Opinión
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Sin proyecto y sin conducción
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éxico no está en crisis, pero tampoco está creciendo. Y eso, en este momento del mundo, no es estabilidad: es rezago. Llevamos dos décadas con bajo crecimiento y productividad estancada. No es un problema reciente ni coyuntural, es una trayectoria larga. El propio informe reciente de la OCDE lo confirma: el crecimiento del ingreso por habitante ha sido persistentemente débil y no se espera que cambie en el corto plazo.

El problema no es el diagnóstico, sino la ausencia de una estrategia. México se ha acostumbrado a una economía que no colapsa, pero tampoco avanza, a una estabilidad sin transformación. Esa inercia sería manejable en otro contexto, pero hoy no lo es. El mundo está cambiando con rapidez. Las cadenas productivas se reorganizan, la competencia tecnológica se intensifica y la geopolítica vuelve a ser determinante. En estos momentos, los países que tienen dirección se reposicionan; los que no, se rezagan.

Aquí no hay dirección. La política económica se mueve sin articulación. Se anuncian prioridades que no se conectan, se corrigen decisiones sobre la marcha y se responde al corto plazo sin una idea clara de hacia dónde ir. La incertidumbre ha aumentado y ya está afectando la inversión y el crecimiento. Esto no es casualidad, es el resultado de esa carencia.

A esto se suma un problema más de fondo: la capacidad del equipo encargado de conducir la política económica y la acción internacional es insuficiente para un momento como éste. Falta experiencia para entender el entorno, falta capacidad para traducir diagnósticos en decisiones y falta consistencia para sostenerlas. Así no se construye una trayectoria, se administra el día a día.

Esto se refleja con claridad en la relación con Estados Unidos. Durante décadas, México organizó su economía alrededor de ese vínculo. Funcionó en su momento, pero hoy es una restricción. La concentración de exportaciones hacia ese mercado limita el margen de maniobra y vuelve a la economía vulnerable a decisiones externas. Se habla de diversificar, pero no se hace. Y no se hace porque no es sólo un problema económico, sino político.

Estados Unidos no está dispuesto a que México se acerque a otras potencias en áreas estratégicas. Pero el problema no es sólo externo. El gobierno mexicano tampoco está dispuesto a asumir el costo de una mayor autonomía. Evita tensionar la relación y, al mismo tiempo, evita impulsar una política industrial que afecte intereses establecidos, particularmente de las grandes empresas trasnacionales. Así, la restricción externa y la falta de decisión interna se refuerzan mutuamente.

Sin estrategia propia, la política económica y la política exterior terminan reducidas a adaptación. No hay conducción, hay ajuste; no hay dirección, hay cautela. México actúa dentro de límites que no cuestiona. Y cuando eso ocurre, la dependencia deja de ser una condición y se convierte en una forma de gobierno.

Ha pasado ya una cuarta parte del sexenio. Ése es el tiempo en el que un gobierno define su rumbo. Aquí no ocurrió: lo que hay es inercia. Y la inercia, en una economía estancada, no es neutral: profundiza el rezago y reduce las posibilidades futuras de desarrollo.

México enfrenta hoy una situación clara: estabilidad sin crecimiento, diagnóstico sin estrategia y gobierno sin conducción. No faltan ideas: falta quien las articule y esté dispuesto a sostenerlas. Sin proyecto y sin conducción, el tiempo deja de ser oportunidad. Y lo que hoy es rezago, mañana será irreversibilidad.