Opinión
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Días de observar
E

scribe Enrique Quintana que “hay momentos en los que un país entero parece mirarse al espejo con tal intensidad que deja de ver lo que ocurre a su alrededor. México vive uno de esos momentos. La conversación pública gira sobre sí misma (…) México no está fuera de la ecuación global, aunque a veces se comporte como si pudiera vivir al margen de ella (…)” (Enrique Quintana, ¿Somos el ombligo del mundo?, El Financiero, 31/3/26 ).

Tiene razón Enrique al apuntar el vicio mayor de nuestra conversación del presente: negar la complejidad del mundo y hacer caso omiso de la lección cotidiana de la globalidad: fronteras hay y no parece factible borrarlas con una reiterada afirmación de lo que entendemos por “soberanía”. El discurso que a veces emana de los corredores de Palacio se vacía de contenido y es de temerse que su insistente emisión se haya vuelto motivo de broma cruel en los otros corredores, donde busca tejerse y dar sentido al mundo desarticulado de hoy.

Este empecinamiento en eludir la realidad y olvidarnos de sus ominosas perspectivas nos lleva a negar y renegar de lo obvio: que el contexto actual impuesto por el gobierno de Estados Unidos de América nos presenta como una economía política dominada por el estancamiento y una elevada y aguda concentración de ingresos y riqueza que, a su vez, bloquea el crecimiento futuro que todos, o casi todos, decimos querer y que por ello será diferente y menos cruel que el que ha definido nuestro presente “continuo” en lo que va del siglo. Junto a este fardo del no crecimiento se ha impuesto una persistente desatención de los derechos sociales que contradice los logros micro redistributivos del ingreso y nos deposita en una perenne desarticulación productiva y regional.

No es cuestión de reinventar fórmulas que nos saquen de este atolladero, pero sí de reconocer que nos llegó la hora de un balance descarnado de la coyuntura y de hacer cuentas sobre nuestra efectiva disposición a cambiar el rumbo y de imponernos un giro en la visión y la conducción del Estado. Sin ello, se repetirá la desalmada conseja: “la neta, no hay futuro”.

Vivimos ante un complejo escenario que no regala paciencia, que nos pone de cara a la violencia más destructiva imaginable la cual, además, sigue marcada por la gran variable demográfica de la migración masiva y una caída en los desempeños poblacionales de algunas de las naciones-territorios que se disputan el liderazgo posglobal y la rescritura de las reglas para sobrevivir este mundo, sin duda nuevo, pero a más de cruel e implacable en la imposición de sus designios, vistos y entendidos como nuevos “Destinos Manifiestos”.

Por lo pronto, asumamos que las cifras del crecimiento inmediato presentadas por Hacienda no pueden satisfacer a nadie; que regodearnos en un desempeño tan insatisfactorio, desde el punto de vista de las necesidades de la sociedad, no sirve ni como resignación prepotente para gobernantes y gobernados.

Más allá de esta pasividad corrosiva, una recuperación de nuestro “Espíritu público” tiene que implicar, sin remilgos, la construcción de un pacto social como plataforma de un crecimiento económico con capacidades redistributivas y conducido a sentar las bases de una reproducción ampliada del conjunto de la formación social. La interdependencia abandonada en la apuesta por el libre comercio incondicional e incondicionado tiene que rencontrarse, especialmente en el proceso de inversión e innovación que ha quedado trunco y que Trump y sus piratas no nos van a conceder.

Auspiciar una suerte de renacimiento de nuestra idea del desarrollo tiene que volverse nuestra tarea mayor, entendida como reconstrucción nacional, del Estado y de su aturdida economía política.

Por lo pronto, generosas Pascuas.