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Tendencias energéticas: la séptima
D

igámoslo de nuevo. Hay una innovación decisiva para el futuro inmediato de los sistemas eléctricos. Los nuevos sistemas de almacenamiento. ¡Pero cuidado! Por sí mismos no constituyen la solución integral a los problemas de seguridad, confiabilidad, transición y descarbonización. Son, sin duda, piezas estratégicas de un nuevo arreglo técnico, territorial, social y regulatorio de los sistemas eléctricos. Sí, los mismos que deben suministrar electricidad, para lo cual deben garantizar en cada instante el equilibrio entre consumo y suministro, pero con estabilidad de frecuencia, control de tensión y capacidad de respuesta ante contingencias. Sí, con calidad y continuidad de este servicio público esencial. El desafío se vuelve mayor en una etapa histórica en la que –con toda razón– aumentan la generación solar y la eólica, por lo demás intermitentes y volátiles. Cuidado: no podemos culpar a las energías renovables de nuevos problemas, pero tampoco ocultarlos. Son fuentes indispensables de una descarbonización creciente. Incluso –echo mi cuarto a bastos, diría el querido Eliezer Morales– condición de ingreso a un proceso virtuoso de disminución de costos y de modificación radical del 83/17 por ciento de participaciones fósil y limpia, respectivamente, en el mundo actual. Aunque –reconozcámoslo– su incorporación masiva exige nuevas condiciones de operación. Sí, mayor flexibilidad, mejores servicios conexos, redes más robustas, nuevos esquemas de control, capacidades de respaldo y rampeo, marcos regulatorios más avanzados. Pero también –no lo ignoremos– formas crecientemente justas de participación y corresponsabilidad de las localidades poseedoras de esos recursos naturales, sol, viento, vapor endógeno, agua, biocombustibles. Sí, es cierto, en esta nueva arquitectura social e institucional, el almacenamiento en sus casi 12 formas en desarrollo cumplirá una función irrenunciable. Al menos una decena de países ya lo han aceptado con todas sus consecuencias. Sencillas y complejas. Técnicas y regulatorias. Ambientales y sociales. En los renovados y nuevos sistemas eléctricos el almacenamiento ocupa un lugar central, aunque no exclusivo. Según la tecnología, prestará múltiples e invaluables servicios. Corregir desviaciones de frecuencia con modificación automática o instruida de potencia. Contribuir al soporte de tensión y al suministro o absorción de potencia reactiva. Responder en forma muy rápida ante disturbios severos de frecuencia. Variar su potencia aceleradamente para acompañar cambios bruscos de demanda o de generación renovable. Absorber energía cuando haya abundancia y entregarla cuando se requiera. Acreditar potencia y duración útiles para periodos críticos. Mantener capacidad reservada para contingencias. Apoyar la restauración del sistema después de una falla mayor. Responder ante fenómenos extremos, huracanes, incendios, heladas, olas de calor o sismos. Aliviar flujos críticos de red. Y, entre otros, posponer ciertas inversiones en líneas, subestaciones, circuitos o alimentadores. ¡Pero seamos rigurosos, exigen nuestros especialistas! No todos esos servicios son iguales. Algunos involucran rapidez de respuesta y potencia instantánea. Otros duración y parsimonia. Unos son más sistémicos que otros. Otros exigen interacción cuidadosa con la red, con los esquemas de despacho o con los servicios de restauración. No toda tecnología de almacenamiento sirve para todo, ni en la misma medida. Baterías electroquímicas, embalses reversibles, baterías de aire comprimido, de hidrógeno, volantes de inercia, supercapacitores, entre otros, pueden complementarse pero no sustituirse. Sí, el almacenamiento no puede analizarse aislado de otras innovaciones, como los inversores formadores de red, capaces de contribuir a la estabilidad de frecuencia y tensión en sistemas con alta penetración de recursos basados en electrónica de potencia. También los condensadores síncronos, cuya importancia conviene recordar, pues proporcionan inercia, potencia de cortocircuito y soporte de tensión. Y ahí están, desde luego, las nuevas tecnologías de transmisión, control, digitalización y coordinación operativa. Y las redes inteligentes de distribución. Todo ello forma parte de la misma transformación. Y exige técnicos y profesionistas comprometidos con ello. Respaldados por una nación que los valora y los aprecia. Para que nos conduzcan a esa transición anhelada, con entusiasmo, astucia y prudencia. Siempre en un marco de justicia energética ineludible. Y justicia laboral, sin duda. De veras.