ste 2 de febrero, el gobierno de Estados Unidos publicó un comunicado en el que se vanagloriaba por la guerra contra México con la que nos despojó de más de la mitad de nuestro territorio. Trump calificó esa guerra de “una victoria legendaria” que ratificaba el Destino Manifiesto: “Nuestra nación estaba destinada por la divina providencia a expandirse hasta las doradas costas del océano Pacífico…”
El comunicado reproduce la versión oficial de la historiografía estadunidense que ha tergiversado lo que realmente ocurrió. Trump repite que tropas mexicanas emboscaron a soldados estadunidenses en el río Grande, como llaman ellos al río Bravo, por lo que el presidente James Polk tuvo que actuar para defender la seguridad, la dignidad y la soberanía estadunidense declarando la guerra a México.
Aunque una personalidad como la de Donald Trump no debería ya sorprendernos, es difícil entender cuál es su objetivo con un comunicado que ofende y lastima a nuestro país, así como el infame mensaje racista que publicó en su red social días después burlándose de Barack y Michelle Obama, pero esto es motivo de otra reflexión.
Conviene recordar el antecedente directo de la guerra en la que perdimos más de la mitad de nuestro territorio: el despojo de Texas.
Una constante en la historia de Estados Unidos es la expansión territorial. Desde sus orígenes, los grupos anglosajones que llegaron al noroeste del continente americano se asentaron y extendieron sus dominios mediante la ocupación, la compra, la guerra y el despojo de tierras que no eran suyas. Infinidad de pueblos indígenas fueron desplazados, muchos de ellos aniquilados, de los lugares en los que vivían desde siglos atrás. Otros territorios habían sido conquistados y colonizados por España, Portugal, Inglaterra, Holanda, que habían llegado antes que los estadunidenses, aunque habían seguido el mismo patrón de despojo de los territorios indígenas.
Una vez que las 13 colonias anglosajonas se independizaron de Inglaterra en 1776, su ambición por expandirse al sur, al oeste y al norte se exacerbó. La nueva nación inició su expansión al noroeste del río Ohio. Tan sólo entre 1795 y 1809 se apoderaron de 20 millones de hectáreas indígenas. Surgieron así los estados de Ohio, Michigan, Indiana e Illinois.
Con el presidente Thomas Jefferson, la expansión territorial se convirtió en una política de Estado. Jefferson aprovechó una coyuntura internacional favorable, pues las guerras europeas de Napoleón Bonaparte hacían apremiante conseguir recursos para financiarlas y porque la defensa de las colonias americanas de Francia era cada vez más difícil. Así, en 1803, Napoleón ofreció vender a Estados Unidos la Luisiana, un vasto territorio que duplicaba la superficie de la Unión Americana, cuya frontera norte lindaba con Canadá y en el sur llegaba hasta el Golfo de México. Por ese territorio corría el caudaloso río Misisipi, estratégico para el comercio fluvial, y estaba la ciudad de Nueva Orleans, que se convirtió en el segundo puerto más importante de la joven nación.
La compra de la Luisiana significó un vuelco en la historia de ese país. Atrajo a miles de colonos, amplió y diversificó su economía y avivó la ambición por apoderarse de los territorios al sur y al oeste pertenecientes al imperio español. Jefferson fue el mandatario que alentó el expansionismo estadunidense, creó una mística de conquista y apropiación de los territorios en manos de indígenas y novohispanos, promovió la colonización y fijó los límites que debían alcanzarse: por el sur, hasta el río Bravo; por el oeste, hasta el litoral del Pacífico; por el Atlántico, Cuba y Puerto Rico.
El segundo presidente, John Adams, expresó sin pudor en 1804 ese propósito expansionista: “La gente de Kentucky está llena de ansias de empresa, y aunque no es pobre, siente la misma avidez de saqueo que dominó a los romanos en sus mejores tiempos. México centellea ante nuestros ojos. Lo único que esperamos es ser dueños del mundo”.
Y en efecto, los estadunidenses iniciaron lo que años más tarde sería el Destino Manifiesto: invadieron la Florida Occidental entre 1810 y 1814. En plena guerra de Independencia de México, trataron de sacar provecho de la inestabilidad ocasionada por la lucha entre insurgentes y realistas, y plantearon al monarca español Fernando VII la adquisición de la Florida Oriental. En 1819, la corona española cedió y los estadunidenses ocuparon completa la península de Florida. Fernando VII pensó que con eso aplacaría su espíritu expansionista y que abandonarían su deseo de quedarse con Texas.
Muy pronto, la nueva nación mexicana se dio cuenta de que los estadunidenses no olvidaron esas pretensiones. Durante la década de 1820 y los primeros años de la siguiente, los miles de colonos que ocuparon Texas se empeñaron afanosamente en lograr la independencia texana. La estrategia fue similar a la empleada en la Florida: ocupar el territorio, invadiéndolo con miles de familias, obtener concesiones de tierras, reclamar derechos que no existían, promover la sublevación de los residentes y dar un ultimátum: la cesión territorial por compra o la guerra.
Los gobiernos mexicanos, en la inestabilidad política y la bancarrota financiera, fueron incapaces de aumentar la colonización de Texas y controlarla militarmente. Entretanto, aumentó el arribo de familias anglosajonas que prometían respetar las leyes y la autoridad del gobierno mexicano. En todos los territorios anexionados por Estados Unidos desde la adquisición de la Luisiana, la esclavitud de los afrodescendientes era la columna vertebral de su economía. Por eso, la abolición de la esclavitud, una de las mayores conquistas de nuestra Independencia, fue rechazada por los colonos texanos y fue una de las causas que alentaron la separación.
* Director del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México











