l teatro de vanguardia ha entrañado siempre la crítica. Crítica de leyes y costumbres opresoras, secretos criminales, mentiras despiadadas, inercias formales y narrativas artísticas luidas, sentidos distorsionados, hechos infames.
En un par de volúmenes, la Universidad Autónoma de Nuevo León acaba de publicar 14 textos de la dramaturgia de Xavier Araiza, autor tamaulipeco formado y radicado en la conservadora ciudad norteña de Monterrey. Para lo que es el clima cultural del Monterrey metropolitano, la presencia anémica de la izquierda y su opuesto, una derecha poderosa, Dramaturgia 1973-2023 representa un audaz hito editorial de esa institución pública.
Las obras en las que Araiza se perfiló como dramaturgo guiado por la crítica coincidieron temporalmente con la aparición del neoliberalismo, la etapa más agresiva y destructiva del régimen capitalista.
Así que, mientras la crítica era expulsada del ámbito público, se perdía el impulso cultural de las dos décadas precedentes a esa burda imposición llamada “consenso de Washington” y el Festival Nacional de Teatro dejaba de tener por sede a Monterrey, la obra de Araiza se alzaba pertinaz, coherente, anticapitalista y antiautoritaria. Para quien no la conoce, le sorprenderá el primitivismo del poder autocrático: el de ayer y el de hoy, el de un cacicazgo o el de un reino. Se lo haya en las expresiones de un rector de la universidad pública de Nuevo León ( La peligrosa aventura de Rectorrr y sus amigos) o en las del ex rey Juan Carlos ( Pleito entre Hugo Chávez y el rey de España). Hoy estas expresiones son cotidianas en Donald Trump, actual presidente y supratirano de Estados Unidos.
No hay arte con mayor carga pedagógica que el teatro. Araiza fue consciente de esta cualidad desde sus primeras obras, y se entregó a la necesidad de cobrar dominio dramatúrgico y escénico. Montó obras de talla universal ( A puerta cerrada, de Jean-Paul Sartre o Marx en el Soho, de Howard Zinn), instaló un pequeño espacio (el Theatron) para desarrollar sus representaciones y como autor se erigió en inevitable referencia de la dramaturgia local.
Con ese bagaje disputó, sin competencia por décadas, el plano ideológico, y no sólo en el teatro. En el brillante prólogo a la edición de las obras de Araiza, escrito por Fernando Buen Abad, leemos: “Si pretende sobrevivir a su tiempo, la dramaturgia debe ser entendida como un trabajo que disputa sentido en terrenos múltiples y con mil batallas en simultáneo”. Algunas de esas batallas tienen hoy su correlato entre el poder económico, político y militar del capitalismo hegemónico y la resistencia de los pueblos que luchan por librarse de la tutela y la rapacidad del viejo y nuevo coloniaje de occidente.
De Pleito entre Hugo Chávez y el rey de España (2016):
–¿Por qué no te callas, Hugo Chávez?
–…
–Digo la verdad: Aznar es un franquista, un fascista que participó apoyando a la oligarquía de mi país en el intento de golpe de Estado en mi contra, en el año 2002… Mi nombre lo usarán en la propaganda negra y los derechistas e ignorantes… repetirán hasta la náusea que soy el causante de la crisis venezolana, y que la profundizará Maduro… ¿Y la intervención gringa y la de la ultraderecha de mi país que se disfraza de demócrata no cuentan, mi rey?
–¡Coño! ¿Por qué no te callas de una puta vez?
–Tú no me callas, rey, ¿piensas acaso que soy tu vasallo?... No, rey, vete a callar a tus súbditos.
La amalgama del poeta y el profeta fija el sentido preciso de esa polémica sostenida en la 17 Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado en Santiago de Chile (10/11/2007): la infame antigualla dicotómica de civilización cristiana colonizadora/barbarie idólatra conquistada.
En otras obras, si bien instalada la disputa en la dimensión puramente ideológica ( Un intelectual en el diván del doctor Freud), de esa amalgama resulta la resignificación del llamado estado de memoria. El perfil del intelectual es el de Enrique Krauze, que cuenta entre sus iniciativas la de la Operación Berlín. El estado de memoria adquiere, en el escenario, la condición de alerta permanente.
Un día, desde la derecha llegó la respuesta. Uno de los grandes empresarios de Nuevo León y ex gobernador de este estado empezó a escribir piezas de teatro. Ya durante su mandato, Fernando Canales Clariond le mandó hacer su teatro a una comediante de humor chabacano (Teatro Nena Delgado). Después, él escribió varias obras. En El Foro de São Paulo instrumentaliza ideológicamente al teatro para hacer la crítica de la tendencia en América Latina que se expresa en las dos primeras décadas del siglo en gobiernos progresistas o de izquierda, específicamente se dirige al de Morena.
En términos numéricos, el público de Canales resulta, sin duda, más amplio que el de Araiza. Por varias razones, el de Canales es un público radicado en el corazón de la oligarquía regiomontana: el municipio de San Pedro. Lo mueve un muy acusado carácter de clase y su capacidad de consumo es mucho más alta que la del público de Araiza. Por lo demás, en Nuevo León es evidente la pobreza cultural y política de la izquierda.
Entre las obras de Araiza destaca una: La fiesta de los filósofos o el cumpleaños del Marqués de Sade. En ella, Araiza juega con grandes figuras de la filosofía: el propio Sade, Nietzsche, Marx, Freud, Sartre, Beauvoir. Ofrece gran dificultad intelectual y técnica, por lo que, acaso, aún no ha sido puesta en escena.











