Domingo 5 de abril de 2026, p. 5
La complicidad creativa entre la dramaturga Maribel Carrasco y el director escénico Diego Montero se reconoce en una coincidencia poco estridente: ambos entienden el teatro como un espacio donde las preguntas importan más que las certezas.
De ese diálogo surge Los cuervos no se peinan, montaje producido por Córvido Teatro, que inició temporada con una función para prensa e invitados especiales ayer en el Teatro El Granero Xavier Rojas del Centro Cultural del Bosque.
Diana Becerril y Alicia González, en alternancia, junto con el propio Montero, sostienen un trabajo dirigido a infancias, aunque con ecos que se extienden hacia públicos diversos.
El texto, tejido con imágenes vivas y metáforas que se deslizan sin fijarse, encuentra en la dirección una traducción concreta. El director apuesta por despojar, reducir, concentrar.
“Había que llevar esa potencia a pequeñas acciones, que el significado respirara en el cuerpo”, explicó en entrevista con La Jornada. “Con pocos elementos buscamos ir al centro de lo que la obra propone: un territorio de resonancias entre lo poético y lo corporal”. Así, la palabra deja de ser sólo sonido y adquiere forma: se encarna, se desplaza, cambia frente a quien mira.
La historia parte de un encuentro improbable: una mujer que desea ser madre y un cuervo sin un origen claro. A partir de ahí, ambos ensayan una forma de convivencia que se define en lo cotidiano. Surgen miradas que señalan, tensiones que incomodan, dudas que pesan; aparece también el afecto como una elección que se sostiene.
Lejos de cualquier moraleja, la historia se mueve en la incertidumbre. “Nunca partimos del juicio, sino del encuentro entre dos seres vivos”, subrayó Montero.
En ese cruce, la diferencia activa el vínculo y abre preguntas: ¿cómo se construye una relación cuando no hay referentes?, ¿qué significa pertenecer?, ¿desde dónde se configura una identidad cuando el origen es difuso? “Hacemos teatro para generar preguntas, no para dar respuestas”, añadió. La intención es abrir ese campo al espectador, no clausurarlo.
La puesta en escena se construye desde lo esencial. Una banca, dos bufandas y un gorro bastan para detonar múltiples situaciones. El resto sucede en el cuerpo: una mano deviene personaje, un cambio de voz desplaza la acción, un gesto modifica el espacio.
Más que simplificar, la propuesta confía en la capacidad de quien observa para completar el sentido. “El cuerpo tiene todas las posibilidades de contarlo todo”, afirmó el director.
A esa economía se suman la música original de Julio Infante y un diseño de iluminación que acompaña con precisión y traza atmósferas sin imponerse. El resultado es un lenguaje lúdico que acerca la complejidad sin diluirla.
Desde su origen en 2017, la obra ha encontrado un público que rebasa la etiqueta de edad. Parte de su fuerza radica en esa posibilidad de desplazarse entre distintas miradas sin fragmentarse. Está pensada para jóvenes audiencias, pero también para quien decide conservar la capacidad de asombro.
La alternancia entre Becerril y González introduce variaciones en el relato. Montero no busca uniformidad, sino que cada intérprete construya su propia versión, lo que mantiene viva la experiencia y amplía sus lecturas.
“Seguimos generándonos preguntas sobre cómo relacionarnos con el otro. ¿Qué maneras hay para vincularse con alguien distinto, incluso fuera de nuestra propia especie?”, concluyó el director.
Los cuervos no se peinan tendrá funciones los sábados y domingos a las 12:30 horas en el Teatro El Granero Xavier Rojas del Centro Cultural del Bosque (Paseo de la Reforma y Campo Marte). Los boletos cuestan 150 pesos para adultos y 80 pesos para niños. Se recomienda para público a partir de los 5 años. Concluirá el 10 de mayo.











