Opinión
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Lectura y globalización, de Carlos Monsiváis
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n una entrevista con Javier Aranda Lunas, Carlos Monsiváis aseveró: “yo no me considero otra cosa sino un lector y un espectador profesional” (https://www.jornada.com.mx/ultimas/cultura/2020/06/19/las-herencias-ocultas-de-monsivais-6154.html). La frase describe certeramente al personaje, quien desde su infancia cultivó el oficio lector, ése que le habilitó para mirarse y mirar a otro(a)s.

En la Feria Internacional del Libro de Bogotá (abril de 2004), Carlos Monsiváis dio la conferencia Lectura y globalización. Elogio (innecesario) de los libros. En su exposición, el autor desarrolló su relación con los libros, los desafíos para ejercer la lectura en un contexto donde las redes sociales popularizaban los mensajes cortos y fugaces, así como el papel de las instituciones educativas y culturales públicas para estimular/facilitar un hábito profundamente personal, pero de hondas repercusiones sociales. El texto de Monsiváis verá la luz como pequeño libro gracias al patrocinio de la Librería Papiro 52, la que obsequiará una parte del tiraje en la celebración de su octavo aniversario. Cabe mencionar que la impresión del volumen cuenta con el permiso de Rubén Sánchez Monsiváis, quien posee los derechos de la extensa obra de Carlos.

Carlos Monsiváis ya sabía leer cuando ingresó a la escuela primaria. A la par de la Biblia, en la traducción de Casiodoro de Reina (1569), revisada por Cipriano de Valera (1602), y en la edición de 1909, en su niñez, el futuro escritor leyó La Odisea, luego Ilíada, en esas ediciones preciosas (de la Biblioteca Billiken), continuó con biografías, como las de Abraham Lincoln, Benito Juárez, José de San Martín y Simón Bolívar, entre otras […] “Llegué a los 12 años como un lector ya consumado; habiendo adquirido además, en el tránsito, la pasión por la novela policiaca, muy específicamente por Agatha Christie”, así lo dijo al ser entrevistado por Elena Enríquez Fuentes ( Tierra Adentro, mayo de 2000).

Sobre el bagaje lector de Carlos Monsiváis queda el testimonio de José Emilio Pacheco y la impresión que le causó al iniciar su amistad en 1957: “Cuando lo conocí a sus 19 años, nadie de nuestra generación había leído tanto como él. A menudo se olvida que la lectura es tiempo y no podemos dar por leído lo que sólo hojeamos o picoteamos. Monsiváis a esa edad tenía ya una gran cantidad de libros perfectamente y críticamente asimilados”.

Sergio Pitol estudiaba en la Facultad de Derecho de la UNAM cuando en 1954 conoció, en la Escuela Nacional Preparatoria de San Ildefonso, a Monsiváis, quien cursaba estudios en el plantel y tenía 16 años. Entre otros intereses comunes de Monsiváis y Pitol, fue su mutuo hábito lector lo que amalgamó continuas conversaciones bibliográficas durante casi dos décadas, hasta 1961, año en que Sergio salió para residir en varios países europeos. Al realizar un balance del abanico de lecturas que caracterizaban a su amigo, Pitol comenta que “Monsiváis no leyó durante su niñez y juventud sólo la traducción reformada de la Biblia, sino también los cómics de la época, las biografías de Emil Ludwig y Stefan Zweig, las traducciones, por lo general farragosas, de la narrativa estadunidense de izquierda: Upton Sinclair, Theodore Dreiser, John Dos Passos, Steinbeck, las novelas policiales del género negro, en especial las de Dashiell Hammett y Raymond Chandler, así como la poesía castellana, desde la medieval hasta la contemporánea”.

En Lectura y globalización, Monsiváis, para desazón de Marx Arriaga, señala que uno de los factores, entre muchos otros descritos por él, que dificulta el acercamiento cotidiano a los libros, se relaciona con un alto número de docentes ajenos a contagiar “lo que no poseen: el placer de la lectura”.

Por otra parte, desmitifica un aserto presente, con buenas intenciones, en las campañas para fomentar el hábito lector: que leer hace mejores a las personas. Al respecto afirma: “los lectores tampoco se humanizan por el mero hecho de serlo, porque la ventaja de frecuentar lo impreso no consiste en la superioridad sobre los demás (imposible de obtener por un mero ejercicio óptico), sino en el cambio interno; en la certeza de que uno ha sido mejor que de costumbre mientras lee, y volverá a remontar algunas de sus limitaciones cuando recuerde lo leído”.

Es decir, leer asiduamente debiera tener repercusiones éticas, así como fortalecer la capacidad de análisis para desmenuzar la propaganda cuya meta es mantener cautiva a la ciudadanía mediante el consumo de supuestas verdades irrefutables.

A Monsiváis, la voraz lectura de libros y revistas le aportó, en combinación con la matriz cultural en la que se formó, instrumentos para leer la realidad y vislumbrar en ella transformaciones socioculturales embrionarias que después se asentaron en el país. Él percibió con agudeza cómo reivindicaciones que inicialmente movilizaban a pequeños grupos iban ganando conciencias en la sociedad mexicana.

En la línea final de Lectura y globalización, Carlos Monsiváis resumió, con una relaboración de Eclesiastés 11:1, el significado de lo que descubrió en la infancia: “Tiré mi corazón al azar y me lo ganó la lectura”.