Opinión
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Sombra y nacimiento del rock
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n 2024 aparecieron sendos libros memoriosos del rock de dos escritores mexicanos que nacieron en los años 50 del siglo XX y crecieron casi sin querer en el caldo bullicioso de lo que hemos dado en llamar rock. Estos volúmenes no podrían ser más diferentes. El poeta, traductor y artista multidisciplinario Alberto Blanco (1951) emprende un riguroso, exhaustivo y oportuno ensayo de historia cultural, 1966: El año del nacimiento del rock (Reservoir Books, Penguin Random House, México, 279 pp.). O de dónde estábamos parados hace un poco más de medio siglo, si bien su abanico narrativo, que abre en 1963, va más atrás y, aunque lo cierra en 1969, inevitablemente viaja más acá.

En otro extremo, Sombras del rock forever (Trilce Ediciones, Colección Tristán Lecoq, México), del escritor y editor Carlos Mapes (1955), es fragmentario, aleatorio como los recuerdos, accidental e irreverente. No es ensayo, sino el montaje de casi 200 textos breves, a veces aforísticos, confesionales, descriptivos o delirantes, en torno a la música misma: rolas, voces, sonidos, anécdotas. En cierto modo, su intención es más literaria que el 1966 de Blanco, estructurado éste como una historia cultural con fuertes dosis testimoniales y arduo trabajo documental.

Escribir de rock, como de deportes y cine, exige una suerte de erudición inútil, chismográfica, anecdótica, fantasiosa. Resulta inescapable la banalidad intrínseca del dato, el nombre, la clave. “Todos seremos olvidados. Excepto los Beatles”, ironiza Mapes. Deliciosa trivia dirigida a contemporáneos y conocedores, y a las nuevas generaciones para que sepan de dónde viene el ruido musical que escuchan desde que nacieron e irradia en modas y gustos hasta el presente. Gracias a Blanco y Mapes encontramos nuevas ideas, hallazgos de interpretación, astucia literaria. En el caso del primero, documentación política y espiritual del periodo que actualiza y redondea nuestras lecturas anteriores.

La principal referencia de la escritura roquera en México es José Agustín, por supuesto. Fue el primero en sistematizar su pensamiento y sus alucines en la materia y, junto con Parménides García Saldaña, inauguró la onda de la literatura del rock en tu idioma. Ahora, con la disponibilidad ilimitada de música e información por medio de los servicios de paquetería para conseguir libros y grabaciones, con Internet y herramientas de búsqueda inimaginables en los años 60 y 70, las fuentes textuales y gráficas resultan inabarcables.

Desde las metrópolis se generó un nuevo tipo de periodismo, casi siempre trivial y sin rigor, pero también dio pie a todo un estimulante new journalism en revistas inteligentes, modernas y en cierto modo contestatarias en Nueva York, California y Londres, las capitales mundiales del Rock’n Roll Circus primordial. Las entrevistas podían ser magistrales (los entrevistados eran listos, agudos, desafiantes). Los cronistas tenían una materia prima excitante. Los historiadores se entusiasmaron, como Greil Marcus. Una conversación con Lennon, Zappa, Townshend o Dylan podía ofrecer la mejor lectura política del momento.

Existe una bibliografía gigantesca sobre el rock: biografías, enciclopedias, índices, reportajes, entrevistas, memorias. Sobre todo en inglés. De hecho, incidió profundamente en la literatura biográfica de tan alta prosapia en Gran Bretaña y la academia estadunidense. Los eruditos en Dylan, Beatles, Bowie y demás elevan el fandom a ciencia y arte, son imbatibles y saben de su asunto más que nadie. A estas alturas del milenio siguiente, qué añadir.

Parece imposible separar la experiencia personal de un asunto tan mundial y colectivo. Esa es la esencia, la magia del rock. Para cada uno es, fue, ha sido un asunto personal, pero también a escala multitudinaria. Alberto Blanco surca con su pericia de lobo de mar la vastedad de datos e interpretaciones, entretejiéndola con fragmentos de rolas y poemas con su huella. En Revolver y Like a Rolling Stone encuentra el momento bisagra, el parteaguas en un momento histórico-cultural irrepetible.

En su 1966 (¡hoy los años parecen números de carreteras!) confluyen las claves del autor, como poeta, como estudioso y practicante de la espiritualidad, como músico desde La Comuna (1969-1975) y Las Plumas Atómicas (1982-1985), como conocedor de la historia cultural de Occidente, como viajero, como lector de literatura. Enriquecen al libro las fantásticas ilustraciones de Luis Fernando, que fueron portadas de la revista zacatecana Dos filos, dirigida por José de Jesús Sampedro.

En su epílogo, Alberto cita a Donovan, con quien tuvo un encuentro en 2004: “La actitud liberal de los años 60 abrió muchas puertas a la percepción, no principalmente a través del uso de drogas que expanden la mente (aunque desempeñaron un buen papel), sino a través de la difusión deliberada de ideas y nuevas formas de ver que inundaron la cultura popular de esos años”.

Así como, palabras de Carlos Mapes, Hendrix “recorría todas nuestras emociones”, esa música de fin de siglo que cruzó con nosotros al nuevo milenio recorre historias, fiestas, desgracias y fantasías. Música fugaz que no termina.