Entre la soledad y el hastío, inquilinos se enteraron de que autoridades habilitan otro centro por el Mundial
Lunes 6 de abril de 2026, p. 30
No hay soledad más profunda que la compartida. De ello puede rendir testimonio gran parte de los 115 detenidos que el sábado pasado amanecieron en El Torito. Hacinados en el patio, sin suficientes bancas, cada uno estaba solo. Incomunicado, sin celular, ni siquiera agujetas en su calzado. Perdido en su propia resaca: la física y la moral.
Veinte horas de encierro, la menor sanción del alcoholímetro; 36, la mayor. Una extensión del viacrucis del Viernes Santo que se prolongó hasta el Sábado de Gloria. Por fortuna, para la inmensa mayoría quedaba de frente este Domingo de Resurrección, ya en libertad.
Fue un día interminable. A las 6 de la mañana los custodios sacaron a los internos de los dormitorios para hacer honores a la bandera. A partir de ese momento, el tiempo se volvió plomizo. No parecía transcurrir. Los minutos se estiraban como chicle. Algunos incluso podrían jurar que llevaban una semana. Hubo quien perdió la noción del todo.
Un ingobernable sueño prevalecía entre toda esa multitud. Pareciera que parte de la pena consistiese en impedir que los detenidos se recuesten a dormir. Más tardaba alguno en hacerlo que uno de los custodios en pedirle que se levantase. Las 7 de la mañana marcó la primera de las tres colaciones del día. Entre plato y plato, un sicólogo habló por más de tres horas. Acaso lo que más llamó la atención fue cuando contó de forma extraoficial que el gobierno de la capital mexicana alista un segundo Torito de cara a la próxima Copa Mundial de Futbol en nuestro país, sin dar más pormenores.
Entre tanta soledad y hastío compartido, “el cotorreo” salvaba la aridez del momento. Ahí estaba don Genaro, un taxista, refiriendo cómo su hijo le advirtió premonitoriamente la mañana del viernes que tuviera cuidado porque el operativo del alcoholímetro “estaba bien perro”. Ni hablar, el áspero calor de ese mediodía pudo más y debió ser aliviado con varias cervezas. Un desafortunado encuentro con un puesto de control y lo siguiente es historia sabida.
“Le voy a decir a mi vieja que me agarraron por orinar en la calle, en fin, que tengo diabetes. Si le digo que fue por borracho, no me la acabo”, refirió entre risas.
Y así llegó la noche y el momento de ingresar a los mentados dormitorios. Cuerpo sobre cuerpo, aliento contra aliento, ronquidos mezclados con quejidos, charlas y carcajadas, entre olores acres y ansias de libertad. “No es de Dios que nos hagan esto en Semana Santa”, filosofó uno que apenas comenzaba sus 36 horas de detención.











