el cuerpo el que lo expresa, sino un yo distinto de éste: un ánima, un alma que vive en él. “Claramente”, el alma se va del cuerpo cuando morimos.
Desde ese espacio mental dualista, donde hay cuerpos y hay almas, se produce la necesidad de un debe ser, una moralidad que convierte en un despiadado inmoral a quien quiere ayudar a otro ser humano a morir dignamente, sin la obligación de vivir inmensos sufrimientos físicos y síquicos.
En el mundo real, sin embargo, también existe quien toma en sus manos la decisión de dar esa ayuda, aunque no exista ley que lo respalde. Basta con tener los recursos necesarios. Quizá todos mis lectores sepan de alguien que debió tomar esa decisión. En 1994 yo tomé esa decisión para terminar con el sufrimiento largo y terrible que padecía mi padre, entonces ya anciano. Su altísima fiebre, su dolor, sus quejas a un tiempo intensas y rabiosas, noche y día, eran sin pausa. El dolor abarcaba a toda su familia. Hablé con cada uno sobre la decisión necesaria. Todos estuvieron de acuerdo. Pedí ayuda a los médicos del hospital donde estaba internado, pero se escandalizaron; dijeron que a ellos sólo correspondía alargar su vida. Mi respuesta fue simple: sólo estaban alargando su penosísima agonía. Contra la postura médica, pedí que lo desconectaran de todas sus intubaciones, y lo llevé a su casa, donde le dimos sólo sedantes paliativos. Murió dos días después. Cada caso es un caso y el modo de dar esa ayuda es distinta; pero todos los afligidos en ese grado la necesitan para morir dignamente.
Es llamativo: en México se dice que nos hablamos de tú con la muerte, pero no tenemos aún la ley necesaria. Sigamos cantando con Tomás Méndez: “Ven, dame un beso pelona, que ando huérfano de amores…; no le temo a la muerte, más le temo a la vida; cómo cuesta morirse, cuando el alma está herida”. Está bien, pero aprobemos ya la ley trasciende.











