l presidente Donald Trump bromeó ayer con la idea de postularse a la titularidad del Ejecutivo venezolano, dada la alta popularidad con la que cree contar en la nación caribeña. Por otra parte, en su enésimo ultimátum a Irán para que reabra a la navegación el estrecho de Ormuz, aseguró que “todo el país podría ser arrasado en una sola noche… y esa noche podría ser mañana mismo”.
Aunque sendas declaraciones parecen del todo distintas en tono, tema y contenido, comparten la característica de exhibir el acelerado deterioro mental que padece el magnate. Si el chiste sobre Venezuela es “únicamente” grotesco y de mal gusto, la amenaza contra Teherán resulta inquietante cuando la profiere alguien que ha admitido no sentirse restringido por ninguna ley y que además cuenta con los medios para cumplirla, al ser el comandante en jefe de las fuerzas armadas con el segundo mayor arsenal nuclear del planeta y con las mayores capacidades para el uso de dicho armamento.
Al peligro del propio Trump debe sumarse el de su secretario de Guerra, Pete Hegseth, quien muestra tanto o más desprecio por las normas y por las vidas humanas que su superior. El ex presentador de la cadena Fox y fundamentalista religioso no se ha limitado a llamar a los soldados a cometer crímenes de guerra y mostrar su obsesión enfermiza con la letalidad que, a su juicio, debe ser la primera cualidad de las fuerzas armadas estadunidenses. Además, ha removido a por lo menos una docena de altos mandos que disponían de una vasta experiencia y de una jerarquía de las que él carece; generales y almirantes con la autoridad para decirle al presidente por qué sus bravuconadas son una mala idea, tanto para el planeta como para el propio Estados Unidos. Sin el muro de contención de esos mandos, el mundo está a merced de dos personajes fanatizados, inescrupulosos y notoriamente inestables.
Para entender qué ha cambiado respecto al imperialismo estadunidense habitual, debe reconocerse que ningún presidente de Estados Unidos ha titubeado en ordenar la comisión de crímenes de guerra cuando considera que ello es necesario para alcanzar los objetivos geopolíticos de su gobierno o proteger los intereses de las grandes corporaciones de su país. Pero, hasta los más belicistas se han cuidado de justificar sus actos en nombre de la democracia, la justicia, la legalidad y el bien común. Asimismo, por lo menos desde el final de la Segunda Guerra Mundial, todos han mantenido una concienzuda separación entre sus discursos –institucionales, comedidos, apegados al derecho internacional– y las atrocidades que mandan o toleran, de tal modo que cuentan con pretextos plausibles para negar responsabilidad en las ejecuciones extrajudiciales, torturas, violaciones, masacres y otros crímenes perpetrados por sus tropas.
La ausencia total de este barniz institucional en Trump no puede tomarse como una mera cuestión de estilo: representa el colapso de los límites a un poder presidencial que ha desbarrado en la barbarie y el totalitarismo. Cabe esperar que las maltrechas ramas Legislativa y Judicial hallen la sensatez y la aptitud para conformar un contrapeso que ponga a salvo a la humanidad del peligro trumpiano, pues de otra manera la catástrofe inducida por el magnate pesará sobre muchas generaciones dentro y fuera de Estados Unidos.











