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Puro futbol. Historias del juego más bonito del mundo
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Periódico La Jornada
Domingo 5 de abril de 2026, p. a12

Siglo XXI Editores pone en circulación Puro futbol. Historias del juego más bonito del mundo, antología de Eduardo Galeano (1940-2015) con ilustraciones de Noé Garin. A partir de textos de El futbol a sol y sombra, el autor uruguayo recorre la historia del balompié desde sus orígenes hasta su conversión en espectáculo global, entre la épica y la crítica, donde conviven la belleza, la memoria y la denuncia de su mercantilización. Con autorización del sello, reproducimos un fragmento de la obra.

Los orígenes

En el fútbol, como en casi todo lo demás, los primeros fueron los chinos. Hace cinco mil años, los malabaristas chinos bailaban la pelota con los pies, y fue en China donde tiempo después se organizaron los primeros juegos. La valla estaba al centro y los jugadores evitaban, sin usar las manos, que la pelota tocara el suelo. De dinastía en dinastía continuó la costumbre, como se ve en algunos relieves de monumentos anteriores a Cristo y también en algunos grabados posteriores, que muestran a los chinos de la dinastía Ming jugando con una pelota que parece de Adidas.

Se sabe que en tiempos antiguos los egipcios y los japoneses se divertían pateando la pelota. En el mármol de una tumba griega de cinco siglos antes de Cristo, aparece un hombre peloteando con la rodilla. En las comedias de Antífanes, hay expresiones reveladoras: pelota larga, pase corto, pelota adelantada... Dicen que el emperador Julio César era bastante bueno con las dos piernas, y que Nerón no embocaba una: en todo caso, no hay duda de que los romanos jugaban algo bastante parecido al fútbol mientras Jesús y sus apóstoles morían crucificados.

En los pies de los legionarios romanos, llegó la novedad a las islas británicas. Siglos después, en 1314, el rey Eduardo II estampó su sello en una real cédula que condenaba este juego plebeyo y alborotador, “estas escaramuzas alrededor de pelotas de gran tamaño, de las que resultan muchos males que Dios no permita”. El fútbol, que ya se llamaba así, dejaba un tendal de víctimas. Se disputaba en montoneras, y no había límite de jugadores ni de tiempo ni de nada. Un pueblo entero pateaba la pelota contra otro pueblo, empujándola a patadas y a puñetazos hacia la meta, que por entonces era una lejana rueda de molino. Los partidos se extendían a lo largo de varias leguas, durante varios días, a costa de varias vidas. Los reyes prohibían estos lances sangrientos: en 1349, Eduardo III incluyó al fútbol entre los juegos “estúpidos y de ninguna utilidad”, y hay edictos contra el fútbol firmados por Enrique IV en 1410 y Enrique VI en 1447. Cuanto más lo prohibían, más se jugaba, lo que no hacía más que confirmar el poder estimulante de las prohibiciones.

En 1592, en su Comedia de los errores, Shakespeare recurrió al fútbol para formular la queja de un personaje: “–Ruedo para vos de tal manera... ¿Me habéis tomado por pelota de fútbol? Vos me pateáis hacia allá, y él me patea hacia acá. Si he de durar en este servicio, debéis forrarme de cuero”. Y unos años después, en Rey Lear, el conde de Kent insultaba así: “–Tú, ¡despreciable jugador de fútbol!”.

En Florencia, el fútbol se llamaba calcio, como se llama todavía en toda Italia. Leonardo da Vinci era hincha fervoroso y Maquiavelo, jugador practicante. Participaban equipos de 27 hombres, distribuidos en tres líneas, que podían usar manos y pies para golpear la pelota y para despanzurrar adversarios. Una multitud acudía a los partidos, que se celebraban en las plazas más amplias y sobre las aguas congeladas del Arno. Lejos de Florencia, en los jardines del Vaticano, los papas Clemente VII, León IX y Urbano VIII solían arremangarse las vestiduras para jugar al calcio.

En México y en América Central, la pelota de caucho era el sol de una ceremonia sagrada desde unos mil quinientos años antes de Cristo; pero no se sabe desde cuándo se juega al fútbol en muchos lugares de América. Según los indios de la selva amazónica de Bolivia, tiene orígenes remotos la tradición que los lleva a correr tras una bola de goma maciza, para meterla entre dos palos sin hacer uso de las manos. En el siglo XVIII, un sacerdote español describió así, desde las misiones jesuitas del Alto Paraná, una antigua costumbre de los guaraníes: “No lanzan la pelota con la mano, como nosotros, sino con la parte superior del pie descalzo”. Entre los indios de México y América Central la pelota se golpeaba generalmente con la cadera o con el antebrazo, aunque las pinturas de Teotihuacan y de Chichén Itzá revelan que en ciertos juegos se pateaba la pelota con el pie y con la rodilla.

El juego de pelota

Hernán Cortés lanzó la pelota al suelo. Y así el emperador Carlos y sus numerosos cortesanos asistieron a un prodigio jamás visto: la pelota rebotó y voló por los aires. Europa no conocía esa pelota mágica, pero en México y en Centroamérica se usaba el caucho, desde siempre, y el juego de pelota tenía más de tres mil años de edad. En el juego, ceremonia sagrada, combatían los trece cielos de arriba contra los nueve mundos de abajo, y la pelota, brincona, volandera, iba y venía entre la luz y la oscuridad.

La muerte era la recompensa del triunfador. El que vencía moría. Él se ofrecía a los dioses, para que no se apagara el sol en el cielo y siguiera lloviendo la lluvia sobre la tierra.

Las reglas del juego

En su forma moderna, el fútbol proviene de un acuerdo de caballeros que doce clubes ingleses sellaron en el otoño de 1863, en una taberna de Londres. Los clubes hicieron suyas las reglas que en 1846 había establecido la Universidad de Cambridge. En Cambridge, el fútbol se había divorciado del rugby: se prohibía llevar la pelota con las manos, aunque se permitía tocarla, y se prohibían las patadas al adversario. “Los puntapiés solo deben dirigirse hacia la pelota”, advertía una de las reglas: un siglo y medio después, todavía hay jugadores que confunden a la pelota con el cráneo del rival, por su forma parecida.

El acuerdo de Londres no limitaba el número de jugadores, ni la extensión del campo, ni la altura del arco, ni la duración de los partidos. Los partidos duraban dos o tres horas, y sus protagonistas charlaban y fumaban cuando la pelota volaba lejos. Ya existía, eso sí, el fuera de juego. Era desleal meter goles a espaldas del adversario.